Del 11 al 17 de abril, la revista descansa por Semana Santa

Víctor Catalá: un orden de fatalidades determinadas

El caso de Caterina Albert es bastante especial en la literatura española. Una escritora con talento innato para las letras y las artes, dotada de intuición y la cualidad mágica de la «asociación», que Robert Frost consideraba el quid de la verdadera poesía, se lanza al ruedo literario catalán en 1898 con un monólogo desgarrador (La infanticida), gana un premio que luego se anula al descubrirse su identidad y, viendo que el mundillo literario de la Ciudad Condal le da la espalda por ser mujer y abordar asuntos impropios de una fémina, se convierte en Víctor Català. Independiente, sin padrinos (el poeta Joan Maragall será de los pocos que la animen, al igual que Josep Torras i Bages), irá tejiendo un

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Sobre la meditación y el mindfulness

El término mindfulness se ha infiltrado desde hace algunos años en nuestras vidas como un reclamo de cambio e incluso un camino de perfección. Su significado en español sería «atención plena» o «atención consciente»Si bien “mind” también significa «cuidado» –como en «mind the gap» o «mind your head»–, no sólo «mente», y se dirige a la atención hacia uno mismo, opuesta al descuido. y alude a la facultad de dirigir la mente a un foco concreto, actual, y estabilizarlo allí. Facultad bastante corriente en los animales vertebrados y que, paradójicamente, en nosotros los humanos ha ido debilitándose más y más durante los últimos dos siglos, puede que gracias al auge imparable del racionalismo. «La atención –escribió Simone Weil– es la forma más rara y pura de generosidad». ¿Por qué es tan rara, dispersa e infiel la atención y qué consecuencias acarrea esto para la estabilidad mental de las personas? ¿No es extraño que la psicología y, en general, la ciencia haya tardado tanto tiempo en comprender la importancia de esta habilidad perdida en la senda de la evolución?

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Oficio y artificio

Jean Echenoz es un viejo conocido, de quien ya comenté en su día novelas como Rubias peligrosasMe voy Al piano, Ravel. Estamos ante un sólido narrador que se caracteriza por su versatilidad y su desapego hacia el «tema» que tiene entre manos. Es interesante comparar su escritura con la de un autor de su generación como Patrick Modiano. Parecido en algunas cosas a Echenoz, como si lo parisiense dejase una marca de fábrica, Modiano es muy diferente tanto en lo que respecta al punto de partida que constituye el motor de la narración (siempre emocional y especulativo en su caso) como al puerto al que arriba. La obsesión en la propia memoria ensimismada y lo inefable permean en el Nobel galo todo lo que escribe. Las obsesiones de Echenoz son más bien formales que de fondo. Le gusta la pirueta argumental y el tono desenfadado que arropa el humor con que intenta, no siempre con el mejor resultado, envolver sus novelas. Uno diría que en cada nuevo libro parece estar al borde del colapso como novelista y la única forma de evitarlo es seguir escribiendo historias que se aguantan gracias a su plausible absurdidad. 

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De la tibieza

Autor de obras que sus editores denominan «novelas de no ficción», Emmanuel Carrère parece haber optado por escribir libros a medio camino entre el periodismo «íntimo» y la investigación sobre un «tema» general o particular. Son obras escritas en primera persona cuyo protagonista es el autor, aunque a veces no lo parezca, como es el caso de El adversario, crónica indagatoria acerca del insólito asesino Jean-Claude Romand, y de Limónov, biografía de un personaje con cuya peripecia, tan estrambótica como real, Carrère llega a identificarse igual que si se tratase de una novela. Para el presente relato, este escritor que ha hecho carrera como guionista en Francia, nacido en París en 1957, ha ensamblado dos elementos narrativos: uno biográfico, su período de creyente comentador del Evangelio de san Juan; y otro hagiográfico: las figuras del converso Pablo y de su discípulo Lucas.

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Esta pesada libertad

John Gray nos tiene acostumbrados a cuestionar mitos modernos, hacer malabarismos con ellos, destriparlos y luego volverlos a armar de una manera que nos hace verlos, si no de modo por completo diferente, sí desde un ángulo más abierto. El objetivo, si lo hay, es el tradicional en el arte del pensamiento: ganar un ligero espacio entre los conceptos y las ideas.

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La luz del cuadro

La desdibujada sombra de Henry James en la narrativa moderna se debe sobre todo a su sencilla complejidad, y tal vez a una extraña mezcla de puro raciocinio e inasible conexión con las profundidades inconscientes del espíritu humano. Nuestro autor fue, de entre los grandes novelistas que liquidaron el siglo XIX y se montaron a horcajadas, sin encontrar el centro de gravedad, en el nuevo, el más comprometido en su tarea.

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Silencios en habitaciones vacías

En casi todas las obras de Patrick Modiano, flamante premio Nobel de Literatura, nos enfrentamos a una voz que parece hablar en la oscuridad de una habitación de hotel situado en un París fantasmagórico en un tiempo indeterminado. 

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Parapsicología de la Guerra Civil

Por fin damos con una novela sobre la Guerra Civil que se sale de los campos trillados y muestra aspectos de la contienda desde una perspectiva foránea y original. A simple vista, si no sabemos nada sobre su autor, el holandés Johan Brouwer, puede parecer un simple relato autobiográfico sobre su participación como militar extranjero en las Brigadas Internacionales. 

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Compleja sencillez

En Intérprete de emociones había una mujer india que iba a visitar a su hija a una ciudad estadounidense. Su mayor alegría era preparar comidas muy complejas que nunca llegaban a ser como la mujer quería o esperaba, pues los ingredientes era muy distintos a los que ella estaba acostumbrada. 

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El yo del autor Auster

La presencia de la literatura autobiográfica en la obra de Paul Auster se remonta a La invención de la soledad, un libro de hace más de veinte años, que en cierto modo fue un nuevo modelo en su género. En él retrataba el autor de Nueva Jersey a su padre y trazaba, a raíz de su muerte, una memorable semblanza de la relación difícil y oscura que le había unido a él. 

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Coetzee se absuelve

La lectura del original inglés de Juventud (2002) justo después de la concesión del Nobel a J.?M. Coetzee (Ciudad del Cabo, 1940) me dejó una huella permanente. No sólo por la lúcida recreación personal, alejada de la indulgencia y la nostalgia que son habituales en ese tipo de libros (pienso en Pamuk), sino sobre todo por su original tono desapegado, frío pero profundo, conseguido gracias al uso limpio de la tercera persona. Había en esa obra una sabia elipsis en aras de la tarea esencial del lector: imaginar, intuir, acaso emocionarse. Dejaba una especial resonancia a través de la reflexión conseguida gracias a la eliminación de «circunstancias extraordinarias» en la narración. El punto fuerte del sudafricano es su fecunda capacidad

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