Archivo Revista de Libros

La emoción física de la lengua

Tensada en sintaxis elástica y repentinamente sobrecogida en palabra aislada, la lengua de Pascal Quignard ejerce fascinación sobre su lector. No hace falta salir de la obra del autor para explicar tal efecto: fascinus –precisa en El sexo y el espanto– quiere decir en latín lo que en griego se denominaba ??????, y el fascinado es aquél que no puede separar su vista de ese vigoroso objeto. Que la lectura sea una escena cargada por una tensión semejante es precisamente el centro de estos Pequeños tratados, donde puede leerse explícitamente aquello que el escritor pretende: «Fascinar. Emocionar físicamente al lector a través del libro que se escribe. Retenerlo en torno a uno mismo. Ser amado extraordinariamente. Sexualidad extraña la de los ídolos de piedra: placer imaginario que el fiel les supone». O que el propio escritor supone en sí mismo. Léase –en otro lugar del libro y como al desgaire–: «Se me perdonarán estos fragmentos, estos espasmos que sueldo».

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Cosmopolitismo de muy largo alcance

Desde su mismo planteamiento, el libro de Luca Scuccimarra me ha impresionado tanto por la amplitud de su horizonte histórico como por el aguzado estilo crítico de conjunto y el manejo de numerosas fuentes. Es admirable siempre en el manejo preciso de los textos citados, bien elegidos y muy bien comentados. Desde los filósofos griegos a los grandes pensadores de la Ilustración, sobre los que él ha escrito en otras ocasiones, analiza y perfila en cada momento la noción de cosmopolitismo. Y atendiendo a la tensión dialéctica mantenida entre los partidarios de ese ideal universal y los defensores de una ética fundada en muy definidos valores patrios.

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La libertad de expresión en Cosmópolis

Que la libertad de expresión está de actualidad en España es indudable. De hecho, la oímos invocar constantemente: por ejemplo, cuando se ha pitado el himno nacional en algún encuentro futbolístico presidido por el rey de España, se nos ha dicho por parte de los patrocinadores de la protesta que nadie tiene derecho a una reparación, y que la libertad de expresión está por encima de todo. Igualmente, tras los terribles atentados en Barcelona del 17 de agosto de 2017, la manifestación de solidaridad y respeto hacia las víctimas que se celebró el 26 de agosto fue apropiada para la causa independentista catalana con profusión de banderas secesionistas e insultos al rey, y quienes ignoraron la prioridad del respeto a los afectados y el pluralismo de la sociedad alegaron nuevamente el valor sagrado de la libertad de expresión. Por tanto, si a alguien le molestó, nos dijeron, que se aguante. Lo mismo podría decirse de las quemas de banderas constitucionales; de retratos del jefe del Estado, etc. Se diría que en España la libertad de expresión es un burladero sagrado e infranqueable desde el que puede insultarse impunemente a los demás.

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