En Hong Kong, al filo
Soplaba viento del este, así que el piloto enfiló hacia el aeropuerto de Lantau por la ruta menos habitual: desde el oeste, por la desembocadura del río de las Perlas. Cuando eso sucede, el avión entra a baja altura justo por el centro del estuario de Hong Kong y la vista es prodigiosa. Aquél, me dije, era mi día de suerte, pues tenía un asiento de ventanilla y a babor, con una perspectiva privilegiada sobre la isla. Que se chinchen los de estribor, le digo a mi vecino de asiento, que tienen que contentarse con Kowloon, el flanco continental de la ciudad y bastante menos espectacular desde el aire. «Ah, ¿sí?», se revuelve, envenenado porque él va a quedarse sin ver ninguno de los dos lados de la ciudad, «pues te pierdes el International Commercial Centre (ICC Tower), que, con sus 484 metros, es el edificio más alto del territorio». Y el más rimbombante, so gandul. Kowloon ha querido ningunear a la isla de Hong Kong, pero en su pecado de soberbia lleva la penitencia. Esa torre es un vampiro acromegálico que empequeñece todo lo que la rodea y le sorbe la sustancia.






