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Un posible destino africano

Sara, llevo meses ?¿dos años?? escribiéndote entre líneas la carta que hoy no quiero dejar de enviarte, que pretende ser por completo explícita y vencer la casi insalvable barrera de mi torpeza y mi timidez. Mis cartas anteriores, no muy distintas de las tuyas, han sido meras enumeraciones de actividades, intercambios de anécdotas, pero hoy quiero referirme a lo que realmente me importa, a lo que ha invadido sin cesar mis pensamientos durante todo este tiempo. Iré al grano desde el principio.

Quedé prendado de ti desde que te conocí en aquella fiesta de primavera, y en los inolvidables días que siguieron germinó en mí la idea de que me gustaría pasar junto a ti el resto de mi vida. Reconozco que no fui capaz de expresarte mi sentimiento y que tú tampoco, ahora lo pienso, me diste a entender de forma clara si sentías algo por mí, pero me bastó que admitieras mi asidua compañía durante aquellos días para que la idea fuera echando raíces en mi conciencia. Sé que nuestro tiempo en común fue tal vez demasiado breve para establecer una relación como la que te propongo, aunque para mí fue suficiente y desde entonces te he tenido presente en todo lo que he hecho. Siento si esta declaración es en exceso brusca. No sé manejarla de otro modo.

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Destinos animales

Hay un pasaje en Bajo la mirada de Occidente, la novela de Joseph Conrad sobre los revolucionarios rusos del exilio, donde se dice que, si algo distingue a los animales de los hombres, es la incapacidad de los primeros para revolverse contra quienes los sojuzgan. Miss Haldin, dame de compagnie de un ambiguo personaje de la resistencia antizarista, se expresa así:

Los animales tienen sus derechos; aunque, en sentido estricto, no veo razón por la cual no deberían sufrir como lo hacen los seres humanos. ¿Y usted? Claro que nunca sufren tanto. Eso es imposible. Sólo que su caso es más lastimoso, porque ellos no pueden hacer la revolución.

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