Del 11 al 17 de abril, la revista descansa por Semana Santa

La mujer con los ojos de ningún color

Nació, fotografió y murió. Ni se reprodujo ni reveló su nombre verdadero a casi nadie. Era «La Efigie», «Zapatones», «la francesa» o «la espía». Sabían que esa niñera atípica escondía algo, pero tampoco nos fijamos demasiado en lo que hacen los demás. Comía de pie, como un antílope. Tenía altura de rascacielos y su corazón era, en realidad, un hueso de melocotón. Duro y áspero. Anunciaba su presencia con sombreros y cerca del vientre, le colgaba –siempre– una cámara Rolleiflex.

Clic.

Esa es Vivian Maier (Nueva York, 1926-Chicago, 2009), nacida Dorothée Viviane Thérèse. Pasea con zapatos masculinos por Bangkok, Egipto, Chicago, Indonesia o Nueva York. Clic. Sólo dispara una vez. Lo hizo en más de ciento cincuenta mil ocasiones. Apenas reveló los negativos. Casi nunca imprimió su trabajo. 

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Don Miguel en su laberinto

Es frecuente escuchar o leer críticas y lamentaciones acerca del olvido de los más conspicuos representantes de la Edad de Plata. Si hubiera que elegir las excepciones más claras a ese supuesto olvido que acabo de mencionar, Miguel de Unamuno estaría, sin duda, en los primeros lugares de la lista. Ha llegado a mis manos mientras estaba leyendo el libro que enseguida va a ocuparnos una selección de textos del pensador bilbaíno que ha preparado el profesor Francisco Fuster (autor del prólogo y de la propia antología) con el apropiado título de Aforismos y reflexiones. Sin ánimo de ser exhaustivo, junto al citado de Fuster, tengo noticia además de una obra colectiva compilada por Francisco de Jesús Ángeles Cerón y que se presenta como Unamuno. El poeta del pensamiento; de una antología de Andrés Trapiello bajo el título de Cancionero; de otra edición de María Consuelo Belda Vázquez titulada Teresa, que es la adaptación de una tesis doctoral; de la reedición de un clásico como Andanzas y visiones españolas, o de la publicación de las Novelas completas. ¡Y todo ello, como digo, en lo que va de año, que a estas alturas en las que escribo no llega a completar los tres meses!

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¿Cómo nos hicimos morales? Filogénesis de la moralidad humana

El comportamiento moral es, en sentido estricto, un rasgo exclusivo de la especie humana. Es cierto que compartimos con otras especies de primates emociones de empatía, afecto y altruismo dirigidas hacia hijos, parientes y otros individuos con los que convivimos de manera intensa, y que dichos sentimientos están en la raíz de nuestra conducta moral. Pero la moralidad supone algo más. Por una parte, los seres humanos somos capaces de categorizar la conducta propia y ajena en términos de valor –buena o mala, justa o injusta– y formulamos juicios de esta naturaleza que confieren relieves morales al mundo, genuinas asimetrías valorativas. Tales juicios se sustentan en valores y normas adquiridos culturalmente, pero también, probablemente, en ciertas intuiciones morales cuya identidad y alcance se discute a menudo. Además, las normas y valores morales que regulan la vida de las sociedades humanas difieren en ocasiones de manera notable de unas culturas a otras, dotando a la moralidad humana de una sorprendente diversidad. Por otra parte, los humanos sentimos ira e indignación y deseo de castigar a otros individuos cuando actúan de manera que consideramos incorrecta y, al tiempo, culpa y vergüenza cuando somos nosotros quienes lo hacemos así, incorporando a nuestra experiencia moral una intensa dimensión emocional de extraordinarias consecuencias para la vida en común.

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Amargura de las simpatías interrumpidas

Me he acordado de la película tras leer el testimonio publicado en la red por Moses Farrow, hijo adoptivo de Woody Allen y Mia Farrow. El texto trata sobre las terribles acusaciones dirigidas por la segunda contra el primero: haber abusado sexualmente de Dylan Farrow, hija adoptiva de ambos, hace veinticinco años. Aunque dos investigaciones independientes concluyeron entonces que la acusación ?que nunca llegó a los tribunales? era falsa, Allen se ha convertido en los últimos meses en una víctima colateral del movimiento #MeToo. Bajo el nuevo clima cultural, los ataques a Allen por parte de su hija Dylan y la propia Mia Farrow han cobrado una sorprendente actualidad, recibiendo el respaldo de numerosas actrices de Hollywood. En una edición del programa matutino del domingo en la CBS, Oprah Winfrey se reunió ?tras su discurso de denuncia de la discriminación sexual en Hollywood durante la gala de los Globos de Oro? con actrices como Natalie Portman, Reese Witherspoon, Kathleen Kennedy o America Ferrara y, entre otras cosas, se convino allí que «había llegado la hora» para Allen. «Yo te creo», dijo Portman de Dylan, o a Dylan, ante la cámara. Otras actrices, como la aclamada Greta Gerwig, han anunciado que jamás trabajarán con Woody Allen a pesar de su vieja admiración por él. Y Amazon, obligada contractualmente a distribuir la película que Allen ha dirigido para el estudio, estudia la manera de romper lazos con él. Allen, en suma, está acabado.

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Mein Kampf, deconstruido

Quienes, un tanto pomposamente, se autodenominan científicos sociales se dejan llevar, como todos, por las modas de su momento histórico. Desde los años sesenta del siglo pasado, la sociología puso en circulación el sintagma «construcción social de la realidad». El construccionismo y las teorías construccionistas alcanzaron un gran prestigio y difundieron unos conceptos, como el de constructo social, que fueron rápidamente recibidos como un sensacional utillaje analítico. El enfoque se extendió pronto a todas las manifestaciones culturales o incluso psicológicas, de modo que se teorizaba sobre la construcción social de los sentimientos, de la identidad o la sexualidad. De este hontanar proceden, dicho sea de paso, los llamados estudios de género, tan pujantes hoy día. En este contexto alcanzó a su vez protagonismo el concepto de deconstrucción, estrechamente vinculado a Jacques Derrida en un primer momento, pero luego con potencial suficiente para volar autónomo y ser aplicado, como su antónimo, a los ámbitos más diversos: el arte, la literatura, la filosofía, ¡y hasta la gastronomía! Recuerdo que, en una ocasión, hace ya bastantes años, en un restaurante de un pequeño pueblo perdido en el Pirineo oscense, un maître con ínfulas de Ferran Adrià, nos ofrecía muy ufano como «aperitivo de la casa» una tortilla de patatas deconstruida. 

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Tequila, el rock de la Transición

No tengo nada contra el Dúo Dinámico, pero a los catorce años yo me enamoré de Tequila con un fervor adolescente que me hizo detestar la música española anterior. Ahora sé que había otros grupos, otros pioneros del pop-rock, pero en esa época yo asociaba el castellano a la canción melódica, donde prevalecía lo cursi y bobalicón. Conocía a Miguel Ríos, pero no me decía gran cosa. Su Himno a la alegría no estaba mal, pero no me parecía rock de verdad. No conocí a Burning hasta que la película de Fernando Colomo popularizó ¿Qué hace una chica como tú en un sitio como éste? Me gustó la poderosa voz del solista Toño Martín y la guitarra de Pepe Risi, pero Matrícula de Honor (1978) me hizo pensar que perdía el tiempo con Emerson, Lake & Palmer, Yes y Genesis.

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