Archivo general de Revista de Libros

Ramón J. Sender y Simone Weil, una radiografía secreta

Álbum de radiografías secretas, el primer libro póstumo de Ramón J. Sender, apareció en Destino pocos días después de morir su autor en San Diego, Califonia. En la faja de la editorial, un reclamo: memorias inéditas. Debajo, treinta y dos nombres de las más de cincuenta personalidades que se rememoran en sus páginas. No es muy buena faena esa de evocar difuntos, o al menos eso dejó dicho otro aragonés, Joaquín Dicenta, refiriéndose a su autobiografía, pero diríase que el conjuro que hizo Sender con su libro, invocando el espíritu de aquellas personas que conoció en vida, terminó de la manera más poética posible: uniéndose a todos ellos con su muerte.

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El equilibro de Gerald Brenan

Gerald Brenan pisó España por primera vez en 1919 en busca de luz y una vida cómoda ajustada a sus ingresos, como parece haber sido norma entre sus compatriotas durante esas décadas. Como tantos otros de su generación, había estado en el frente durante la Gran Guerra. Se enroló primero en el 5º Batallón del Regimiento Gloucester para pasar más tarde a la 48ª Compañía Ciclista Divisional. Fue herido en combate y, tras regresar de nuevo a las trincheras, terminó licenciado como capitán. Se dedicó a buscar un rincón mediterráneo lo suficientemente barato como para permitirle una larga estancia. Europa había quedado hecha jirones tras la guerra, no era más que un carnuz ensangrentado, y el único país que podía ofrecerle lo que Brenan buscaba era España. Era el lugar idóneo para sus intereses vitales e intelectuales.

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Sombras en la retaguardia

El aluvión de libros publicados en las últimas décadas sobre la Guerra Civil ha dejado un par de novelas notables y varias monografías de interés, a pesar de que a los historiadores siga costándoles superar ciertas dificultades narrativas. Esclavos como son del dato y de la referencia bibliográfica, les resulta complicado desenredar una prosa enmarañada de nombres, fechas y notas al pie con las que verifican cada uno de los hechos que exponen. Los escritores que, en cambio, eligen la quest como fórmula de escritura factual, logran superar esos escollos técnicos y conseguir una narración tan fluida como emocionanteSe apunta siempre al libro En busca del barón Corvo [The Quest for Corvo], de A. J. A. Symons, como origen de las quests, esas biografías indagatorias, o reportajes biográficos, en las que el escritor se entremete en la historia que cuenta para explicar las dificultades y las sorpresas de su investigación. En España se han publicado unas cuantas, no todas sobre la guerra, de calidad desigual. Me vienen a la mente Morir matando, de Diego Navarro Bonilla; El marqués y la esvástica, de Plàcid García-Planas y Rosa Sala Rose; La desesperación del té, de José Antonio Martín Otín; o El hombre de las checas, de Susana Frouchtmann. Las mejores quests sobre la Guerra Civil son El honor de las injurias, de Carlos García-Alix, y La noche de los Cuatro Caminos, de Andrés Trapiello, aunque también podría considerarse su libro Las armas y las letras como una quest monumental. En nombre de Franco, de Arcadi Espada, es sin duda una quest, como también lo son dos de reciente publicación: Cirobayesca boliviana, de Miguel Sánchez-Ostiz, en la que el escritor navarro sortea no pocos peligros para seguir los pasos de Ciro Bayo por Bolivia, y Los árboles portátiles, de Jon Juaristi..

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Neville, o el buen humor

No cumplidos aún los treinta y siete años, Edgar Neville había escrito casi cincuenta cuentos reunidos en varios libros, rodado algunas películas y publicado numerosos artículos en la prensa. Fue guionista en Hollywood, donde trabó amistad con Chaplin, y uno de los asiduos de la tertulia de Pombo, bajo la batuta de Ramón Gómez de la Serna. Además de amigo de Tono, Samuel Ros, Ernesto Giménez Caballero, Miguel Pérez Ferrero o Federico García Lorca. La despreocupación jovial propia de aquellos años de literatura, humor y vanguardia desapareció cuando la política intervino y las relaciones terminaron por descomponerse.

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Ramón rebobinado

Ramón Gómez de la Serna ?Ramón? nació en 1888, pero es el autor más moderno de la literatura española. Este año se ha conmemorado su 130º aniversario de una forma muy discreta, casi inadvertida. Andrés Trapiello, uno de sus mayores defensores y editor de alguno de sus libros, dijo de él que era un lujo para nuestra literatura, aunque apenas fuese leído, pese a ser uno de los escritores que más talento desplegó.

Por fortuna, parece que hay gente empeñada, contracorriente, en que leamos a Ramón. En lo que llevamos andado de siglo se han publicado casi cuarenta libros suyos, trece de los cuales están dedicados a las greguerías, esos fogonazos de ingenio que son su creación más conocida. Además, contamos con dos ediciones de su Quijote abreviado, tres libros con sus dibujos, un libro infantil, dos con compilaciones de su obra periodística, uno de cartas, otro de entrevistas. Y en 2002 el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía le dedicó la exposición Los ismos de Ramón Gómez de la Serna y un apéndice circense. ¿Cuántos ejemplares de estas obras se han vendido? ¿Y de los vendidos, cuántos se han leído? 

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El exilio de Miguel Pérez-Ferrero

Lo ha pintado uno de sus nietos, Carlos García-Alix. ¿Cómo se pinta un exilio, cómo se pinta una vida? Para responder, conviene conocer primero al personaje: Miguel Pérez-Ferrero, periodista. Como tantos otros de su generación, tuvo un antes y un después. De la guerra, por supuesto.

Antes, fue uno de los figurantes del cortometraje Esencia de verbena, de Ernesto Giménez-Caballero: trata de acertar a Ramón Gómez de la Serna lanzándole pelotas en un puesto de feria. Al terminar, se quita el sombrero y descubre su aire tímido aunque socarrón, con el cigarro en medio de la boca. Después, viviría solo, cerca del Retiro, tras haber regresado de su exilio francés. Antes, había sido el director de la página literaria del Heraldo de Madrid; después, firmaría una columna diaria en ABC con el seudónimo de Sic. Publicó biografías de Antonio y Manuel Machado, de Ramón Pérez de Ayala, de Pío Baroja en su rincón.

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In taberna quando sumus

Azorín defendió el ocio como herramienta propicia para la inspiración. Un ocio tranquilo, es cierto, consistente en no hacer nada más que sentarse en el banco de un parque a observar lo que ocurre alrededor. Las páginas no suelen escribirse de manera súbita, nada más plantarse uno ante el papel o la pantalla. Antes de que el negro se pose sobre el blanco, las ideas se entretejen en la mente mientras el escritor hace su vida, mientras reposa o mientras bebe. Es cierto que algunos de los dipsómanos que nos trae Javier Barreiro en este compendio escribían bajo los efectos más profundos del alcohol, pero el alcohol era también la lente con que veían el mundo que iban a contar. Es indudable que la vida alcohólica de todos ellos les sirvió para encontrar no sólo inspiración y sugestiones, como Azorín en los bancos de los parques, sino también una manera de forjarse la experiencia. Y la experiencia es la fuente de la que mana la literatura. Incluso en este libro, porque Barreiro se confiesa bebedor. Sin la experiencia propiciada por el alcohol, quizá podría haber escrito estas páginas minuciosamente documentadas, pero sin poner en ellas el entusiasmo y la diversión que logra transmitir a quien las lee.

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Un barroco no nacionalista

En lo que llevamos de siglo se han publicado cuarenta libros de Eugenio d’Ors, la mayoría de ellos en la primera década. Sobre el propio d’Ors, aparte de tesis, artículos y otros textos académicos, son trece títulos, dos de ellos en 2017. No parece que d’Ors sea una figura arrumbada que haya que rescatar o reivindicar, al menos hasta que nos preguntemos cuántos lectores han tenido esos ejemplares. Según Andrés Trapiello, uno de sus editores, Eugenio d’Ors es un escritor sin lectores y sólo apto para d’orsianos. Aunque así fuera, no cabe duda de que los d’orsianos se han empeñado en que su autor sea leído, así que no estaría de más que pudiéramos indagar en su pensamiento y en su obra para decidirnos a formar parte de la tertulia.

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La bohemia de la impotencia

Hay una manera muy entretenida de leer un libro y es hacerlo a saltos, de forma desordenada, y curiosamente el tipo de libro que lo permite es el más ordenado de todos: el diccionario. Se han editado en poco tiempo, además de este sobre la bohemia española, dos muy sugerentes: Te voy a hacer una autocrítica, de Perroantonio, y Diccionario enciclopédico de la vieja escuela, de Javier Pérez Andújar. No necesitan una lectura reposada, basta ir de una entrada a otra, como si fueran aforismos, pero reunidos en torno a un tema concreto: irónico, inteligente y bienhumorado el de Perroantonio, melancólico y biográfico el de Pérez Andújar. Las entradas de este tipo de diccionarios vendrían a ser lo que una jaculatoria al Credo. Así ocurre con esta obra de José Esteban, con la que podemos hacernos una idea de lo que fue la bohemia española, una idea compuesta a pedazos, construida como quien monta un puzle, aunque en éste cada una de las piezas tiene un significado en sí mismo.

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La victoria de Apolo

La novela de un literato, de Rafael Cansinos Assens, es una especie de telaraña gigante donde quedan atrapados como insectos cientos de personajes de la movida madrileña de finales del siglo XIX y principios del XX. Lo que vino a llamarse la «bohemia», aquella caterva de harapientos intoxicados que jugaban a buscar la gloria como escritores. Cansinos secreta su seda y envuelve todos los cuerpos con un punto de maledicencia, a ratos de desprecio oculto bajo los diminutivos: Andresito, Joaquinito, Moyita… De aquella bohemia escaparon muy pocos. El más llamativo fue Joaquín Dicenta,, a quien Cansinos llamó «escritor macho» en su necrológica, arrancado del mundo de la picaresca, el sable y la taberna ?por mucho que siguiera dado a la juerga, ahora con más posibles? por el éxito de su obra Juan José.

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La despoblación, desenfocada

Ocurrió el 25 de octubre de este año, durante la sesión de control al Ejecutivo en el Congreso, centrada especialmente en los sucesos de Cataluña. Una diputada hizo esta pregunta a la ministra de Agricultura y Pesca, Alimentación y Medio Ambiente: «Señora ministra, a la luz de hechos como que Castilla y León pierde sesenta y cuatro habitantes ?es decir, siete personas por provincia y día? que tienen que emigrar, que no encuentran empleo ni ninguna posibilidad, que más de dos mil quinientos pueblos en España están en riesgo de desaparecer en los próximos quince años, que ciento cinco comarcas rurales están dentro de lo que la Unión Europea considera desierto demográfico, o que en los últimos diez años hemos perdido ochenta y dos explotaciones diarias, en su gran mayoría pequeñas y medianas, ¿qué va a hacer el Gobierno para hacer frente a la despoblación en las zonas rurales?»

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La inocencia bajo las bombas

Se equivocará quien recele, quizá devoto de Guillermo Brown o admirador de los chicos de Longeverne, de esta novela «para señoritas», porque es una de las mejores que se han escrito nunca sobre la Guerra Civil en España. La protagonista no tiene el desdeñoso descaro de los personajes de Richmal Crompton, ni la fuerza dionisíaca de los muchachos de La guerra de los botones, de Louis Pergaud: es solamente una niña bien, conocida por los lectores de los años veinte y treinta en España, cuya fama dentro de la literatura infantil se ha mantenido hasta hoy. Pese a su popularidad, este libro en concreto ha pasado inadvertido. Se publicó en 1987, treinta y cinco años después de la muerte de su autora, Elena Fortún (seudónimo de Encarnación Aragoneses). Fue presentado en junio de ese año en la Biblioteca Nacional por Marisol Dorao –biógrafa de Elena Fortún?, Carmen Martín Gaite y Felipe Mellizo, y salvo alguna breve referencia en la prensa especializada en literatura infantil, quedó completamente relegado al olvido. 

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