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Los telómeros. Una interesante aventura

En mis tiempos de formación como biólogo aprendí que los telómeros, unas estructuras que ocupan los extremos de los cromosomas, habían sido descubiertos por Hermann Joseph Muller (premio Nobel en 1946) y que Barbara McClintock (premio Nobel en 1993) había deducido que estas estructuras eran esenciales para la distribución equitativa del material genético de una célula entre sus descendientes, ya que los cromosomas que carecían de ellos se adherían unos a otros y hacían descarrilar el proceso de distribución.

Posteriormente, Elizabeth H. Blackburn, Carol W. Greider y Jack W. Szostak describieron la estructura molecular de los telómeros, que resultó consistir en cortas secuencias de ADN repetidas en tándem y protegidas por ciertas proteínas, y descubrieron una enzima, denominada telomerasa, que es la pieza central de la maquinaria responsable de su síntesis. Estos científicos recibieron por ello el premio Nobel en 2009. 

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La mano invisible que mece la cuna (y la tumba)

Augusta Ada King (1815-1852), condesa de Lovelace, fue una matemática británica conocida por sus investigaciones sobre la máquina analítica de Charles Babbage. Entre sus «Notas» sobre la máquina, Ada Lovelace dejó lo que se hoy se considera el primer algoritmo concebido para ser autoprocesado por un ordenador.  

Ada es también el nombre del algoritmo que dirigió la campaña de Hillary Clinton. No es que Clinton dudara de si hacer caso al algoritmo o a sus asesores cuando se producía alguna discrepancia entre ellos, sino más bien que, antes de adoptar cualquier estrategia, lo primero que hacía el equipo de la candidata era consultar al oráculo del big data. Las decisiones sobre dónde, cuándo y cómo invertir cada dólar de la campaña eran tomadas previa consulta a Elan Krieger, que traducía al lenguaje electoral las correlaciones encontradas por el algoritmo. Mientras que la falta de datos hace que sea complicado saber cuál era la ratio de acierto del oráculo de Delfos, es bastante más sencillo verificar el fracaso del algoritmo de Ada.  

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Bajo el volcán

A lo largo de los últimos diez años, Jon Bilbao (Ribadesella, 1972) ha escrito media docena de novelas y colecciones de cuentos que lo sitúan entre los más originales de la literatura española actual. En su último libro, El silencio y los crujidos, combina esas dos formas con tres relatos que se funden en una especie de novela, aunque no por completo. Como para fomentar aún más la indefinición, los tres relatos son variaciones de una misma historia. El primero está ambientado en una provincia remota del imperio bizantino a finales del siglo VI, el segundo se desarrolla en la década de 1960 en una zona aislada del Amazonas y el tercero mira hacia Menorca en un futuro próximo. En esos escenarios reaparecen varios motivos, incluido el de la obsesión con las alturas y el aislamiento, así como personajes que encallan en situaciones imposibles. Por momentos, nadie parece hallarse en más apuros que el autor. ¿Cuánta libertad de movimientos, por ejemplo, puede tenerse en un relato como «Columna», que versa sobre un estilita obsesionado con la pureza, decidido a acabar sus días encima de un capitel?

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La extraña pareja

Entre algunos de nuestros novelistas se ha puesto de moda afirmar que todo es ideología y nada, de hecho, puede decirse fuera de la ideología. Esos mismos novelistas se sentirían, sin duda, escandalizados si se les comparase con Donald Trump. Pero, en realidad, no son tan diferentes: donde uno dice «todo es ideología», el otro grita «Fake news!». Porque, si todo es ideología, ¿cómo distinguir la verdad de la mentira? En esa aparente paradoja se resume el problema que plantea la relación entre posverdad y posmodernismo. Se trata de una relación cuando menos sospechosa, en la que se han detenido con más o menos empeño quienes últimamente tratan de esclarecer qué es y de dónde viene la posverdad. Yo mismo he identificado, en mis trabajos sobre el tema, tres grandes factores para explicar su aparición: el filosófico, el tecnológico, el afectivo. Y quisiera aquí aislar, dentro del primero de ellos, el factor posmoderno.

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¿El candidato manchú?

1962 fue el año en que se estrenó la película de ese título; en España se llamó El candidato del miedo. Su lanzamiento en Estados Unidos coincidió con la crisis de los misiles en Cuba y eso contribuyó a un mediano éxito de taquilla. La película no valía gran cosa. Era un melodrama anticomunista disfrazado de denuncia antianticomunista. Raymond Shaw, un sargento estadounidense capturado por los soviéticos durante la guerra de Corea, ha sido sometido a un cuidadoso lavado de cerebro por los chinos durante su cautiverio en Manchuria. De vuelta a casa, a Shaw lo colman de honores por haber salvado las vidas de sus compañeros de pelotón y se convierte en un héroe nacional.

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