Queridos lectores, suspendemos las publicaciones, como en años anteriores, hasta el 5 de Septiembre. ¡Feliz Verano!

Editor y escritor Feliz

De nuevo se nos ha echado encima la Navidad. Comienza otra vez el gran potlatch, la orgía de despilfarro con la que los occidentales la celebramos. Hace un año, por estas mismas fechas, estaba convencido de haber encontrado una solución individual para mis quebraderos de cabeza. Pregunté a cada miembro de mi familia cuánto pensaba gastarse en regalos para mí y, una vez conocida la cantidad, y comprobada que era muy semejante a la que yo también pensaba invertir en los presentes destinados a cada uno de ellos, les propuse quedarnos en tablas. Ellos se comprarían con su dinero lo que estimasen apropiado y yo haría lo propio con el mío. Con esa estratagema evitaríamos prisas, angustias y decepciones, además

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El último retrato

No me quiero poner demasiado siniestro, de manera que déjenme empezar con una anécdota personal. El 1 de agosto de 1992 mi padre falleció después de una de esas enfermedades que van consumiendo indefectiblemente al que las padece. Y también a los que le quieren. Cuando murió –la muerte es siempre una sorpresa– yo acababa de llegar a Londres con mi mujer para pasar unas cortas vacaciones. Imagínense lo que fue encontrar en esas fechas un viaje de vuelta en avión que me permitiera llegar a tiempo para despedirme de él para siempre. Al llegar a Madrid, fuimos directamente al tanatorio. Pude ver a mi padre tras un cristal, ya colocado en su féretro, los rasgos afilados, la tez cerúlea,

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Dos piezas veraniegas

Probablemente nos lo tengamos merecido. Han sido milenios de opresión y desprecio: desde la extinción del matriarcado no hemos parado de hacerles la puñeta con diversa fortuna. Todavía hoy mismo, es cosa sabida, la inmensa mayoría de la riqueza del planeta está en manos de los hombres. El 98% de los puestos de alta decisión está ocupado por ellos: nosotros. Y no existe ni un solo país en el mundo –ni uno solo– en el que los salarios de las mujeres sean iguales a los de sus colegas masculinos. Y todo eso sin hablar de la violencia de género, aventada a diario con trágicos partes de una guerra universal en la que las víctimas caen siempre en el mismo bando.

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Tres prontos librescos

Ignoro si, realmente, abril es el mes más cruel. Pero sí sé que, mientras hace brotar lilas de la tierra muerta, mezcla recuerdos y deseos y estimula las perezosas raíces con lluvias primaverales, el mundo celebra a Cervantes y Shakespeare, dos que ya dijeron casi todo por escrito. Abril es, también en este país, el momento del año en que tradicionalmente se vuelve a hablar de libros y de lo que les rodea: se acerca el día en que los regalamos con la rosa, los premios principales se han concedido, volviendo a poner la literatura –o su espectáculo– en los medios, se publican encuestas sobre hábitos de lectura, se ultiman los programas de novedades de las editoriales. Por eso, por

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Berlín, con y sin muro

Hacía muchos años que no regresaba a Berlín. La primera vez fue poco después de la caída del Muro, cuando se sentía la euforia de la libertad y la ciudad gozaba de los últimos instantes de un estatuto especial y ambiguo, de un no man's land administrativo en el que cabían todas las propuestas y que acabaría definitivamente con la unificación de los dos estados alemanes en octubre de 1990, la devolución de la capitalidad y la puesta en marcha de las tareas de reconstrucción urbana. Entonces todavía se respiraba en el ambiente algo de su antigua cualidad de finis terrae, de frontera entre dos mundos antagónicos. Uno se montaba en el S-Bahn y emprendía el breve viaje hacia el

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Pornografías

A mediados de los años ochenta, cuando la Transición transcurría rápidamente por una senda sin espectaculares sobresaltos, tuve ocasión de colaborar en un espacio de la televisión pública dedicado a los libros. Sabido es que el diabólico binomio –libros y televisión– casi nunca logra más ligazón que la que consiguen el aceite y el agua, de manera que el programa acabó al poco tiempo sin que nadie lo lamentara demasiado. De entre los recuerdos que conservo de aquella época, hay uno que me sigue inquietando sobremanera. El productor del programa, un individuo hosco y malhumorado, trabajaba en un despacho cuyas paredes estaban literalmente empapeladas desde el suelo al techo con una impresionante colección de fotos pornográficas. Entiéndaseme bien: no hablo

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Emblemas de Nueva York

Pocos días después, con el cerebro y la retina saturados de las imágenes del Boeing 757 penetrando una y otra vez en la torre sur con la aparente facilidad con que el cuchillo se introduce en el bloque de mantequilla del desayuno, cuando el horror y el estupor y el asco y de nuevo el horror dieron paso al cansancio, según ese perverso proceso de la postmodernidad por el que uno no termina nunca de distinguir del todo entre la realidad del mundo y la hiperrealidad suscitada por los medios y la cultura, recordé que en ese mismo espacio, hoy dramáticamente vacío, había nacido Nueva York. El modo en que esta ciudad -logaritmo de otras ciudades, la llamó el poeta

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Bajo los adoquines, la playa

El título de este sub rosa es la traducción aséptica —sin la sugerente eufonía del original— de sous les pavés, la plage, un mensaje que apareció en un muro de la Sorbona a principios de mayo de 1968. Su significado era ambiguo. Hacía referencia, tal vez, al sentido de liberación implícito en la idea de playa universalmente aceptada desde mediados del siglo XX: un teatro del placer, de la despreocupación, del ocio, con un extraordinario poder de atracción para masas irremediablemente urbanizadas. Hoy ya no quedan adoquines ni en el boulevard Saint-Michel, ni en el barrio latino: la contrarrevolución gaullista, apoyada de buen grado por el partido comunista, se encargó de eliminar las potenciales y contundentes armas arrojadizas puestas allí

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Somos lo que comemos (¡puaaagh!)

Agazapado en el último reducto de cada uno de nosotros bulle algo inconfesable. Hoy, sin embargo, por alguna razón que tiene que ver con estas pastosas e insomnes noches del verano madrileño, he bajado mis defensas y procedo a revelarles uno de mis secretos: adoro la comida basura. Entiéndanme, por favor. No soy un heliogábalo empedernido, de esos a los que Dante castigaba a sufrir bajo una «lluvia eterna, maldita, fría y densa» parecida a la que cae sobre Los Ángeles en Blade Runner. No me gusta cualquier comida basura: nadie me verá haciendo cola –mezclado con posibles candidatos a concursar en Gran Hermano–, para obtener un Big Mac o un Cuarto de Libra (ambos marcas registradas) ante los mostradores

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Que siga el espectáculo

La otra noche, mientras me enteraba por televisión de los resultados de la jornada electoral y me preguntaba si no estaría asistiendo a lo que, en el futuro, los historiadores señalarían como uno de los hitos que habrían jalonado el camino de una Euskal Herría independiente, me sobrevino una de esas inexplicables melancolías cuya frecuencia e intensidad han ido aumentando con los años. En los últimos tiempos casi no hay día en que no me asalte una, y lo cierto es que no me resulta fácil explicarme acerca de su naturaleza y síntomas. Como le ocurría a la compositora y performance artist Laurie Lee, cuando llegan no puedo evitar interrogarme acerca de si estoy realmente aquí, o vivo inmerso en

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Lasciate ogni speranza, voi ch’entrate

Si tienen ustedes ocasión no dejen de visitar, hasta principios de junio, la exposición que la Royal Academy londinense ha consagrado a los dibujos concebidos por Sandro Botticelli (1444-1510) para ilustrar La divina comedia de Dante (1265-1321). La muestra recoge 92 piezas en distintas fases de acabado, lo que permite hacerse una idea del modo de trabajar del artista. Están dibujadas con estilete, lápiz y tinta sobre pergamino de piel de oveja, y la textura animal del soporte les proporciona una cualidad vibrante incluso medio milenio después de que fueran realizadas. De entre todos los dibujos los que más llaman la atención son los dedicados al Infierno, que el artista. siguiendo la pauta del poeta, interpreta como un gigantesco embudo,

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