Del 11 al 17 de abril, la revista descansa por Semana Santa

Durmientes

Si la narrativa actual ofrece muchos ejemplos de realismo en los que predomina la acción, la lógica en el comportamiento de los personajes y el azar (algo tan real) para resolver los conflictos, a veces echamos en falta que el narrador preste atención a sensaciones más profundas, a mecanismos que articulan emociones que todo el mundo experimenta pero que son difíciles de mostrar en un relato. Narrar lo invisible que nos sucede cada día es un buen camino para interesar al lector, pues en el inconsciente de cada lector hay un secreto deseo de volver a encontrar los sortilegios felices que pueblan los cuentos de hadas. La escritora japonesa Banana Yoshimoto lo sabe y por eso escribió estos tres relatos

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Siempre Auschwitz

Imre Kertész recibió el Nobel de Literatura hace dos años. Al margen de su pericia y originalidad como narrador, el «tema» de su obra era y sigue siendo el Holocausto. Por eso, el galardón se interpretó entonces por algunos como el tributo que la cultura de Occidente paga de vez en cuando a las víctimas de la barbarie nazi. Kertész sobrevivió a Buchenwald y a Auschwitz-Birkenau. Fue uno de los adolescentes que consiguió atravesar la locura de los campos y que, más difícil todavía, supo soportar la libertad, o más bien el sucedáneo de libertad que le tocó vivir. Su vida posterior a Auschwitz no fue en absoluto un camino de rosas. A tenor de algunas entradas de Diario de

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El hombre que vivía dos veces

Samuel Pepys nunca escribió poemas ni piezas teatrales, ni siquiera un cuento o los primeros capítulos de una novela. Era un hombre dotado de sensibilidad, desde luego, un lector y un melómano. Escribió algunas obras eruditas sobre la flota británica y un buen montón de informes burocráticos en los que a buen seguro despunta aquí y allá su genio. Sin embargo, un hombre de sus cualidades –enérgico, práctico, imaginativo– supo dar con la manera más profunda de dejar su huella sobre la tierra legando a la posteridad las páginas de un diario. Durante nueve años (de 1660 a 1669), los más jugosos de su vida y en cierto modo de su época, mientras Londres se convertía a fuerza de guerras

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La suerte del héroe

El escritor de Blanco sobre negro parece haberse propuesto varios objetivos al escribir este libro. En primer lugar, ofrecer testimonio directo acerca del destino de las personas «inútiles» en Rusia, es decir, denunciar la crueldad del sistema soviético. Después, mostrar que tan humano es el crimen y la indiferencia ante el dolor como la bondad y el heroísmo. Y, por último, hacer de tal documento salpicado de sangre, rabia y nostalgia una obra literaria. Empecemos por el final. Conviene recordar que este libro ha sido escrito en ruso. Rubén Gallego, su autor, es nieto del dirigente comunista en el exilio Ignacio Gallego. Nació en Moscú con parálisis cerebral y por ello fue enviado a los centros de internamiento que se

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Profeta Kipling

Tras su muerte en enero de 1936, en vísperas de la contienda que pondría fin al mundo colonial, no ha hecho sino crecer la figura de Rudyard Kipling como imperialista trasnochado, el energúmeno que utilizó su poderosa influencia de escritor para extender un credo de paternalismo y vasallaje por los dominios ingleses, desde la India hasta Sudáfrica pasando por Canadá y Australia. Antigualla rancia para sus mismas filas al acabar la guerra de 1914, desde el punto de vista marxista Kipling habría sido el vocero de la llamada «superestructura ideológica» del capitalismo más conservador, aquel que arrasaba el mundo con su fuerza triunfante, voraz, indiferente a la desigualdad y la injusticia que creaba a su paso. Ni siquiera tuvo la

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Joyce en Trieste

Es sabido que por lo general un gran escritor forja su destino en la infancia, que su talento despunta como la cima de un iceberg en la juventud y que lo más auténtico de su obra cristaliza en esos años decisivos que van de los veinte a los treinta. Lo que sucederá después, si su obra se asentará, se desarrollará o, por el contrario, se arrugará crujiendo igual que un papel antes de arrojarlo al cesto, depende mucho del período de cristalización, de esos años en los que el gran escritor afianza su voz, construye su mundo y su propio personaje y se convierte para siempre en alguien que, haga lo que haga, está «al otro lado» de la sociedad

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Melville, el artista

Pierre o las ambigüedades fue escrito un año después de Moby Dick y apenas dos años más tarde que Chaqueta Blanca, la cuarta obra marinera de Herman Melville tras Taipí, Reburn y Omoo. El escritor se hallaba entonces en la cresta de la ola. Sus libros se vendían bien, pero el objetivo de Melville iba mucho más lejos que ser un mero autor de éxito. Le interesaba no sólo divertir y conmover sino, además, sugerir mundos inexplorados, revelar verdades que permanecían ocultas, adelantarse a la sensibilidad y el intelecto de su siglo. Ya lo había intentado bajo el disfraz de marinero embarcado en la caza de una ballena mítica y no estaba claro que le fuese a salir bien la

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