Archivo Revista de Libros

Poesía desde Auschwitz

No parece irracional comparar la Shoah con un gigantesco agujero negro, capaz de atrapar y anonadar a millones de inocentes, pero no es un símil convincente. Las leyes de la física no se cumplen en el ámbito del espíritu humano. En mitad de la negrura más terrorífica, casi siempre despunta la vida, exaltando la libertad, la compasión y la alegría. En su Diario de Praga (1941-1942), Petr Ginz escribe: «La simiente de una idea creativa no perece entre el barro y la mugre. Brota incluso allí y florece como una estrella refulgente en medio de la oscuridad». Mercedes Monmany, prestigiosa crítica literaria y notable ensayista, ha intentado explicarnos ese milagro en Ya sabes que volveré, un clarividente ensayo sobre tres extraordinarias escritoras asesinadas en Auschwitz: Etty Hillesum, Irène Némirovsky y Gertrud Kolmar. Monmany extrae el título de su obra de un fragmento de la correspondencia de Hélène Berr, una joven judía parisiense que murió en Bergen-Belsen con sólo veinticuatro años: «Volveré, Jean, ¿sabes?, volveré». Monmany no ha añadido dramatismo a unas historias insoportablemente trágicas. 

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In taberna quando sumus

Azorín defendió el ocio como herramienta propicia para la inspiración. Un ocio tranquilo, es cierto, consistente en no hacer nada más que sentarse en el banco de un parque a observar lo que ocurre alrededor. Las páginas no suelen escribirse de manera súbita, nada más plantarse uno ante el papel o la pantalla. Antes de que el negro se pose sobre el blanco, las ideas se entretejen en la mente mientras el escritor hace su vida, mientras reposa o mientras bebe. Es cierto que algunos de los dipsómanos que nos trae Javier Barreiro en este compendio escribían bajo los efectos más profundos del alcohol, pero el alcohol era también la lente con que veían el mundo que iban a contar. Es indudable que la vida alcohólica de todos ellos les sirvió para encontrar no sólo inspiración y sugestiones, como Azorín en los bancos de los parques, sino también una manera de forjarse la experiencia. Y la experiencia es la fuente de la que mana la literatura. Incluso en este libro, porque Barreiro se confiesa bebedor. Sin la experiencia propiciada por el alcohol, quizá podría haber escrito estas páginas minuciosamente documentadas, pero sin poner en ellas el entusiasmo y la diversión que logra transmitir a quien las lee.

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El microscopista y el pintor

Nacieron ambos en la última semana de octubre de 1632, vivieron en la ciudad neerlandesa de Delft, realizaron grandes contribuciones a la historia del arte y de la ciencia y, sin embargo, no hay constancia de que se conocieran. Ni rastro ha quedado que garantice un diálogo, un encuentro, siquiera fugaz, entre los dos protagonistas de este libro: el pintor Johannes Vermeer y el microscopista Antoni van Leeuwenhoek. Parece improbable que no coincidieran en alguna dependencia del ayuntamiento, quizás en el local de un comerciante de telas o de algún marchante de pinturas. Es casi imposible que el poeta, humanista y diplomático Constantijn Huygens no los presentara, y muy sintomático que el microscopista fuera designado por el consistorio albacea de los bienes (y las deudas) del pintor tras su fallecimiento. Se cree que el geógrafo de Vermeer es el propio Leeuwenhoek. Observadores agudísimos, tuvieron que verse en alguna ocasión. Es difícil que sus miradas no se cruzaran. Sus ojos debieron encontrarse y reconocerse.

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Reír bajo Franco (y II)

He leído en distintas ocasiones recopilaciones de chistes. Con frecuencia dichas antologías se presentan con unos títulos clónicos, como «Los mejores chistes…», diferenciados tan solo por la segunda parte de la propuesta: los mejores chistes cortos, verdes, políticos, de humor negro, de borrachos, etc. Se trata por lo general de obras de ínfima calidad tanto en su contenido como en la propia edición, hasta el punto de que lo habitual es que no figure en ellas ni siquiera el nombre del compilador. La verdad es que el chiste popular pierde mucho, por no decir casi todo, cuando se lee en papel impreso. Como todo el mundo sabe por experiencia, la mayor parte de las veces la gracia del chiste no reside tanto en su contenido propiamente dicho como en el contexto: quién lo cuenta, cómo lo cuenta, dónde se cuenta y, en fin, la circunstancia concreta en que se cuenta. Lo mismo puede decirse hoy día en lo relativo a Internet, fuente inagotable de chistes de la más diversa catadura. La ventaja, no obstante, de Internet con respecto a lo que antes decía del chiste impreso, es obvia, pues en la Red, además de leer chistes podemos escucharlos y hasta verlos escenificados. Aun así, sigue habiendo una diferencia abismal entre el chiste visto y oído en soledad y el chiste compartido.

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