La degollina en Nanjing

Entre diciembre de 1937 y febrero de 1938 las tropas japonesas cometieron en Nanjing una carnicería que figura por derecho propio en los prolijos anales de la infamia. En 1997 Iris Chang publicó The Rape of Nanking (con la grafía de la época, no la actual: Nanjing), un trabajo histórico sobre el asunto que se mantuvo en la lista de los libros más vendidos de The New York Times durante varias semanas. Iris Chang se suicidó en 2004, a los treinta y seis años. Su cuerpo apareció en su coche cerca de San José (California), con un disparo en la cabeza salido de su propia pistola.

En 2007 se hizo con el libro un sociopic (Nanking), mitad documental, mitad actuación. Vi esa película en un cine de Shanghái y apenas contaba media entrada. El público chino prefirió, por aclamación, City of Life and Death (2009), un relato de ficción con la masacre japonesa al fondo, que en las dos semanas posteriores al estreno recaudó veinte millones de dólares.

La generosidad con que solemos acoger la muerte ajena ha elevado el libro de Iris Chang al palmarés de la historiografía. Nada más traicionero para con sus intenciones. Chang no quiso escribir historia, sino reavivar una llama, pero a menudo el dolor enturbia la memoria. Así, su libro renquea, más atento a acusar al gobierno y a la sociedad japonesa del pasado y del presente por el holocausto olvidado (así bautiza la autora a la degollina), que a describirlo y explicarlo. Posiblemente esa línea política, coincidente con la visión comunista, y su efímera celebridad estadounidense le valieran la estatua en bronce que le han dedicado en el museo de la ciudad que conmemora la masacre de Nanjing.

El gobierno de Chiang Kai-shek declaró la guerra a Japón el 7 de agosto de 1937 en respuesta al incidente del puente de Marco Polo (Lugouqiao), cerca de Pekín, que los japoneses aprovecharon para atacar a las tropas chinas. Shanghái cayó en noviembre y luego el ejército japonés avanzó rápidamente hacia Nanjing, entonces la capital del país. Por el camino ocuparon Suzhou, al tiempo que su armada tomaba Hangzhou, dejando un ancho reguero de muerte y destrucción a su paso. El 13 de diciembre entraban en la capital. Lo que siguió fue una brutal masacre de soldados desarmados y de civiles que no habían podido escapar de la tenaza sobre la ciudad. Dos oficiales japoneses, Mukai y Noda, compitieron por ver quién mataba antes a cien civiles con su espada. En el caso de muchos miles de mujeres de toda edad y condición, las violaciones precedían a la muerte. Un soldado japonés escribió que, mientras las forzaban, él y sus camaradas las veían como mujeres pero, una vez muertas, sólo las recordaban como animales; cerdas para mayor detalle.

Chang, como otros muchos, acepta la cifra de más de trescientos mil muertos y desaparecidos que estableció el Tribunal Internacional de Crímenes de Guerra en Nanjing creado en 1946 por el gobierno de Chiang Kai-shek. Es la misma cifra que da el museo actual, fundado bajo el gobierno comunista. David Askew, un historiador australiano que trabaja en Japón, se refiere a los partidarios de ese número como la escuela de la Gran Masacre. Enfrente está la de la Gran Ilusión, que niega la matanza o la rebaja a «incidentes» aislados y es exclusivamente japonesa. La escuela de la Calle de En Medio, a la que él se apunta, se mueve en torno a veinte o treinta mil. John Rabe, un alemán que vivió de cerca los hechos, habla en su diario de cincuenta a sesenta mil bajas.

En diciembre de 1937, Rabe era el representante local de la compañía Siemens y también del partido nazi. Junto con otros quince extranjeros, gente de negocios como Bob Wilson o misioneros como Minnie Vautrin, creó la zona de seguridad de Nanjing que acogió a decenas de miles de refugiados chinos. Su comité trataba de proporcionarles cobijo y alimentos, al tiempo que presionaba, con escasos resultados, a las autoridades militares japonesas para que contuviesen a sus tropas y pusieran fin a las atrocidades. Chang, que siguió la pista de su diario, lo convierte en un documento fundamental y a Rabe en un personaje providencial. El capítulo que le dedica en su libro se titula «El nazi que salvó a Nanking», algo a todas luces ditirámbico. Sin duda, Rabe se comportó como una persona decente, pero Chang utiliza esa imprevista ruptura del estereotipo del nazi criminal como un truco de mercadeo. Al gran público estadounidense, siempre sensiblero y bien trabajado por Spielberg, le chiflan los Schindler y los soldados Ryan.

Los criminales de guerra japoneses salieron relativamente mejor librados que los alemanes. Por razones que aún hoy se discuten, el general MacArthur, el procónsul estadounidense en el Japón ocupado, decidió mantener en su trono al emperador Sh?wa (Hirohito) y eso limitó el castigo de los escalones inferiores. No hay duda de que las responsabilidades por Nanjing llegaron a lo más alto de la cadena de mando: hasta el emperador. La excusa de que, a diferencia de los alemanes, los generales japoneses que dirigieron la toma de la capital no animaron a sus tropas a la matanza no se tiene de pie, porque durante dos meses no hicieron nada por detener el pillaje, las violaciones y las muertes. Las visitas de dirigentes japoneses al santuario Yasukuni en el que están enterrados muchos criminales de guerra, o los muchos libros japoneses de historia que se estudian en el bachillerato y se apuntan a la escuela de la Gran Ilusión, son una afrenta directa a los chinos y a la inteligencia ajena.

El Museo Conmemorativo de los Compatriotas Asesinados en la Matanza de Nanjing por las Fuerzas de Agresión Japonesas, que es su nombre oficial, se construyó en 1985 en la zona sudoeste de la ciudad, en uno de los lugares donde las tropas japonesas ejecutaron a miles de chinos y los enterraron en fosas comunes. Como en otras lugares de tanatoturismo, su edificio principal es cavernoso como un pabellón funerario: colosal en granito por fuera; oscuridad interior, sólo rota por los focos que se concentran en los objetos y las fotos exhibidas. Durante mi visita, el gentío hacía muy difícil detenerse a leer los rótulos en inglés y atender a sus explicaciones. La inmensa mayoría de visitantes eran chinos y muchos se hacían fotos en la última sala, bajo una inscripción a guisa de moraleja: «Paz y desarrollo son objetivos comunes de la humanidad. El pueblo de Nanjing, por sus muchos sufrimientos en diversas guerras, ama aún más la paz y la vida y se propone construir un Nuevo Nanjing».

No aclaraba cuándo estará listo.

Ficha técnica

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Elvira Navarro es escritora de fama internacional. Su última obra publicada es La sangre está cayendo al patio.

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