El alma de las marionetas. Un breve estudio sobre la libertad del ser humano
John Gray
Madrid, Sexto Piso, 2015
144 pp. 18 €

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John Gray nos tiene acostumbrados a cuestionar mitos modernos, hacer malabarismos con ellos, destriparlos y luego volverlos a armar de una manera que nos hace verlos, si no de modo por completo diferente, sí desde un ángulo más abierto. El objetivo, si lo hay, es el tradicional en el arte del pensamiento: ganar un ligero espacio entre los conceptos y las ideas, ese Zwischenraum que Rilke necesitaba para «ver», que favorezca la respiración de la mente, tan falta de oxígeno. Así lo hizo el profesor de Oxford y de la London School of Economics en dos de sus libros traducidos al castellano: El silencio de los animales, que trataba de una de sus obsesiones más recurrentes, la manía del progreso, y La comisión para la inmortalización, acerca de la arrogancia de la ciencia y su cruzada contra el hecho más inflexible de la naturaleza. En estos ensayos y en los otros que viene publicando con éxito de audiencia, late un saber ecléctico, acumulativo y ensimismado sobre el que de vez en cuando brilla una luz rara, foguea una idea dicha con la boca chica, como si alguien al fondo de la sala musitase la solución a un problema complicado pero no estuviese seguro. Las raíces clásicas de Gray, su socratismo a veces un tanto vago, aunque no exento de lucidez y destellos poéticos, hubieran exasperado a Nietzsche. Lo que tiene su mérito.

El alma de las marionetas es en gran parte, y probablemente en su concepción, un receptáculo de lecturas y a veces ecos de películas que buscan cohesionarse en un hilo conductor establecido a priori. Es decir, el autor decidió en un momento dado «pensar» sobre la libertad humana, ese concepto o aspiración tan deshilachada y descolorida, como una bandera demasiada expuesta a todos los vientos, y echó mano de «indicios» y testimonios literarios, antropológicos, políticos y religiosos que sirvieran de vehículo en ese viaje de búsqueda («inquiry» en el subtítulo original). Von Kleist, Poe, Philip K. Dick, Hobbes o Borges llenan con sus citas más o menos pertinentes la primera parte del libro, que tiene verdaderos hallazgos, como las ideas gnósticas de Leopardi, de gran interés. Si para Kleist y otros la libertad sería a la postre «un estado del alma en el que se ha eliminado todo conflicto» o, quizá más exactamente, en el que no se arrostrara «la carga de tener que elegir», el poeta italiano romántico afirmaba «la irresponsabilidad y la inocencia de la humanidad». Leopardi creía que la razón, como supuesta garante de la idea de libertad, y por oposición a la Naturaleza –en esencia indiferente–, «disuelve por completo la sociedad y convierte a los hombres en salvajes».  Conectando con el prusiano Von Kleist y su metáfora de las marionetas, Leopardi sugiere, al decir de Gray, que las personas «son máquinas que, a través de una sucesión de causalidades, se han hecho conscientes de sí mismas». Máquinas, artefactos, es decir, ingenios articulados que maneja un demiurgo, ese loco titiritero del gnosticismo.

Gray nos pasea por los demonios de Poe y el golem para dar paso al mundo de Lem en Solaris, una suerte de hogar que se parece mucho al ser humano, ese «sustituto insustancial que continuamente se tambalea y cae». Por tanto, no es una marioneta, pues ella está sostenida desde lo alto, ingrávida, incapaz de caer ni decidir levantarse. Sin embargo, la persistencia de la indefensión e ingravidez de la humanidad permea la ciencia ficción en uno de sus mayores exponentes, Philip K. Dick: «Tras el falso universo reside Dios […], que se ha condenado a sí mismo a la ignorancia, la alienación y el desarraigo […]. Ya no sabe por qué se ha infligido todo esto a sí mismo. No lo recuerda». La potencia de la filosofía gnóstica la representa luego bien Gray gracias a H. G. Wells y sus extraterrestres, así como con una incursión en el olvidado novelista John Cowper Powys, cuyo demiurgo «está lleno de remordimientos por haber creado un mundo que contiene tanto sufrimiento».

Entonces aparece el inevitable Hobbes, el filósofo del estilo (haría bien Gray en leerlo más a menudo para pulir el suyo, un tanto monótono en ocasiones, falto de brío), a propósito de la civilización azteca, que consideraba los individuos como «títeres medio acabados de los dioses que deben construirse su propia identidad». Las matanzas rituales de los aztecas chocan contra el presupuesto hobbesiano de que el hombre intenta por todos los medios huir de una muerte violenta. Y esta incoherencia precolombina persiste en nuestra avanzada sociedad, en la cual las personas se matan entre sí por muchas razones y, como dice Gray, «ninguna más humana que el intento de darle sentido a su vida». Absurdo sentido, sin duda. Hobbes señalaba el «privilegio del absurdo» como el rasgo que diferencia el ser racional de los pobres animales. De ahí que Gray afirme: «El ser humano es el único animal que busca sentido a su vida matando y muriendo por sueños ridículos». Vuelve en este punto el autor a meterse con la idea de progreso ligada al supuesto descenso de la violencia en los tiempos modernos. Ofrece ejemplos de cómo la teoría de la conspiración, el secretismo de Estado y la sociedad del espectáculo (así como el empuje ciego de la ciencia y la tecnología digital) abundan en la concepción agnóstica del mundo, el cual al fin tendría sentido si alguien está ahí arriba (o abajo) manejando los hilos. Como la sociología nos aburre pronto, el inglés mete enseguida la marcha literaria. Gracias al relato de Leonardo Sciascia del caso Moro (conectado con el de John F. Kennedy), intuimos con Gray que, en un giro borgiano, «el autor era el lector» (y la historia de su secuestro y ejecución un excelente relato) y que, aunque nos comportemos como marionetas, «nadie está manejando los hilos».

Tras cierta morosidad académica y algunos desvíos para ver paisajes no siempre reveladores de un cielo limpio de objeciones, el discurso de John Gray acerca del problema camusiano de la libertad (vivir o no vivir) entra en la recta final. El gnosticismo se llena de cibernética e Internet, la máquina no puede pararse, y un día cercano nos veremos abocados a convivir con máquinas que serán un remedo titiritero de nosotros mismos. Dotados del humano y animal «titileo de la sensibilidad», pero sin ese «conflicto interior», esa «división del yo», esa intermitente malaise que nos constituye, queramos o no. Gray tiene el detalle de dar voz final al Génesis, único relato capaz de sostener una explicación del libre albedrío como lo que es: gravidez. Y esa idea de la caída de los cuerpos debido al peso sobrevenido del alma (cortados los hilos del Creador, la gran araña), gravita a la postre en nuestro destino, que ya vislumbraron los antiguos: la imposibilidad de superar nuestras limitaciones. El liberal, socrático, Gray concluye que la única libertad factible es la «no interferencia mutua» . Y que, frente a la estúpida arrogancia de nuestra sociedad antimisterio, ciegamente optimista, que quiere construir a toda costa la Über-marioneta,  «aceptar el hecho de ignorar hace posible una libertad interior muy diferente de la que perseguían los gnósticos». En el fondo, y quizá sin pretenderlo, John Gray recoge la antorcha de la espiritualidad que derrotó al mundo pagano, llámese cristianismo o budismo zen, y con ella ilumina la caverna llena de parpadeos de máquinas perfectamente inútiles. En ese caer y tal vez levantarse que es el único camino de veras humano, en esa perplejidad sugerida por Robert Graves en los versos «Él en una nueva confusión de su entendimiento / Yo en un nuevo entendimiento de mi confusión», reside la única libertad a nuestro alcance.

José Luis de Juan es escritor. Sus últimos libros son Campos de Flandes (Barcelona, Alba, 2004), Sobre ascuas (Barcelona, Destino, 2007) y La llama danzante (Barcelona, Minúscula, 2013).

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