Del 11 al 17 de abril, la revista descansa por Semana Santa

¡A las armas, ciudadanos!

El presidente de los discursos ha dado un buen discurso: las palabras de Emmanuel Macron en el Parlamento Europeo han resonado a lo largo del continente, llamando una vez más la atención sobre su propósito de combatir el retorno de lo reprimido ?el populismo nacionalista y viceversa? con un antídoto liberal-democrático de acento europeísta. De ahí sus referencias a «la Europa que protege» en un contexto global desordenado, o su reivindicación de la «autoridad de la democracia», que él mismo ha afirmado en su país esta semana pasada con el desalojo por la policía de los huelguistas que ocupaban el centro de la Sorbona en Tolbiac. Para Máriam Martínez-Bascuñán, el valor del discurso de Macron en Estrasburgo reside en una idea de corte liberal: que la democracia está concebida para desarrollar individuos y no pueblos. La paradoja estriba en que el presidente francés parece convencido de que, sin la suficiente unidad en torno a la democracia, no hay régimen liberal-pluralista que pueda sobrevivir. Por eso ha sido tachado de «populista de centro»: alguien que desde la elite pone los instrumentos del populismo al servicio del proyecto democrático europeo.

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Spin-off

«Madame Bovary soy yo», dejó dicho Gustave Flaubert. Pero, ¿quién es entonces Charles Bovary, el infortunado esposo de la infortunada heroína? En buena lógica, habríamos de decir que también Charles Bovary es Flaubert, el autor omnisciente que sabe todo de sus personajes y recrea mediante la técnica realista el mundo de la burguesía francesa decimonónica. Pero Jean Améry, es decir, Hans Mayer, filósofo austríaco que pasó dos años en Auschwitz y terminó levantando la mano contra sí mismo en Salzburgo a finales de los setenta, discrepa.

Lo hace en un libro que la editorial Pre-Textos ha publicado recientemente en nuestra lengua: Charles Bovary, médico rural. Se trata de un ensayo que plantea cuestiones de interés acerca de los límites del realismo literario, pero también, indirectamente, del realismo sociológico y teórico-político. En una palabra: sobre la naturaleza inevitablemente reductora de las categorías del conocimiento. Es mérito de Améry haber planteado este problema a través de la improbable figura de Charles Bovary, el tonto útil de la novela de Flaubert.

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Destinos animales

Hay un pasaje en Bajo la mirada de Occidente, la novela de Joseph Conrad sobre los revolucionarios rusos del exilio, donde se dice que, si algo distingue a los animales de los hombres, es la incapacidad de los primeros para revolverse contra quienes los sojuzgan. Miss Haldin, dame de compagnie de un ambiguo personaje de la resistencia antizarista, se expresa así:

Los animales tienen sus derechos; aunque, en sentido estricto, no veo razón por la cual no deberían sufrir como lo hacen los seres humanos. ¿Y usted? Claro que nunca sufren tanto. Eso es imposible. Sólo que su caso es más lastimoso, porque ellos no pueden hacer la revolución.

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Rudimentos para una teoría del cool

Hay que ser absolutamente moderno, dijo Rimbaud célebremente, pero hasta mediados del pasado siglo no sabíamos que para eso basta con ser cool. O bastaría, si uno supiera cómo hacerlo. Porque pocos adjetivos, pese a formar parte destacada de la idiosincrasia de la cultura norteamericana e incluso global, son tan esquivos: no sabemos definir el cool, aunque la mayoría crea poder reconocerlo. Así, sabemos que los Stones eran cool, pero los Beatles no, igual que poseían ese atributo Humphrey Bogart o Robert Mitchum, pero no Gary Cooper ni James Stewart. Se tiene o no se tiene. ¡Y no está a la venta!

Me acordé del cool visitando la exposición dedicada a Andy Warhol en el CaixaForum Madrid, que viajará al Museo Picasso de Málaga como coorganizador de la misma. Porque Andy Warhol era cool y ayudó a definir el tipo particular de cool que se asocia al arte pop; sin embargo, difícilmente vincularíamos el concepto a la cultura jipi de la que Warhol es coetáneo.

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La libertad, en su laberinto (y III)

Tal como corresponde a una sociedad cada vez más agonista, cuyas dinámicas de atención siguen el ritmo sincopado de las redes sociales, el intenso debate público sobre los límites de la libertad de expresión se ha interrumpido bruscamente: ya no hablamos de Pablo Hásel ni de Valtonyc. O mejor dicho, el debate ha pasado a segundo plano ante la irrupción de otros Grandes Acontecimientos, todo ello mientras la vida sigue su curso fuera de la burbuja digital. Pero nada de eso va a impedirnos poner fin a esta serie, dedicada al problema de lo que puede decirse y lo que no en la esfera pública de las democracias contemporáneas. Y, con un poco de suerte, el asunto volverá a los titulares a finales de semana.

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La libertad, en su laberinto (II)

La realidad puede moverse más rápido que el pensamiento: si en la entrada anterior de este blog dejábamos en el aire varios interrogantes concernientes al ejercicio de la libertad de expresión en las sociedades democráticas, el tiempo transcurrido desde entonces nos ha traído nuevas noticias al respecto. Se trata de una efervescencia demostrativa de la actualidad del asunto, al menos en unas democracias occidentales sacudidas por el impacto casi simultáneo de la digitalización de las comunicaciones y los efectos de la crisis económica, entre ellos un despertar del populismo político certificado por los inquietantes resultados de las elecciones italianas del pasado domingo.

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La libertad, en su laberinto (I)

Durante la pasada primavera, tuve ocasión de visitar una interesante muestra organizada por el Museum of the City of New York, titulada Posters and Patriotism. Selling WWI in New York. Su tema no era otro que la contribución al esfuerzo bélico que realizaron por los artistas e ilustradores neoyorquinos después de la tardía entrada de Estados Unidos en la Gran Guerra en abril de 1917. Muchos de ellos trabajaron para la nueva División de Publicidad Pictórica creada por el gobierno federal, que tenía por objetivo estimular el patriotismo del público norteamericano y fomentar la lealtad, el sentido del deber y el espíritu sacrificial de los norteamericanos. A tal fin debían servir los carteles y folletos, las muestras de arte callejero, las ilustraciones en las revistas y demás imágenes orientadas a la difusión de masas creadas para la ocasión. Qué remedio: una guerra es una guerra. El problema es que, como podía verse con claridad en las salas del museo aquella lluviosa tarde de abril, la mayor parte de las representaciones ?muchas de ellas espléndidas en su concepción y acabado? tenían un único tema: la demonización de los alemanes.

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Fake news: verdades y mentiras

En 1983, en plena Guerra Fría, un pequeño periódico norteamericano de orientación prosoviética, The Patriot, lanzó una tesis sorprendente: el Pentágono había propagado deliberadamente el SIDA. ¿Inverosímil? En el plazo de unos pocos años, la historia había aparecido en publicaciones convencionales de al menos cincuentas países. Quizás una afirmación así no parecía tan descabellada en el clima intelectual de la época, como atestigua el escepticismo con que recibió la epidemia el mismísimo Michel Foucault. En todo caso, he aquí una fake news antes de las fake news sobre las que ahora discutimos. Y una que, ominosamente, exhibe también una conexión rusa.

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Female gaze (y V)

Durante varias semanas han venido discutiéndose en este espacio las implicaciones que el movimiento #MeToo puede tener para las relaciones entre hombres y mujeres, incluidas las normas y expectativas sociales llamadas a regularlas en el futuro. Por eso es razonable terminar esta reflexión preguntándonos hacia dónde vamos. ¿De qué manera pueden reorganizarse esas relaciones de un modo que sea satisfactorio para ambos sexos?

Desde el primer momento se dejó aquí claro que no había nada que discutir en lo concerniente al abuso, el acoso y cualquier otra forma de chantaje o violencia sexual. Nadie puede defender conductas de esa índole ni oponerse a que se establezcan mecanismos y protocolos eficaces para evitar su ocurrencia o facilitar su denuncia. Lo mismo puede decirse de tantas otras reivindicaciones feministas, por más que algunas de ellas adolezcan de una formulación inexacta (la llamada «brecha salarial», por ejemplo, no es lo que parece). 

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Female gaze (IV)

Nos preguntábamos la semana pasada, al hilo del debate sobre el acoso sexual y sus implicaciones, si la biología no se ha convertido en el último refugio del patriarcado. Es decir, si la apelación a las diferencias sexuales innatas entre hombres y mujeres no estaría utilizándose implícitamente para explicar ?que no justificar? la mayor agresividad del varón. Para el escritor conservador Andrew Sullivan, nos equivocaríamos si dejamos la biología fuera de la discusión:

Digo esto porque en el acalorado debate sobre las relaciones de género y el movimiento #MeToo, esta realidad natural ?reflejada en cromosomas y hormonas que ningún científico pone en entredicho? rara vez se discute. Se ha convertido, casi, en un tabú. […] Todas las diferencias entre los géneros, se nos dice, son una función no de la naturaleza sino del sexismo. […] La naturaleza misma sería una «construcción social» diseñada por los hombres para oprimir a las mujeres.

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Female gaze (III)

Hay una escena en American Hustle, la película de David O. Russell, que reúne en un despacho al agente del FBI, interpretado por el apuesto Bradley Cooper, y a una estafadora, a la que da vida una sensual Amy Adams: el primero quiere que ésta y su compinche engañen a unos políticos corruptos de Nueva Jersey. Sucede que la tensión sexual entre ellos no es pequeña y, en esta escena, Adams finge querer seducir a Cooper, quien, de hecho, le pregunta si está jugando con él. Ella está sentada en la mesa, en una postura insinuante, y cuando él se acerca parece que las pasiones van a desbordarse; pero, por distintas razones, él debe controlarse. Y lo hace, no sin evidentes dificultades, emitiendo un sonoro resoplido animal y retrocediendo unos pasos mientras trata de rebajar su excitación. Quien desee saber cómo evoluciona esta divertida trama de engaños cruzados habrá de ver la película. Lo que aquí nos interesa es la economía con que esta escena sintetiza la larga historia de la autorrepresión sexual o, lo que es igual, el control civilizatorio de los impulsos carnales más elementales. 

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Female gaze (II)

Se tiene la impresión, en el marco del intenso debate en curso sobre las normas que regulan las relaciones entre los sexos, de que andan mezclándose dos problemas distintos. Y están mezclándose porque no pueden separarse nítidamente, pues uno de ellos proyecta inevitablemente su sombra sobre el otro. Porque nadie ha salido en defensa de la violencia sexual ni ha sugerido que el chantaje laboral sea un medio legítimo para acceder al cuerpo de otra persona: en eso estamos de acuerdo. ¡Sólo faltaba! La peligrosidad del hombre para la mujer –aunque también para los demás hombres– es un viejo dato de la cultura: recordemos que Zeus rapta a Europa y que Troya arde porque Paris secuestra a Helena. Pero hoy no estamos discutiendo la legitimidad de estas conductas; el problema se plantea allí donde no parecen concurrir violencia ni intimidación. Porque es allí, justamente, donde, al decir de la crítica feminista, se produciría una intimidación no visible que constituye el sedimento psicosocial de milenios de dominio masculino sobre la mujer. 

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