Queridos lectores, suspendemos las publicaciones, como en años anteriores, hasta el 5 de Septiembre. ¡Feliz Verano!

Europa era una fiesta: la ilusión de una identidad cultural

No creo equivocarme mucho si señalo que para los españoles del siglo XXI, Europa representa una realidad ambivalente como resultado de, al menos, dos sentimientos contradictorios, la pertenencia y el fastidio. No me detendré ahora en el primero de ellos: basta recalcar su palmaria obviedad, los españoles somos europeos y punto. Dejémoslo por lo pronto así. Tampoco requiere mucha más explicación el segundo: como resultado del proceso de integración de España y la misma constitución de la Unión Europea, decir en términos políticos Europa —a menudo basta decir Bruselas— suele despertar entre nosotros un cierto malestar y una innegable suspicacia, por cuanto las directrices que emanan de sus órganos administrativos se consideran, con no poca razón, dictadas por una burocracia lejana e insensible, casi como una entidad extraterrestre.

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El azar, siempre el azar

No había vuelto a leer nada de Pierre Lemaitre desde que terminé Nos vemos allá arriba (traducción de José Antonio Soriano Marco, Salamandra, 2014). Lo que me acercó a esa novela no fue el hecho de que se le otorgara el Goncourt del año anterior (2013), como recalcaba la promoción editorial, sino la presunta temática del libro, que me interesaba por tres motivos: primero porque se cumplía a la sazón el centenario del estallido de la Gran Guerra y yo andaba enfrascado por razones profesionales en la lectura de todas las obras —o, al menos, todas las que pudiera abarcar— que se publicaban en esas fechas en el mercado español sobre el conflicto de marras.

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La España que no pudo ser

El titular que antecede es equívoco o, mejor dicho, inexacto, porque no hay una España que no pudiera ser sino múltiples, tantas como coyunturas cruciales se han dado a lo largo de la historia. En cada una de ellas había que elegir entre un número determinado de posibilidades y esa elección condujo a la España que realmente fue, dejando en la potencialidad las demás que no fueron. Por definición, las nonatas tenían que ser más numerosas, del mismo modo que cada elección individual supone la renuncia inevitable a otras alternativas. La España realmente existente de hoy en día tiene múltiples aspectos que no nos gustan (aunque, como es obvio, no podemos coincidir todos en lo que nos complace y nos desagrada). Pero, dejando los matices, cabe decir que el país que tenemos presenta deficiencias señaladas secularmente como grandes problemas nacionales.

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Irrelevancia y perplejidad

Los lectores que sigan este blog comprobarán que no comparto un prejuicio ampliamente extendido en los ámbitos académicos y universitarios —especialmente en nuestro país—: el que lleva a despreciar o, como mínimo, ningunear, a aquellos autores que se afanan por compartir los conocimientos y avances de sus campos específicos de estudio con el resto del público no versado en estas materias. O sea, para entendernos, lo que suele entenderse como divulgación. Hablo de la divulgación seria, exigente y rigurosa, no de los refritos oportunistas de los advenedizos. El mejor antídoto contra estos es precisamente cubrir ese flanco de la generalización científica —tan solicitado por una parte importante de la población— de modo escrupuloso, sin improvisaciones, simplismos o, lo que es peor y más frecuente, búsqueda del impacto facilón y exitoso.

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Homo agitatus

Hace unos días leí unas declaraciones de un conocido periodista, asiduo contertulio e intelectual crítico de guardia, en las que señalaba con manifiesta displicencia —cito casi literalmente— que no había aprendido nada en la actual crisis porque no había nada que aprender. Discrepo por un doble motivo: primero, porque mantengo la ingenua opinión de que se puede o, mejor dicho, se debe aprender de casi todo y más cuando se trata de un acontecimiento fuera de lo común, como es el caso; segundo y más concretamente, porque esta excepcionalidad es tal en la más profunda acepción del término, con una ruptura abrupta de las pautas que han marcado nuestra vida desde que tenemos uso de razón, al menos para las generaciones actuales (los más longevos se pueden remitir a la guerra civil o la inmediata posguerra). No me refiero ahora tanto a las rupturas obvias —de la actividad económica, la circulación de mercancías o el comercio, por mencionar las más evidentes— como a la propia quiebra de la vida cotidiana, reducida por largo tiempo a un estado de hibernación que muchos hemos vivido como auténtico arresto domiciliario. Pero fuera de las derivaciones políticas, lo que me interesa subrayar es que la mencionada singularidad de la situación ha favorecido el cuestionamiento o, como mínimo, la reflexión sobre determinadas actitudes que antes dábamos por normales o naturales, en buena medida como reflejo del mundo en el que nos insertábamos.

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¿Enganchados o prisioneros?

La anécdota —mínima, trivial— que voy a contar como punto de partida parecerá a los lectores más jóvenes sacada del Paleolítico, pero sucedió a comienzos de este siglo. Claro que, si bien se piensa, con la aceleración histórica que vivimos, datar en esas fechas —unos tres lustros más o menos— viene a ser como hablar de la prehistoria, casi literalmente. Y, sin embargo, lo que quiero referir es precisamente el surgimiento de una actitud que hoy, de tan extendida, parece plenamente normal. Fue durante un examen de fin de curso. La mayoría de mis alumnos se habían ido marchando según terminaban y quedaban muy pocos por entregar sus papeles. Normalmente, pese a mis advertencias, quienes salían del aula se quedaban comentando sus impresiones en el pasillo, justo detrás de la puerta, montando una algarabía molesta para los que no habían acabado aún. En un momento determinado caí en la cuenta de que esta vez no se oía ruido alguno en el exterior. Agucé el oído y más bien percibí un silencio extraño, como un zumbido sordo, que me impulsó a abrir la puerta con cierta inquietud. Lo que vi me dejó asombrado: no menos de una quincena de alumnos se distribuían irregularmente por el hall de entrada a la clase, en los peldaños de la escalera, apoyados de pie en la pared o sentados en el suelo.

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Todos los caminos conducen a uno mismo

En las largas semanas de confinamiento, surgió en varias ocasiones en charlas telefónicas con los amigos la cuestión de qué añorábamos más de lo que todos dimos en denominar vida normal, o sea, la anterior a la pandemia. Para mí, lo primero, como le pasaba a la inmensa mayoría, era la relación afectiva directa y sobre todo táctil —abrazos, besos— con los seres queridos que residían en otra ciudad o simplemente otro barrio distante. En lo segundo, me temo, tampoco era excesivamente original: como la mayor parte de mis compatriotas, echaba mucho de menos la sociabilidad en torno a la barra de un bar o una agradable cena en un acogedor restaurante. El tercer puesto de la lista lo ocupaba una actividad que antes del encierro parecía trivial o irrelevante: pasear. Me refiero al hecho elemental de salir de casa, a menudo sin rumbo fijo, solo para estirar las piernas y despejar la mente después de varias horas frente a un libro o el ordenador. En otras ocasiones, el paseo —si así puede llamársele— era más premeditado, pues se trataba de partir con tiempo y sustituir el metro o el autobús por una caminata al dirigirme a mi lugar de trabajo o una cita. Ahora, en la cuarentena, costaba trabajo concebir que de golpe y porrazo tuviésemos vedado o al menos restringido algo tan simple como pisar libremente la calle. Ya nos lo habían advertido los filósofos desde la antigüedad grecorromana: la vida humana se compone de pequeñas cosas tan imprescindibles como poco valoradas… ¡hasta que las perdemos!

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¿El ocaso de la sociedad abierta?

Cuando Popper publicó el libro que le daría fama y se convertiría en un clásico del pensamiento del siglo XX, La sociedad abierta y sus enemigos (1945) no podía en modo alguno vislumbrar que la gran amenaza para el orden liberal y el pensamiento crítico no vendría de sus llamados adversarios tradicionales —aquellos contra los que se dirigía la obra— sino del progreso científico y tecnológico. En términos políticos, durante la casi totalidad del citado siglo, los mayores antagonistas de los regímenes democráticos eran fácilmente identificables: fascismo y comunismo —las dos caras del totalitarismo— y dictaduras civiles o militares —autoritarismo—. Derrotados militarmente los sistemas fascistas y desacreditadas las dictaduras, el tercer acto, la implosión del socialismo real entre 1989 y 1991, parecía sancionar el triunfo definitivo del liberalismo y la democracia, el «fin de la historia» (Fukuyama dixit).

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El silencio, cuando menos lo esperábamos

Antes de que suene el despertador me suele desvelar el ruido o la actividad de la calle, que se filtra tenuemente por las paredes, las persianas y las ventanas cerradas. Es algo inconcreto, como un zumbido, lo suficientemente sólido como para sacarme del sueño pero también lo bastante difuso como para hacerlo sin molestar, promoviendo una transición dulce entre el descanso y el comienzo de las tareas cotidianas. En estos días tan extraños, la primera rareza surge ahí, en el primer momento del día, cuando aún no he abierto los ojos y acaso todavía más dormido que despierto, percibo confusamente que algo va mal, sin saber exactamente qué es, si grave o no. Cuestión de segundos o de milésimas de segundos, como dicen a veces con énfasis los cronistas deportivos. El tiempo suficiente como para identificar siempre la primera hipótesis recurrente, ¿es hoy domingo? 

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Despedida y cierre

«Hemos llegado, señoras y señores, al término de nuestra programación de hoy, día tantos de tantos. Estaremos de nuevo con ustedes a las equis horas con la carta de ajuste. Hasta ese momento, nos despedimos deseándoles muy buenas noches». Cuando en España sólo existían uno o dos canales de televisión –obviamente TVE, Televisión Española– y las emisiones se interrumpían durante el horario nocturno, un locutor o una locutora –creo recordar que normalmente era un personaje femenino, pero de eso no estoy ahora muy seguro– se dirigía al telespectador en un tono muy sosegado comunicándole lo anterior y despidiéndose hasta el día siguiente. Cuando consultábamos la programación televisiva, la última línea la ocupaba ese brevísimo espacio, que precedía al himno nacional, y que se formulaba así: «Despedida y cierre». Para quienes, aun siendo niños, vivimos aquella época esa acuñación, «despedida y cierre», ha quedado en nuestra memoria como una especie de despedida irónica, equivalente, por ejemplo, al actual e impreciso «¡nos vemos!», aunque uno no tenga la menor voluntad de ver al otro en mucho tiempo. Creo recordar que alguna publicación de humor utilizaba la expresión en alguna de sus secciones y, en todo caso, lo que sí recuerdo claramente es que el humorista Moncho Borrajo tituló así su último espectáculo para clausurar treinta y tantos años de actividades cómicas. Es decir, que esto de «despedida y cierre» es casi como un clásico. Y me ha parecido el título más adecuado para poner punto final a esta ventana sobre el humor que hemos mantenido abierta durante casi cuatro años.

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La sátira, continuación de la política por otros medios (y II)

Me quedaban por comentar tres artículos de El humor y la cultura política en la España contemporánea, precisamente los tres que tienen más elementos en común, dado que todos ellos tratan básicamente del mismo período (los últimos años del franquismo y los primeros de la democracia, es decir, lo que se ha dado en llamar simplemente la Transición) y hasta tienen también los mismos protagonistas, esto es, las publicaciones y los humoristas de prensa que contribuyeron con sus críticas a la definitiva instauración del régimen democrático. Al comienzo de su análisis –que constituye el capítulo 6 del libro–, José Reig Cruañes establece las grandes líneas por la que transitará no solo él, sino, como veremos seguidamente, los autores de los siguientes capítulos: «La contribución del humor gráfico y la prensa satírica al proceso de deslegitimación del régimen franquista en su tramo final fue decisiva: mediante la sátira y el ridículo los humoristas fueron deconstruyendo minuciosamente la mayor parte del ideario y la mitología que daban fundamento al llamado franquismo sociológico, dejando así el campo libre para la edificación de una nueva cultura política que sí podría servir de base a un nuevo régimen democrático» (p. 157).

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El ejército que nació en Marruecos

«Ningún analista podrá poner en duda que la institución militar ha desempeñado un papel determinante en la historia de España», escribe el prologuista de este volumen, el historiador militar Fernando Puell de la Villa, para sostener seguidamente que, si el protagonismo castrense fue acusado durante toda la etapa contemporánea de España, aún lo fue más en el período concreto que va desde que se dibuja la «sombra de Marruecos» en la política española hasta la eclosión del franquismo. «A la vista de ello –argumenta a continuación– resulta incomprensible la escasa atención prestada por los investigadores a tema tan trascendental». La mencionada contraposición, convertida en tópico argumentativo y en lamento tan admitido como estéril, ha tomado carta de naturaleza como una realidad palmaria desde hace varias décadas en el frontispicio de cualquier publicación de historia militar. Tanto es así que el autor de esta obra, Daniel Macías, tras una breve introducción, toma como punto de partida de su análisis –de hecho, es la primera frase que encuentra el lector– el mismo planteamiento: «El africanismo, entendido como familia militar, ha sido muy poco y también mal estudiado hasta el momento». No resalto esta coincidencia como cuestión anecdótica, sino en la medida en que dicho diagnóstico, tomado, según acabo de apuntar, como premisa indiscutible, condiciona en última instancia la propia estructura del volumen que comentamos. Así, dado que el africanismo en particular, pero también el ejército español en su conjunto y todo lo relacionado con la órbita castrense, están, según las estimaciones antedichas, tan postergados en el ámbito académico o universitario, el autor considera necesario dedicar un amplio apartado –al menos un tercio del libro, adaptación, por cierto, de una tesis doctoral– a lo que bien podrían llamarse cuestiones previas: aclaraciones metodológicas, repaso bibliográfico, problemas de enfoque, bosquejo del contexto, debates ideológicos y panorama general del período.

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