Orientalismo

En Hong Kong, al filo

Soplaba viento del este, así que el piloto enfiló hacia el aeropuerto de Lantau por la ruta menos habitual: desde el oeste, por la desembocadura del río de las Perlas. Cuando eso sucede, el avión entra a baja altura justo por el centro del estuario de Hong Kong y la vista es prodigiosa. Aquél, me dije, era mi día de suerte, pues tenía un asiento de ventanilla y a babor, con una perspectiva privilegiada sobre la isla. Que se chinchen los de estribor, le digo a mi vecino de asiento, que tienen que contentarse con Kowloon, el flanco continental de la ciudad y bastante menos espectacular desde el aire. «Ah, ¿sí?», se revuelve, envenenado porque él va a quedarse sin ver ninguno de los dos lados de la ciudad, «pues te pierdes el International Commercial Centre (ICC Tower), que, con sus 484 metros, es el edificio más alto del territorio». Y el más rimbombante, so gandul. Kowloon ha querido ningunear a la isla de Hong Kong, pero en su pecado de soberbia lleva la penitencia. Esa torre es un vampiro acromegálico que empequeñece todo lo que la rodea y le sorbe la sustancia.

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Rostro Pálido se trabaja el sudeste asiático

La mujer musitó algo en su lengua natal, así que no pude entenderlo, pero lo acompañó con un gesto inequívoco que, éste sí, resultaba obvio desde mucho antes de que se empezase a hablar del turismo sexual. Era el mismo que hace años, cuando uno era joven, usaban las pajilleras del Retiro madrileño y de seguro que las palabras ininteligibles serían también las mismas. «¿Le desahogo, señorito?». Por segunda vez me pasaba eso y las dos ocasiones sucedieron en alguna de las peluquerías del anterior aeropuerto de Bangkok, ése que ha cedido el paso al Suvarnabhumi de hoy (Suvanapum abrevian los locales): modernísimo, fosforescente, tetrafónico y sin peluqueras licenciosas. Juro, aunque pocos me crean, que el único placer que yo buscaba en aquellas peluquerías se limitaba al de arreglarme la barba, matando así el tiempo entre dos vuelos. Hay cosas mejores que someterse a manipulaciones de extraños en un espacio semipúblico y, llegado el caso, uno puede componérselas por sí mismo y a coste cero.

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Por narices

Casi todos tenemos en nuestra lengua términos despectivos hacia eso que los cursis llaman el Otro. Muchos de ellos se dedican a los miembros de países y culturas diferentes y, como son desdeñosos, tratamos de mantenerlos para uso interno sin dejar que el Otro se entere. Los japoneses se refieren a los occidentales como gaijin y en Tailandia nos llaman farang. Ambos términos son, en principio, meramente descriptivos. Gaijin significa nada más que extranjero y farang parece que deriva de frank o francés, usado luego para todos los europeos y, en general, para todos los blancos. El desprecio en ambas palabras viene sobreentendido para los locales, pues tanto los japoneses como los tais consideran que los extranjeros, por serlo, son manifiestamente inferiores a la propia estirpe. Desde las guerras del opio los chinos se han referido a nosotros, con un desprecio veteado por el pánico, como los diablos blancos.

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Tribulaciones de los chinos en China

Tenía que pasar varios días en Shenzhen y, aunque anteriormente había parado unas horas en la ciudad, sólo la conocía muy superficialmente. El tiempo justo para visitar a unos amigos o para un rápido paseo por la parte de la avenida Shennan donde se apiñan las atracciones turísticas: varios parques temáticos que tapan al Hexiangning, un mediocre museo de arte. Window of the World, Splendid China y China Folk Culture Village recuerdan al visitante que, si China es el imperio del centro, Shenzhen es el ombligo del mundo. En las cuarenta y ocho hectáreas de Window of the World, desde una diminuta torre Eiffel, puede verse todo lo que merece la pena en este bajo mundo. Y, en un par de horas, pasarse por el Taj Mahal, el Matterhorn y la isla de Pascua o la de Manhattan sin grandes fatigas. Splendid China sigue la misma lógica a escala nacional: salte usted del Templo del Cielo a la Gran Muralla y, de allí, en un pispás, al santuario tibetano de Potala, y así hasta los cien monumentos que se agolpan en sus treinta hectáreas.

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S-21

La foto, en blanco y negro, es una instantánea trivial, de ésas que se hacen por millones para guardar memoria de acontecimientos que sólo interesan a un reducido círculo de íntimos. En ésta, un hombre de edad madura muestra a la cámara un bebé de unos seis meses que semeja tenerse de pie porque el hombre lo sostiene. El pliegue mongol en los ojos de ambos recuerda que son asiáticos. El bebé está lustroso y bien vestido, y el hombre parece demasiado mayor para ser su padre; tal vez sea un abuelo orgulloso de su prole o un pariente solícito. La foto no tiene fecha, pero el polo que viste el hombre anuncia que no es demasiado antigua.

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Camboya, otra vez

Durante años me había resistido a volver a Camboya, pero la reciente visita de unos amigos cambió mi decisión. Los viajeros no conocían Phnom Penh e insistían en incluir la ciudad en un itinerario turístico que yo había limitado al sur de Vietnam. Me escudaba en que ellos ya conocían Siem Reap y el cercano Angkor y, con eso, habían visto todo lo que merece la pena verse en el país. No era verdad y yo lo sabía; mi contumacia se debía a que yo no quería volver allí. Pero Saigón está a tiro de piedra de la capital de Camboya y hay autobuses prácticamente a todas las horas del día. Sólo tardan un poco más que el avión y permiten hacerse una idea del paisaje camboyano. Fue la mía una resistencia inicialmente firme pero, a la postre, vencida, porque me sentía incapaz de dar una explicación razonable a mi empecinamiento; así que, por no sentar plaza de cabezota, me vi subido al autobús y resignado a trastear de nuevo con Phnom Penh, más una obligada extensión a Siem Reap.

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Una belleza rusa

«Este año tienes tres estudiantes internacionales», me dice un colega que trabaja en la oficina del departamento donde enseño, al darme la lista de mi clase. «Y una es una rusa preciosa», remacha con un guiño cómplice. Dos días más tarde, en la primera clase, miro en derredor para localizar a esa belleza rusa que, así lo creo, se distinguirá fácilmente de las estudiantes chinas por su melena rubia casi albina, unos ojos claros y transparentes como un remanso inesperado en el río, y una piel blanquísima que mueva a la contemplación. Nunca he estado en Rusia, pero a veces miro la televisión de allí y veo mujeres como ésas. Aquí, en China, estoy escudriñando la clase en vano. No hay nadie así. Y empiezo a pasar lista dando por supuesto que Vera, que así se hace llamar la rusa en inglés, estará lamentablemente enferma o habrá tenido mejores cosas que hacer. Otro día será. Su nombre es el último de la lista y lo llamo por pura inercia, aunque sé que no responderá.

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Por Saigón con Darwin a cuestas (II)

Usar la moto en Saigón es una decisión ontogénica, es decir, se refiere a la adaptación de un organismo individual a su medio. Pero el tráfico en la ciudad no es sólo cosa de particulares. También afecta a la filogénesis o desarrollo evolutivo de las poblaciones. Los individuos formamos parte de ellas y, por tanto, las poblaciones compiten entre sí por recursos escasos en un medio ecológico que no han elegido libremente. En el caso de Saigón, la especie moto pugna con otras: camiones, autobuses, coches, ciclistas y peatones. Todas ellas se disputan espacios viarios muy limitados, al tiempo que tratan de imponerse a las demás y, eventualmente, de amoldarlas a sus necesidades. Por ahora, las motos ganan. Y así confirman las expectativas de Darwin de que algunos miembros de una población pueden hallar formas de adaptarse al medio con cambios que potencian su capacidad reproductiva. A la larga, esos cambios ontogénicos generan la aparición de nuevas poblaciones.

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Por Saigón con Darwin a cuestas (I)

«¿Cómo se te ocurre andar en moto por Saigón con este tráfico enloquecido? Si estás pensando en suicidarte, hay otros métodos más eficaces y menos dolorosos». Sabias reflexiones de amigos que pasan por aquí, pero yo sigo en mis trece. Tal vez piensen que es otro vano intento de seguir bebiendo de la turbia Fuente de Juvencia, o que me dejo arrastrar por el fútil deseo de que los años pasen en balde. Se equivocan. Si sigo dándole a la moto, como otros tantos millones de habitantes de Saigón, es por algo bastante menos portentoso y más darwiniano: por las ventajas de la adaptación al medio.
Hay una razón elemental para que uno de cada tres vietnamitas utilice la moto como medio de trasporte. Una del montón, de ésas que se venden a millones, por ejemplo una Honda Super Dream 100cc como la mía, comprada nueva, cuesta unos setecientos cincuenta euros, alrededor del sueldo de tres meses de un profesor de enseñanza media, y dura muchos años. Llenar el tanque (3,7 litros) vale menos de tres euros y con eso se hacen algo más de doscientos kilómetros.

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Karaoke

Otra vez. Estos estudiantes chinos me agasajan sin parar. Seguramente piensan que no tengo nada que hacer en los fines de semana y me llevan y me traen como a un zarandillo para que no me aburra. Banquete de bienvenida, sarao el Día del Profesor, cena de los adioses. Cada vez que vengo a dar unos cursos, me caen además un par de recitales de bel canto. No saben mis estudiantes, ni yo me atrevo a decírselo, que pocas cosas aborrezco tanto como los estropicios canoros perpetrados en la clandestinidad de un karaoke. Hace varios años no sólo me hicieron cantar Macarena, por aquello de mi nacionalidad, sino que, mientras yo peinaba arpegios, las chicas de la clase se marcaban una rumbita sincronizada al compás.

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La degollina en Nanjing

Entre diciembre de 1937 y febrero de 1938 las tropas japonesas cometieron en Nanjing una carnicería que figura por derecho propio en los prolijos anales de la infamia. En 1997 Iris Chang publicó The Rape of Nanking (con la grafía de la época, no la actual: Nanjing), un trabajo histórico sobre el asunto que se mantuvo en la lista de los libros más vendidos de The New York Times durante varias semanas. Iris Chang se suicidó en 2004, a los treinta y seis años. Su cuerpo apareció en su coche cerca de San José (California), con un disparo en la cabeza salido de su propia pistola.

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Cruzando la calle en Hanoi

En tiempos de la colonia, los franceses creían, no sin buenas razones, que las mujeres más guapas del mundo estaban en Tonkín. Así llamaban a la zona norte de Vietnam donde se ubica Hanoi, la capital actual. De aquel parecer surgió La petite tonkinoise, una canción que harían famosa Mistinguett y Joséphine Baker. En una de sus estrofas decía más o menos así: «De un ilustre mandarín / es hija mi Melaolí. / Por eso bailan sus tetas / cual mandarinas coquetas. / Cuando comemos a solas, / Melaolí, que no es glotona, / sólo quiere una banana / y, como poco me cuestan, / gustoso lleno su cesta».

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Recordamos a nuestros suscriptores que, con ocasión del regreso al papel de Revista de Libros, el día 10 de diciembre, a las 19.00h., en la Fundación Ramón Areces, la escritora Elvira Navarro, el periodista cultural Jesús García Calero y el filósofo Javier Moscoso dialogarán sobre cómo se transforman los géneros literarios y cambian los lectores; sobre cómo, en nuestros tiempos, las ficciones conviven con realidades, ya sea en la historia o en la literatura, o cómo el formato, ya sea digital o material, determina nuestra relación con los libros y sus críticos.

El mundo del libro, ese maravilloso invento que nos acompaña desde hace milenios, sufre en la actualidad transformaciones en su diseño, en su público y en sus propósitos. Así que, mientras aprendemos a leer en diagonal en los formatos digitales, seguimos pasando páginas, cuestionando premios y jurados, formando comunidades y asociaciones, y anunciando una y otra vez la muerte del papel que, afortunadamente, nunca llega a producirse.

Elvira Navarro es escritora de fama internacional. Su última obra publicada es La sangre está cayendo al patio.

Jesús García Calero es periodista, director de ABC Cultural.

Javier Moscoso, profesor de investigación del CSIC, es director de Revista de Libros.

Premio a la mejor contribución, reseña o ensayo, para menores de 35 años.

Con objeto de fomentar y poner en valor la escritura y la lectura crítica entre jóvenes talentos, y con la colaboración de la Fundació Banc Sabadell, Revista de Libros convoca el premio «Nuevas voces» destinado a reconocer reseñas y breves ensayos publicados en nuestras páginas. El premio, de carácter anual, tendrá una dotación económica de 1.000 euros, que se entregarán en un acto institucional en octubre de este año.