Queridos lectores, suspendemos las publicaciones, como en años anteriores, hasta el 5 de Septiembre. ¡Feliz Verano!

De la política como vicio solitario

Disponemos ya de un buen número de memorias y diarios de la transición democrática y de los gobiernos socialistas presididos por Felipe González entre 1982 y 1996. A esta etapa corresponden, al menos en parte, las memorias de Alfonso Guerra, Joaquín Almunia, Fernando Morán, Julio Feo, Pablo Castellano, Pedro Solbes y Jorge Semprún, que escribió una amarga crónica de sus tres años como ministro de Cultura entre 1988 y 1991 (Federico Sánchez se despide de ustedes, 1993). Por su parte, José Bono recogió en el primer volumen de sus diarios (Les voy a contar), que arrancan en 1992, sus impresiones a vuelapluma sobre el final del felipismo y el tránsito al posfelipismo, en un proceso convulso y seguramente mal resuelto, cuyas consecuencias llegan hasta nuestros días. María Antonia Iglesias es autora, además, de una voluminosa obra, titulada La memoria recuperada. Lo que nunca han contado Felipe González y los dirigentes socialistas (2003), compuesta de entrevistas a los principales dirigentes del socialismo español, incluido Felipe González, cuyo testimonio en este libro es lo más parecido que nos quedará seguramente a unas memorias del principal protagonista de aquellos años.

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La casa de los líos

En los hábitos estadounidenses de lectura figura siempre, con un espacio tan privilegiado en el interés como extenso en volumen, el dedicado a la vida, hazañas, milagros, desventuras y escándalos de la clase política del país. En particular, en lo referido a los presidentes. Es un género que, naturalmente, cuenta en su haber con una larga y brillante nómina de profesionales dedicados a la historia –no en vano, los llamados «presidential historians» cuentan con un especial reconocimiento entre los colegas del ramo?, pero que se ve habitual y frecuentemente enriquecido por volúmenes pegados a la realidad del momento y cuyos autores suelen tener el periodismo como profesión. Unos y otros cubren exhaustivamente, y en general con ilustrada prosa, los detalles más insignificantes o trascendentes de la trayectoria de los mayores y menores dirigentes del país y forman por sí mismos un capítulo de imprescindible recordación para una ciudadanía que tiene a gala conocer la complejidad de su peripecia para, en lo posible y deseable, aprender de ella. Es, por lo demás, un género poco o nada dado a la hagiografía y nutrido de, por lo general, cuidadosas investigaciones. Aunque luego no falten quienes, por sí mismos o por encargo, tengan la tentación de poner en duda su veracidad.

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Etnología y museo de los Mundos Sutiles

Andrés Ibáñez (Madrid, 1961) ha ido situando sus complejos mundos fantásticos en Madrid, en Nueva York, o en alguna isla improbable, y, ahora, en las geografías de La duquesa ciervo: Inglund y Arnheim y Volterra, las Tierras del Viento y los países de los juptos, de los escaldos, skilfingos, skimilgos y sikvardos. El héroe que contará la historia, el joven e inexperto Hjalmar, llega a Irundast, capital de Arnheim, con el objetivo de servir como escudero a un Caballero de la Sangre y aprender el oficio de las armas. Engañado por un mercader de siervos, se ve trabajando en las cocinas, al servicio de los duques de Pasquis. Hijo segundo de un rey de las Tierras del Viento, será la primera vez que Hjalmar viva dentro de una casa de piedra. Ya está hecho el primer nudo de la red narrativa: ¿cumplirá el héroe-narrador su deseo de ascender a los pisos superiores de la Torre de los Magos, corte del rey Urbán? La duquesa ciervo empieza como una novela de aprendizaje y una novela sentimental: Hjalmar estudiará magia en Irundast para seguir viendo a su amada inalcanzable, la condesa Aliso Broceliande.

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La prisión del Dr. K

Poco a poco, Sara percibe hasta qué punto se arriesga el Dr. K. en su compromiso con los dolientes cuando le cuentan la prolongada lucha que ha debido mantener con la justicia india. En una carta me incluye parte de una entrevista en la que cuenta su experiencia de la cárcel y los juzgados:

Puede imaginarse los olores y las condiciones generales mejor que si yo las describiera si le digo que estábamos cuarenta en cada una de las dos celdas y que los ochenta compartíamos un único servicio higiénico. Todos estábamos pendientes de juicio, sin trabajo alguno que hacer, a excepción del convicto a cargo de las dos celdas.

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La libertad, en su laberinto (II)

La realidad puede moverse más rápido que el pensamiento: si en la entrada anterior de este blog dejábamos en el aire varios interrogantes concernientes al ejercicio de la libertad de expresión en las sociedades democráticas, el tiempo transcurrido desde entonces nos ha traído nuevas noticias al respecto. Se trata de una efervescencia demostrativa de la actualidad del asunto, al menos en unas democracias occidentales sacudidas por el impacto casi simultáneo de la digitalización de las comunicaciones y los efectos de la crisis económica, entre ellos un despertar del populismo político certificado por los inquietantes resultados de las elecciones italianas del pasado domingo.

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