Como es habitual, RdL suspende la publicación de novedades durante las fiestas navideñas. El siguiente boletín se recibirá el 12 de enero de 2022

Thoreau, en su refugio

Cuando Henry David Thoreau (1817-1862) murió de tuberculosis sin hacer carrera a los cuarenta y cuatro años, este iconoclasta vecino de Concord se había convertido en una suerte de enigma para sus más allegados. ¿Era un inadaptado que había malgastado su vida y su talento de modo improductivo o se trataba, por el contrario, de un visionario que se había despojado de lo superfluo y había dado una lección de integridad a un mundo vulgar y estrecho de miras? Ralph Waldo Emerson, el padre de los Trascendentalistas de Nueva Inglaterra, había estado muy cerca de Thoreau. Habían sido vecinos en Concord, el pueblo de Massachusetts donde también vivían Nathaniel Hawthorne y el pedagogo revolucionario Bronson Alcott, y en aquella especie de Atenas del Nuevo Mundo habían paseado y conversado juntos y habían cultivado una amistad que, aunque no exenta de altibajos, fue crucial para Thoreau. En opinión de muchos, Emerson fue el catalizador en la decisión de Thoreau de escribir un diario, y también quien le prestó un terreno en la orilla septentrional del lago Walden, donde el joven escritor levantó la mítica cabaña, germen de su personal declaración de independencia Walden o la vida en los bosques. En el homenaje fúnebre que le rindió Emerson, sin embargo, el filósofo trascendentalista compuso un retrato algo ambiguo de Thoreau. 

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Qué, quién, cómo, cuándo, por qué… la Transición

Vernon Walters, general del ejército de los Estados Unidos, desempeñó, además de las propias de su origen profesional, varias e importantes funciones en la vida política estadounidense durante las cuatro décadas de la Guerra Fría. Fue director adjunto de la CIA, embajador en Alemania y en las Naciones Unidas y, permanentemente, consejero e intérprete lingüístico de varios presidentes de su país. Uno de ellos, Richard Nixon, lo envió a España en 1972 para que se entrevistara con el general Franco a fin de averiguar qué sería de nuestro país tras la muerte del dictador. Walters narró la entrevista en un libro de memorias (Silent Missions, Nueva York, Doubleday, 1978) y amplió lo allí escrito en una entrevista que publicó el diario ABC. Walters, que a regañadientes había aceptado el complicado encargo, encontró al jefe del Estado español dispuesto a especular sobre lo que pasaría con el país después de su fallecimiento aun antes de que su interlocutor hubiera tenido tiempo de explicarle la delicada misión. Afirmó casi sin solución de continuidad: «Yo he creado ciertas instituciones, nadie piensa que funcionarán. Están equivocados. El príncipe será rey, porque no hay alternativa. España irá lejos en el camino que desean ustedes, los ingleses y los franceses: democracia, pornografía, drogas, qué se yo. Habrá grandes locuras, pero ninguna de ellas será fatal para España». Al mostrar Walters extrañeza por la seguridad con que se manifestaba Franco, el dictador explicó que «voy a dejar algo que no encontré al asumir el gobierno de este país hace cuarenta años: la clase media española». 

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La teoría del lenguaje de Rafael Sanchez Ferlosio

Rafael Sánchez Ferlosio es uno de los pocos escritores españoles a los que cuadra la calificación de «intelectual», en el sentido francés de la palabra. Su obra literaria, concentrada en tres novelas (Industrias y andanzas de Alfanhuí, 1951; El Jarama, 1955; y El testimonio de Yarfoz, 1986) lo han consagrado como uno de los prosistas más destacados de la literatura en español del siglo XX. Todavía recuerdo cómo, a principios de los años setenta, en Salamanca, se recomendaba a los alumnos de Letras la lectura de El Jarama, al tiempo que se aludía a arcanas investigaciones lingüísticas que el autor llevaba años desarrollando en soledad. En efecto, desde 1955, Ferlosio se ha entregado con pasión a indagar la materia con que trabaja el narrador: el lenguaje. Así dice la cubierta del libro: «Tras escribir El Jarama, agarré la Teoría del Lenguaje de Karl Bühler y me sumergí en la gramática y en la anfetamina». Este caso recuerda al de Jean-Paul Sartre en el trance de escribir El idiota de la familia. Karl Bühler, detonante de la vocación lingüística de Ferlosio, había publicado en 1934 una impresionante teoría funcional del lenguaje, o más precisamente, de la acción verbal.

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