Queridos lectores, suspendemos las publicaciones, como en años anteriores, hasta el 5 de Septiembre. ¡Feliz Verano!

La emoción física de la lengua

Tensada en sintaxis elástica y repentinamente sobrecogida en palabra aislada, la lengua de Pascal Quignard ejerce fascinación sobre su lector. No hace falta salir de la obra del autor para explicar tal efecto: fascinus –precisa en El sexo y el espanto– quiere decir en latín lo que en griego se denominaba ??????, y el fascinado es aquél que no puede separar su vista de ese vigoroso objeto. Que la lectura sea una escena cargada por una tensión semejante es precisamente el centro de estos Pequeños tratados, donde puede leerse explícitamente aquello que el escritor pretende: «Fascinar. Emocionar físicamente al lector a través del libro que se escribe. Retenerlo en torno a uno mismo. Ser amado extraordinariamente. Sexualidad extraña la de los ídolos de piedra: placer imaginario que el fiel les supone». O que el propio escritor supone en sí mismo. Léase –en otro lugar del libro y como al desgaire–: «Se me perdonarán estos fragmentos, estos espasmos que sueldo».

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De gesta y gesto

No ha de ser desatendido el informado lector que espera que aquí se glose una circunstancia singular: mientras se gestaba el Baudelaire de Abada, en Italia salía a la luz un hasta entonces desconocido material benjaminiano consistente sobre todo en un mosaico de citas de diversa autoría sobre el poeta. Giorgio Agamben lo había encontrado en 1981 en los depósitos de la Biblioteca Nacional de Francia.

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Ser o no ser la señora Bovary

«Una buena frase de prosa ha de ser como un buen verso: inalterable», decía Flaubert –y quizá tras ello se le ocurría que lo inalterable crea una soldadura entre forma y contenido de la que se desprende su condición intraducible–. Con esa sentencia vigilando su espalda, la traductora María Teresa Gallego ha tenido que hacerle frente al original de La señora Bovary. Habérselas con un texto que ha recibido el refrendo del recitado en voz alta, del estricto aquilatado de comas y guiones, y de la persecución de la rima interna en treinta líneas a la redonda sin duda exige valor y entrega. Pero, hoy, un traductor no dispone de cinco años para ocuparse de una novela tirando a corta como ésta, así que ha de poner ágil genio de oficio allí donde las musas se mostraron pacientemente minuciosas. Y andar con rápido y elástico paso de equilibrista sobre el hilo del estilo. 

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El filósofo y el adolescente

Sartre es la referencia del cauto adolescente protagonista que se remansa en el café Balto. Desde allí el filósofo reparte limosnas a los refugiados comunistas mientras el tiempo teje su malla en torno a todo El Club de los optimistas incorregibles

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Cine antiguo

Procedente del pasado, este libro tiene cierto aspecto fantasmal, y no sólo porque pululen en él cadavéricos tifosos. También su autor anda hoy penando entre la vida y la muerte del reconocimiento filosófico-literario, tras que fuera celebrado –en 2005– un centenario de su nacimiento que no le hizo precisamente renacer, sino cosechar certificados de sus «errores históricos» más notorios: marxismo, estalinismo, maoísmo, cubanismo y miopía ante el nazismo. Certificados expedidos por un neoliberalismo pensante que trata de ingenuo a quien creyó que el hombre estaba condenado a ser libre y responsable, y no a ser pragmático. En fin: un lustro después, Sartre está démodé, entre otras cosas por haber sido tan engagé. Inclemencias del tiempo.   Tifus –de 1943, como

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La pasión del artillero

El género epistolar –con sus muchos débitos a referentes reales y sus muchos servicios a utilidades pedestres, con sus usuales elipsis y sobreentendidos propiciados por el destinatario único, con sus reiteraciones salutatorias y sus convencionales avisos de despedida– necesita de una mano casi sublime para…

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Memorias de egotismo

«En la biografía de Philippe Sollers existe un punto de inflexión que se sitúa aproximadamente en torno a 1983, año de publicación de la altamente inflamable novela Mujeres; tal inflexión, dice la crítica francesa, consiste en su desplazamiento desde l’avant-garde intelectual y artística hasta l’avant-scène mediática…»

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Arqueología durasiana

«Decía la leyenda durasiana que los armarios azules de su fotogénica casa en Neauphle-le-Château guardaban tesoros manuscritos que la escritora tenía en el olvido. Helos aquí, llegados desde el IMEC (Instituto Memorias de la Edición Contemporánea), donde han pasado una decena de años reposando y adquiriendo cuerpo y aroma…»

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Teatro del otro

En 1999, el libro de Florence Delay Llamado Nerval recibió dos premios en apariencia poco compatibles: el Gran Premio de Novela de la Ciudad de París y el Premio de Ensayo de la Academia Francesa. La coincidencia de ambos galardones vino a subrayar la condición desdoblada –casi se diría «escindida»– del género del libro: su carácter de novela poseída por el ensayo, su carácter de ensayo raptado por la biografía y la autobiografía. Como si la escritura de la propia Florence Delay hubiera cedido a un influjo nervaliano enajenador. Florence Delay, nacida en el 41, es hispanista, profesora en la Sorbona, académica, ensayista, novelista y dramaturga. Su intensa relación con el teatro recorre todos los espacios en torno a la

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