Queridos lectores, suspendemos las publicaciones, como en años anteriores, hasta el 5 de Septiembre. ¡Feliz Verano!

Diputada, senadora, ministra, alcaldesa, defensora

Define Soledad Becerril su libro, bellamente titulado con el sugerente juego de palabras que incluye su nombre, evoca a Gabriel García Márquez y seguramente alguna cosa más que en el tintero quedó («en momentos de los años de los que hablo en estas páginas me he encontrado muy sola […] con mis dudas y mis pensamientos», p. 175) como unos «fragmentos de memorias». Y en su querida brevedad ?el volumen apenas supera las ciento ochenta páginas, índice onomástico incluido?, tan de agradecer en estos tiempos de abundante y banal grafomanía, el texto y su autora ofrecen buenas, aunque no muchas, razones para la reflexión y la lectura.

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Avisos para navegantes

En la historia de las últimas décadas, varios son los momentos en que novelistas, politólogos o catedráticos de Derecho Constitucional, por citar sólo algunos de los interesados en el tema, han sentido la obligación cívica de avisar sobre los peligros que corría la democracia. Las convulsiones y tragedias provocadas por los totalitarismos en los años veinte y treinta del siglo XX, por ejemplo, están en el origen de dos notables novelas norteamericanas. Una, debida a la pluma del premio Nobel de Literatura en 1930, Sinclair Lewis, lleva el transparente titulo Eso no puede pasar aquí (1935). Otra, es la del recientemente fallecido Philip Roth, La conjura contra América (2004). Ambas, utilizando personajes reales junto a otros sólo parcialmente ficticios, evocan la misma terrible posibilidad: que los Estados Unidos de América, a semejanza de los fascismos europeos con Hitler o Mussolini, pudieran convertirse en trasuntos locales de la misma especie. Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, autores de Cómo mueren las democracias, no hacen mención de la primera, pero sí de la segunda, poniendo su trama ?la posibilidad de que Charles Lindbergh, el famoso aviador estadounidense de origen alemán y simpatías prohitlerianas, llegara a la presidencia de Estados Unidos? en el terreno de la especulación contemporánea, alimentada, como es evidente, por dos factores concurrentes. De un lado, como bien puede adivinarse, por la presencia de Donald Trump en la Casa Blanca. Del otro, por la simultánea proliferación de fórmulas populistas en otras partes del mundo, desde la Rusia de Putin, la Turquía de Erdogan o la Hungría de Orbán, a los casos de Correa en Ecuador, Ortega en Nicaragua, Morales en Bolivia y Maduro en Venezuela, ejemplos de una amplia deriva antidemocrática allí donde parecía que la libertad ?siempre en la memoria El final de la Historia, de Francis Fukuyama? había generado raíces permanentes. Todo ello, naturalmente, sin dejar de lado la persistencia totalitaria en la Cuba del poscastrismo, en la China siempre comunista o en la aberración atómico-dictatorial de Corea del Norte. Esas mismas preocupaciones ?que, por supuesto, tienen amplio eco en la abundante literatura anti-Trump de carácter más o menos escandaloso que está proliferando en los últimos meses? se encuentran también en dos textos recientes de Timothy Snyder. On Tyrany (2017), un breve opúsculo a la manera de los antiguos panfletos políticos, es, sin utilizar el nombre, un agrio reproche al actual presidente estadounidense, y The Road to Unfreedom (2018) constituye un preocupado recorrido por el camino que, como el mismo título sugiere, está apartándonos de la libertad.

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Post scriptum: los «Caps» ganan la Stanley Cup

Los Capitals, el equipo de hockey sobre hielo de Washington, la capital de Estados Unidos, han ganado la Stanley Cup de 2018 al ganar en Las Vegas contra el equipo local, los Golden Knights, cuatro de los siete partidos previstos para la final. Fueron miles los aficionados en trance de éxtasis los que asistieron, dentro y fuera del estadio de Washington, a la victoria de su equipo. La primera que cosechan en sus cuarenta y cuatro años de existencia. Y de la financiación de las horas extras del servicio de metro, los cien mil dólares que la compañía exige como compensación para una hora de recorrido extracurricular, contaron esta vez con la aportación de los mismos dueños del conjunto patinador, la empresa llamada adecuadamente Monumental Sports and Entertainment. En días anteriores, había sido el gigante televisivo Xfinity el que había decidido correr con los gastos. 

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De cómo puede prolongarse el servicio de metro en Washington

Cuatro son los deportes que suscitan grados diversos, pero en cualquier caso importantes, de entusiasmo y seguimiento entre los aficionados estadounidenses: el béisbol, el baloncesto, el futbol americano y el hockey sobre hielo. De los cuatro, sólo los partidos de futbol americano se celebran a la luz del día. De los otros tres, baloncesto y hockey se juegan en lugares cerrados, mientras que el béisbol puede serlo al aire libre o en local cerrado, y tanto de día como de noche. Pero todos ellos, a diferencia del soccer o fútbol convencional, tienen en común la elástica utilización del tiempo: se conocen las horas de comienzo de los partidos, pero nunca la de su finalización, siempre pendiente de los descuentos constantes que el juego conoce en función de sus diversas incidencias. Ello exige, naturalmente, que los transportes públicos de los lugares donde celebra la correspondiente contienda tengan una hora de cierre lo suficientemente tardía como para garantizar que los aficionados, que en su aplastante mayoría han utilizado los servicios comunes de desplazamiento, puedan retornar a sus lugares de origen. 

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Karen Dawisha, in memoriam

El 9 de marzo de 2015, Revista de Libros publicaba mi recensión sobre un libro titulado Putin’s Kleptocracy. Who Owns Russia? debido a la pluma de Karen Dawisha y que en 2014 había publicado en los Estados Unidos la editorial Simon & Schuster. En el texto que me inspiró su lectura, y que titulé «El Putinato», califiqué el libro de «estremecedor», adjetivo que seguiría manteniendo en los momentos actuales, por contener la mas profunda, documentada y desgarrada descripción del sistema neototalitario, corrupto y criminal que preside el que acaba de ser por cuarta vez reelegido como presidente de la Federación Rusa, Vladímir Putin. Sigue siendo un texto indispensable para comprender como el exagente de la KGB ha tejido los hilos de una maraña de poder marcada por la delincuencia y el abuso. Su autora, la investigadora y académica Karen Dawisha, ha muerto el 11 de abril de este año en la localidad de Oxford, en el Estado de Ohio. Tenía sesenta y ocho años.

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Qué, quién, cómo, cuándo, por qué… la Transición

Vernon Walters, general del ejército de los Estados Unidos, desempeñó, además de las propias de su origen profesional, varias e importantes funciones en la vida política estadounidense durante las cuatro décadas de la Guerra Fría. Fue director adjunto de la CIA, embajador en Alemania y en las Naciones Unidas y, permanentemente, consejero e intérprete lingüístico de varios presidentes de su país. Uno de ellos, Richard Nixon, lo envió a España en 1972 para que se entrevistara con el general Franco a fin de averiguar qué sería de nuestro país tras la muerte del dictador. Walters narró la entrevista en un libro de memorias (Silent Missions, Nueva York, Doubleday, 1978) y amplió lo allí escrito en una entrevista que publicó el diario ABC. Walters, que a regañadientes había aceptado el complicado encargo, encontró al jefe del Estado español dispuesto a especular sobre lo que pasaría con el país después de su fallecimiento aun antes de que su interlocutor hubiera tenido tiempo de explicarle la delicada misión. Afirmó casi sin solución de continuidad: «Yo he creado ciertas instituciones, nadie piensa que funcionarán. Están equivocados. El príncipe será rey, porque no hay alternativa. España irá lejos en el camino que desean ustedes, los ingleses y los franceses: democracia, pornografía, drogas, qué se yo. Habrá grandes locuras, pero ninguna de ellas será fatal para España». Al mostrar Walters extrañeza por la seguridad con que se manifestaba Franco, el dictador explicó que «voy a dejar algo que no encontré al asumir el gobierno de este país hace cuarenta años: la clase media española». 

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La casa de los líos

En los hábitos estadounidenses de lectura figura siempre, con un espacio tan privilegiado en el interés como extenso en volumen, el dedicado a la vida, hazañas, milagros, desventuras y escándalos de la clase política del país. En particular, en lo referido a los presidentes. Es un género que, naturalmente, cuenta en su haber con una larga y brillante nómina de profesionales dedicados a la historia –no en vano, los llamados «presidential historians» cuentan con un especial reconocimiento entre los colegas del ramo?, pero que se ve habitual y frecuentemente enriquecido por volúmenes pegados a la realidad del momento y cuyos autores suelen tener el periodismo como profesión. Unos y otros cubren exhaustivamente, y en general con ilustrada prosa, los detalles más insignificantes o trascendentes de la trayectoria de los mayores y menores dirigentes del país y forman por sí mismos un capítulo de imprescindible recordación para una ciudadanía que tiene a gala conocer la complejidad de su peripecia para, en lo posible y deseable, aprender de ella. Es, por lo demás, un género poco o nada dado a la hagiografía y nutrido de, por lo general, cuidadosas investigaciones. Aunque luego no falten quienes, por sí mismos o por encargo, tengan la tentación de poner en duda su veracidad.

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Bye bye America?

El escritor estadounidense Morris Berman, ensayista y literato de amplia lira, lleva ya publicados tres volúmenes dedicados a estudiar la decadencia de los Estados Unidos de América o, en la práctica político/literaria, el «imperio americano». Sus títulos dejan meridianamente clara la intención del polígrafo: The Twilight of American Culture (2001), Dark Ages America. The Final Phase of Empire (2011) y Why America Failed. The Roots of Imperial Decline (2014). Si mis referencias son exactas, sólo uno de los tres volúmenes, el primero de los mencionados, ha sido traducido al español, con el adecuado pero también previsible título de El crepúsculo de la cultura americana. Aunque le falten otros tres volúmenes para equipararse con los seis que Edward Gibbon dedicó a la Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano a mediados del siglo XVIII, la similitud es clara y el propósito, evidente: dejar noticia de cómo la Roma contemporánea se viene abajo. El hecho de que Berman dictamine sobre la marcha de su propio tiempo en torno a eventos para cuya descripción Gibbon esperó mil setecientos años antes de atreverse con ellos, no quita valor al empeño ni noticia a la comparación. 

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Juan Luis Cebrián y el poder (aunque sólo sea el cuarto)

Estuve secuestrado por un comando de ETA dirigido por Arnaldo Otegui entre el 11 de noviembre y el 12 de diciembre de 1979. En algún momento del secuestro, y seguramente en su tercio final –durante aquel mes no tuve una noción exacta del tiempo transcurrido, privado como estaba de reloj, noticias o luz del sol?, los terroristas me transmitieron un mensaje de Juan Luis Cebrián, entonces director de El País, en el que mi antiguo y fraternal amigo me pedía que le concediera una entrevista para publicar en el diario. El mensaje incluía unas preguntas escritas y una referencia a Loredana Medeot, joven italiana que habíamos conocido ambos en Trieste en el verano de 1963 y cuyos castos favores nos habíamos disputado ambos. La mención de la italiana servía de contraseña identificadora. Ningún otro que no fuera Juan Luis podía conocer aquella historia y el nombre de su protagonista. 

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El escalofrío Trump

Hace aproximadamente un mes, el 18 de septiembre de 2016, una bomba casera explotó en el barrio de Chelsea en Nueva York, mientras que otra era descubierta sin explotar a corta distancia. La policía detuvo unas horas después a quien, según indicios concluyentes, parecía ser el autor de ambos artefactos y de su colocación, un individuo de veintiocho años naturalizado estadounidense y oriundo de Afganistán llamado Ahmad Khan Rahani. En plena campaña electoral para las elecciones presidenciales del 8 de noviembre, la candidata demócrata, Hillary Clinton, en tono sombrío, animó a sus compatriotas a que continuaran con la normalidad de sus vidas sin dejarse amedrentar por la amenaza terrorista, al tiempo que ofrecía garantías sobre la capacidad del país para enfrentarse con éxito al flagelo de la violencia terrorista, tanto dentro como fuera del país. Por su lado, el candidato republicano, Donald J. Trump, afirmaba que el atentado era una consecuencia de la permisiva política estadounidense sobre emigración, reiteraba la necesidad de que los inmigrantes, particularmente los de religión musulmana, fueran objeto de investigación pormenorizada y expresaba de nuevo su convicción de que el único sistema viable para luchar contra el terrorismo islámico era el de «acabar con todos ellos».

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Churchill, reivindicado

Winston Churchill murió en 1965, hace cincuenta años, a la edad de noventa, y tras haber sido durante siete décadas todo lo que, salvo rey, se podía ser en la vida pública británica: militar, parlamentario, periodista, innumerables veces ministro, dos veces primer ministro e incluso premio Nobel de Literatura en 1953. También, en sus ratos libres, pintor. Y como es bien sabido, y por muchos admirado, fumador impenitente de puros habanos y consumidor sin tasa de alcoholes varios. Es indudablemente una de las figuras más conocidas en la vida internacional del siglo XX y, como indica el subtítulo del libro que le ha dedicado Boris Johnson, una de las más influyentes en el período que transcurre desde el comienzo del siglo hasta que, cumplidos ya los ochenta años, se retirara de la vida pública en 1955.

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El Putinato

Vladímir Putin, ilustre desconocido para la opinión pública internacional cuando fue elegido presidente de le Federación Rusa por primera vez en el año 2000, supo pronto granjearse la consideración de sus pares en las cancillerías mundiales. Nunca ocultó su pasada pertenencia al Comité para la Seguridad del Estado o KGB, la temida agencia soviética de inteligencia y seguridad, sucesora de la no menos aterradora Cheká de los gloriosos tiempos revolucionarios y antecesora de la que el propio Putin habría de presidir por corto tiempo tras la desaparición de la Unión Soviética, el Servicio Federal de Seguridad o FSB.

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