Queridos lectores, suspendemos las publicaciones, como en años anteriores, hasta el 5 de Septiembre. ¡Feliz Verano!

El Ortega/Leibniz de Javier Echeverría

Los escritos de Ortega y Gasset ocupan miles de páginas bajo centenares de títulos y tienen la rara virtud de no dejar nunca indiferentes a sus lectores, ya que abundan los que se abonan al entusiasmo pero no escasean los que escogen el desdén. Sus escritos son, en apariencia, fáciles de leer, breves por lo general, y pueden parecer de musicalidad más literaria que académica o erudita.

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De la impaciencia al desencanto: el humor en la transición

Sobre la transición española a la democracia –entre nosotros, la Transición, sin más- se ha escrito tanto que, sin lugar a dudas, puede subirse al podio de los tres grandes temas del siglo XX en España, tras la Guerra Civil y el franquismo. En cambio, por razones que se me escapan, el humor en cualquiera de sus manifestaciones ha sido sistemáticamente preterido en los estudios y análisis que se reputan serios.

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El nacionalismo es el opio del pueblo

El estúpido tiene al menos dos ventajas innegables sobre nosotros. La primera, que la estupidez en general nunca descansa. La segunda, más concreta, aunque estrechamente vinculada con la anterior, es que el idiota es inasequible al desaliento, rara vez se da por vencido. Una discusión con un estúpido recalcitrante es una batalla perdida de antemano y no exactamente por el hecho elemental de que no atienda a razones sino porque le motiva una contumacia invencible.

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Retrato de un dandy. El conde Sobański y la generación perdida europea

He señalado en diversas ocasiones que mi pretensión en este blog no es tanto amoldarme a lo que usualmente se conocen como reseñas cuanto escribir sin constricciones previas sobre aquellos temas que por cualquier motivo me resulten atractivos. Es innegable que para ello utilizo habitualmente libros de reciente aparición o que tratan asuntos candentes, razón que conduce de modo inevitable al equívoco, sin mayores consecuencias por lo demás, porque –ocioso es subrayarlo- en el fondo poco importa la catalogación si el contenido mantiene una cierta dignidad, a la que modestamente aspiro.

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La sociedad menos injusta

Escasa presentación requiere el autor, bien conocido en su condición de cuidadoso académico y docto universitario, versión politólogo/historiador de las ideas, así como de jurista con desempeño en instituciones públicas: Letrado de las Cortes Generales, Director General de Bellas Artes o Director del CEPC.  Y también, y ello explica probablemente su desenvoltura en el manejo asequible de ideas complejas, su presencia como tenaz articulista de opinión en esas más de 200 “Terceras” de ABC que recopiló hace años en “Las paradojas de la libertad”.

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Inflación

No sabes, admirado gemelo, lo que la entrada de la semana pasada me ha hecho pensar. Recordarás que creciendo en una ciudad de tamaño modesto en los años cincuenta y primeros sesenta del pasado siglo (en La Rioja fértil, sí, pero cerca de las hermosas sierras a caballo entre ella y Soria), la despoblación de pequeñas aldeas y pueblos, muchos de ellos en sierras y elevados valles, se producía ante nuestros ojos; o ante nuestros oídos, cuando nos enterábamos de que el padre de este u otro chaval conocido se había ido a trabajar a Alemania, a Francia o a Suiza.

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Nuevo paseo por las viejas ruinas

En este año pleno de acontecimientos, hay uno que corre el riesgo de pasar desapercibido: la aparición de una nueva traducción al castellano de La tierra baldía, el gran poema de T. S. Eliot. Publicada por Olé Libros, editorial afincada en Valencia que dedica buena parte de su atención a la poesía, su autor es Luis Sanz Irles y viene acompañada de un prólogo de Ernesto Hernández Busto y un epílogo de José Antonio Montano.

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Trump y sus republicanos

Por fin ganó las elecciones USA la candidatura Biden-Harris y Estados Unidos se ha convertido en un país mucho menos excitante. Hasta ayer uno abría entre divertido y curioso el NYT y el WaPo a ver con qué le sorprendían esa mañana: ¿una revelación asombrosa -digamos, Trump había propuesto levantar las sanciones económicas a Irán si el líder supremo Jamenei hacía comentarios elogiosos sobre una futura Trump Tower en Teherán- y salida de una fuente por supuesto anónima con acceso supuestamente preferente a la camarilla presidencial? ¿otra tropelía del presidente que en tiempos le hubiera llevado a una penitenciaría federal? ¿la declaración de impuestos que se había negado a hacer pública? ¿infaustas salidas como la que WaPo le recordaba en octubre 7, 2016 y que a punto estuvo de costarle su candidatura presidencial?

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El escritor que huyó de la tribu. Diálogo con Mario Vargas Llosa

Vargas Llosa no ha sido para mí un simple un escritor, sino una de las puertas de entrada al territorio de la literatura. Hasta los dieciséis años leí con la sensación de sumergirme en aventuras que dilataban mi existencia. Con Verne bajé al fondo del mar, di la vuelta a la Tierra y viajé a la Luna. Con Salgari, descubrí la India colonial, con sus tigres, elefantes, estranguladores, princesas e impávidos faquires. Con Stevenson, la cosa cambió un poco.

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En un ladrillo

No sé si Joe Biden sabrá bailar el chotis, tampoco sé si alguien se acuerda ya de él, del chotis quiero decir, porque, aunque se dice que es el baile típico madrileño, yo no he visto bailar ninguno en las discotecas, que es donde bailan los que hoy saben bailar. El chotis, también conocido como la polka escocesa (Schottische Polka), llegó a Madrid allá por 1850 y no duró mucho más de medio siglo. Para mi generación, la de los boomers de la posguerra civil, era ya una reliquia. La gracia del chotis consistía que el hombre lo bailaba en un ladrillo, es decir, no se movía mientras su pareja giraba en torno a él. Y aquí es donde entra el nuevo presidente estadounidense, en lo del ladrilloporque Biden va a necesitar mucho esmero para no salirse de donde lo han colocado los electores y que no es precisamente donde él se había ubicado en su campaña electoral.

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Los posmodernos nunca caminan solos

Desconfío de los filósofos todoterreno. Tal vez por culpa de mis prejuicios, me oriento mal en ese melting pot que mezcla a David Hume con David Bowie, a Rousseau con los seguidores del Liverpool o a Beckenbauer con Gadamer. Y, sin embargo, me ha interesado mucho (para ser sincero: he disfrutado mucho) con The Faith of the Faithless, bien traducida al español y, como siempre, bien editada por Trotta. Estamos ante un libro importante, difícil de reducir a esquemas comprensibles. Critchley lo sabe, y dialoga continuamente con el lector, con cierto tono socrático; resume una y otra vez los argumentos; le cuenta en primera persona sus certezas y sus dudas. También su estado de ánimo: «no he llegado a esta conclusión de buena gana» (p. 35), nos confiesa después de asumir que no cabe «práctica religiosa sin religión» (civil), de lo que resulta hoy día «una nueva era de guerras de religión» (p. 34). En una larga nota nos previene de que su interés por la teología política no es producto de un «ataque» conservador, al estilo de Carl Schmitt o de Martin Heidegger (p. 27), y cada poco hace balance y anticipa desarrollos posteriores, para reforzar ante sí mismo argumentos de los que no parece estar muy convencido. 

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John Ford: Fort Apache

Hay victorias amargas y derrotas épicas. Según los historiadores, el tribuno romano Escipión Emiliano lloró sobre las ruinas de Cartago mientras citaba un verso de la Ilíada que profetizaba la destrucción de Troya. No pensaba en Troya, sino en Roma, cuya caída presentía en un momento indeterminado –pero quizá no muy lejano? del porvenir. Su triunfo no le había nublado la vista hasta el extremo de olvidar la fragilidad de todas obras humanas, incluidas las más colosales. George Armstrong Custer, teniente coronel del Séptimo Regimiento de Caballería de los Estados Unidos, careció de esa clarividencia, que deja abierta la puerta al fatalismo. Pensó que derrotaría con facilidad a las tribus acampadas en Black Hills, añadiendo un nuevo hito en la historia de un genocidio. Su arrogancia le costó la vida y la aniquilación de su destacamento. Sólo un caballo, «Comanche», sobreviviría a la masacre. Caballo Loco y Jefe Gall desplegaron una enorme habilidad táctica, dirigiendo eficazmente a sus guerreros contra unas tropas que sucumbieron al pánico apenas descubrieron su inferioridad numérica y la incompetencia estratégica de sus oficiales. La derrota sufrida por los blancos cerca de Little Bighorn, un pequeño río de Montana, adquirió de inmediato una dimensión épica.

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