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Tintín y la línea clara de Rafael Narbona


Retrato del reportero adolescente. Un paseo por el siglo XX
Rafael Narbona
Madrid, PPC, 2021
352 p.

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No comparto el mensaje del repetido eslogan publicitario que afirma que los cómics de Tintín son apropiados para lectores de siete a setenta y siete años. Más bien sospecho que si no lees a Hergé en la infancia o en la adolescencia, es difícil que años más tarde te aficiones a él. Tintín nunca dejará de ser adolescente y acaso solo provoque nostalgia entre quienes lo conocieron en esa época de su vida.

Esto es, al menos, lo que me ha pasado a mí, que no pertenezco a las muy nutridas y entusiastas filas de tintinófilos. Por influencia ambiental era más del Capitán Trueno, del Jabato y de la graciosísima pandilla del TBO, aunque sus historias no tuvieran el glamur internacional de las de Tintín. Y creo que esa preferencia se debía a que las peripecias de los primeros eran más fáciles de imitar en los juegos de una pandilla de niños rurales que las más urbanas, viajeras y exóticas del reportero belga. A Tintín lo leí aleatoriamente, sin continuidad, y lo recuerdo vagamente corriendo al lado de Milú, como si nunca se estuviera quieto, como si todas sus aventuras sucedieran a la carrera.

A veces también leía algún Astérix y, años más tarde, me gustaba mucho Mafalda. Pocas lecturas más de cómics guardo en mi memoria. No incluyo aquí el lejano recuerdo de un ciego cantando en la plaza el romance de un crimen truculento mientras iba señalando en sus cartelones los dibujos que ilustraban su relato. Desde muy pronto me arrastró la lectura del libro tradicional y, atraído para bien o para mal hacia lo puramente literario, el cómic se me quedó a partir de entonces fuera de cobertura.

De modo que sin apenas conocer la obra de Hergé, no tengo competencia –ni osadía- para juzgar sus virtudes o carencias artísticas o ideológicas, ni quiero caer en ningún diletantismo. Creo que a un cómic no se le exige la altura lingüística que a una novela, ni la acabada perfección estética de una pintura, pero tiene que tener cualidades de una y otra. Y, al leer el estupendo libro de Rafael Narbona Retrato del reportero adolescente, título con un guiño joyceano, no dudo de que la obra del autor belga brilla a gran altura en su género. Dicho sea de paso, este libro como objeto es magnífico: con tapa dura, cuadernillos cosidos, un papel denso, satinado y duradero y en la portada un cameo del propio autor.

Retrato del reportero adolescente es el rendido homenaje que Rafael Narbona le tributa a Tintín. Y como para que un homenaje funcione es necesario ante todo conocer a fondo al homenajeado, el autor despliega un brillante volumen sobre las circunstancias históricas y estéticas que lo rodean y de ese modo contribuye a que los lectores también podamos conocerlo y comprenderlo mejor. Quizá Tintín se moviera siempre deprisa, pero Narbona le sigue de cerca los pasos, no deja que se le escape y describe minuciosamente sus aventuras, los lugares que recorre y los amigos o antagonistas con que se encuentra.

Actualmente, el cómic vive una explosión creativa y ha dejado de ser algo preferentemente infantil. Ha alcanzado una época de esplendor y ya tiene medio cuerpo metido dentro de la literatura con obras como Arrugas o La divina comedia de Oscar Wilde o Maus. Y una prueba de la seriedad con que se le valora es la reciente censura de este último título, de Art Spiegelman, en un condado del estado de Tennessee.

En esta evolución, una parte del mérito les corresponde a los cómics de Hergé, uno de cuyos mayores aciertos es haber rodeado al protagonista de un grupo de secundarios tan atractivos como el capitán Haddock o Bianca Castafiore, a quienes un buen novelista, Tom McCarthy, los pone a la altura de los personajes de Flaubert o de Dickens.

Con su aparición en 1929 se rompe el predominio del cómic estadounidense y desde entonces mantiene una gran popularidad, aunque a veces menguada por la ideología de su autor. En sus primeros títulos, Hergé lanzó mensajes anticomunistas, colonialistas y racistas y, en cambio, en un ejercicio de escapismo, durante los años en que los nazis ocuparon su país eliminó de sus libros las referencias políticas. Más tarde, sin embargo, matizó su ideología en el tono general de sus historias o cuando aparecían referencias a personajes reales, como a Patrick T. Givens, el cruel jefe de la Unidad Especial de la policía de Shanghái a principios del siglo XX, encargado del espionaje contracomunista, caricaturizado como J. M. Dawson en El Loto Azul; o a Sir Basil Zaharoff, un traficante de armas griego-ruso que no tenía escrúpulos en enriquecerse vendiendo fusiles y cañones a los dos bandos en guerra, apenas maquillado su nombre como Basil Bazaroff en La oreja rota.

Retrato del reportero adolescente es un libro mestizo entre la ficción, el ensayo y el análisis estético. Avanza sobre tres motores temáticos que se fusionan con fluidez, con un resultado armónico, y que sirven de atractivo para lectores diferentes.

En primer lugar, el libro hace un recorrido histórico por el siglo XX, como una panoplia de sus muchos conflictos. Se recuerdan acontecimientos políticos y sociales de regímenes y gobiernos –y las implicaciones de Hergé con ellos- y se cita a algunos de sus protagonistas. La prosa clara y elegante de Narbona eleva ese repaso a la condición de crónica de un siglo tan frenético.

En segundo lugar, con una estructura en la que cada capítulo del libro corresponde de manera casi paralela a cada uno de los cómics de Hergé, Narbona hace un análisis artístico de su estética, de sus temas y de sus muchos personajes, de la eficacia de sus gags (Hergé podría haber sido un buen guionista del cine de aventuras), de sus técnicas pictóricas, de su característica línea clara –y blanca, podríamos añadir-, del equilibrio entre la imagen y el texto. Al ofrecer una perspectiva global sobre los veinticuatro álbumes de la serie y su importancia dentro de la historia del cómic, esta segunda parte interesará especialmente a los tintinófilos, incluso a los que detestan algunos de los comportamientos ideológicos de su autor. Narbona no sólo recuerda y actualiza sus historias y sus localizaciones, sino que a menudo las relaciona y vincula con escritores de sus mismas geografías. Así, al hablar de Arabia se habla de T. E. Lawrence; para explicar Japón se recuerda la biografía de Yukio Mishima; en una aventura sudamericana hay una referencia a Macondo y al realismo mágico; otra ambientada en Escocia ofrece una buena oportunidad para hablar de Stevenson; y al hablar de espías y del Telón de Acero, de la Guerra Fría y de los años Sputnik, es natural que aparezca John Le Carré.

Y por último, aparecen aquí y allá apuntes de recuerdos personales del autor, de la memoria emocional asociada al personaje de Tintín: evocaciones de la primera lectura de un cómic de Hergé o de juguetes infantiles relacionados con ellos, como los muñecos de plástico de los indios; descripciones de una Bruselas siempre lluviosa; o amistosas referencias a Álvaro Delgado-Gal. Y estas breves digresiones le dan un cálido carácter personal, un sabor y un ambiente que enriquecen el libro.

En cuanto al estilo, hay una correspondencia natural, no premeditada entre la línea clara que caracteriza el dibujo de Hergé y la clara sintaxis y la fina textura que caracteriza la prosa de Rafael Narbona, en la que brillan, aquí y allá, agudos chispazos: “-Siempre he imaginado a Poe escribiendo bajo la mirada inquietante de un cuervo […] En cambio, pienso en Stevenson y se me viene a la cabeza el papagayo que acompaña a Long John Silver”.

Niemand, el anciano a quien Rafael Narbona encuentra en un asilo de Bruselas y con quien mantiene la conversación que, en un juego metaliterario, da origen al propio libro, en alemán significa «nadie», en un nuevo guiño a la Odisea. Niemand no sólo conserva un gran parecido físico con Tintín, incluido el tupé, como si fuera el personaje real de quien Hergé hubiera transcrito sus verdaderas aventuras; también tiene un profundo conocimiento de la vida del autor y, sobre todo, contesta con enorme seguridad y sin ninguna vacilación cuando Narbona le formula la pregunta «¿Qué sentiría Tintín cuando…?», como si también hubiera tenido acceso directo a las emociones y a los pensamientos del joven reportero, que no tardó en convertirse en detective. En el libro nunca se especifica la verdadera identidad de Niemand, la respuesta queda flotando en el húmedo aire bruselense, acaso para evitar problemas de copyright con los avaros herederos de Hergé, que han hecho de Tintín un recaudador de derechos y una pieza de museo. Sin embargo, el lector siempre tiene la impresión de que Rafael Narbona, en un ejercicio de homenaje y nostalgia, en realidad ha estado todo el tiempo conversando con su admirado Tintín.

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