Archivo Revista de Libros

Gestos (I)

Los japoneses son extremadamente educados y sutiles en sus gestos. Jamás señalan con el dedo, sino con una mano extendida y la palma hacia fuera, más una manera de acompañar el movimiento que de apuntar en una dirección. El intercambio de tarjetas, elemento fundamental de su vida social, tiene un ritual cuidadoso: se entrega la tarjeta con las dos manos y orientada de manera que el interlocutor pueda leerla, mientras se pronuncia el nombre mirándolo a los ojos. El apellido, más bien, entre hombres, que apenas utilizan sus nombres propios. De-Vivero-desu, digo mientras entrego mi tarjeta y me fijo, como ellos, en si por rango o edad corresponde que la mía esté encima o debajo de la del otro. Lo mismo que al brindar: el japonés sabe si su vaso debe estar más arriba o más abajo, las jerarquías están siempre presentes y nadie querrá equivocarse y saltárselas. Se habla diferente, se conjuga de manera distinta según con quien se hable; un mismo tiempo verbal tiene formas diversas si se usa con un familiar, un superior o un desconocido, según se refiera a uno mismo o a otro; se usan unas palabras u otras según se dirijan a alguien de mayor o menor rango o edad; el nuevo empleado de veintidós años debe respeto, y usa, por tanto, un registro lingüístico diferente, a su superior de veintitrés que entró en la empresa un año antes. Un año exacto, por cierto; los trabajos nuevos, sea por contratación reciente o cambio de posición dentro de la empresa, empiezan siempre el 1 de abril, comienzo del año fiscal japonés. 

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Reír bajo Franco (I)

El sentido del humor es algo muy subjetivo. A menudo esquematizamos de forma harto elemental a las personas, distinguiendo entre quienes lo tienen (el susodicho sentido del humor) y quienes no lo tienen. En algunos casos, la diferenciación puede ser de alguna utilidad, pero, no nos engañemos, en la inmensa mayoría de los casos es pura filfa: es verdad que hay gente siesa, malaje, estirada o, simplemente, con nulo sentido del humor, pero entre quienes tienen este don las categorías son casi ilimitadas. Nadie o casi nadie, por ejemplo, puede ver todas las contingencias de la vida bajo el prisma del humor y, si alguna vez nos topamos con un sujeto que ligeramente se aproxima a ello, terminamos por huir de él como de la peste, porque pocas cosas hay más cargantes que un individuo que se empeña en bromear a toda costa todo el tiempo. O es un pelma, o es un imbécil, o, mucho más probablemente, ambas cosas a la vez. Normalmente nuestro humor es selectivo o, por decirlo en términos más tradicionales, hay cosas que nos hacen gracia y otras que maldita la gracia. 

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¡Jóvenes de todos los países, uníos!

En un reportaje especial titulado «The Young. Generation Uphill»The Economist nos informaba de que aproximadamente una cuarta parte de la población mundial tiene una edad comprendida entre los quince y los treinta años. En muchos aspectos, continúa el semanario británico, son el grupo de jóvenes más afortunados de la historia. Tienen más ingresos que cualquiera de las generaciones anteriores, disfrutan de una esperanza de vida más larga, están mejor educados y no les va a tocar sufrir la polio, ni a Pol Pot, ni (con un poco de suerte) la moda de las hombreras o el pelo cardado de los años ochenta. Si uno es mujer o gay, en muchos países va a disfrutar de un grado de libertad inimaginable hace tan solo dos o tres generaciones. ¿De qué se quejan entonces los jóvenes? ¿No estaremos ante la generación más afortunada de la historia, pero también la más narcisista e insustancial?

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Industrias y andanzas del Huérfano

La Historia del Huérfano es una interesante obra que nos ofrece, editada con esmero, Belinda Palacios en Biblioteca Castro, con el cuidado que caracteriza la impresión de estos libros. En tiempos en los que han desaparecido la mayoría de colecciones de clásicos (una de las consecuencias de la incomprensible y dañina relegación de la literatura a un lugar decorativo en todas las etapas de la enseñanza), la labor que sigue realizando Biblioteca Castro es encomiable: es una tabla de salvación para los estudiosos de tales textos y, por tanto, para la divulgación de nuestro patrimonio literario en cuidadas ediciones.

La editora presenta la obra como «curiosa ficción escrita a modo de biografía, firmada bajo seudónimo probablemente por el agustino Martín de León y Cárdenas, que ha permanecido inédita hasta ahora, a pesar de su indudable interés». 

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Un barroco no nacionalista

En lo que llevamos de siglo se han publicado cuarenta libros de Eugenio d’Ors, la mayoría de ellos en la primera década. Sobre el propio d’Ors, aparte de tesis, artículos y otros textos académicos, son trece títulos, dos de ellos en 2017. No parece que d’Ors sea una figura arrumbada que haya que rescatar o reivindicar, al menos hasta que nos preguntemos cuántos lectores han tenido esos ejemplares. Según Andrés Trapiello, uno de sus editores, Eugenio d’Ors es un escritor sin lectores y sólo apto para d’orsianos. Aunque así fuera, no cabe duda de que los d’orsianos se han empeñado en que su autor sea leído, así que no estaría de más que pudiéramos indagar en su pensamiento y en su obra para decidirnos a formar parte de la tertulia.

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