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Pueblos negros

No sé qué demonios hago en Algar de las Peñas, pero no entra en mis planes volver a Madrid, ese infecto nido de ratas donde mis colegas se despellejan mutuamente, verdes de envidia por los éxitos ajenos, siempre dispuestos a poner zancadillas o propinar navajazos traperos sin ocultar la satisfacción que les proporciona contemplar cómo su víctima cae o muere desangrada. Por cierto, ¿qué cojones tienen que ver los traperos con las puñaladas por la espalda?, ¿por qué el idioma es tan cabrón y nunca desperdicia la ocasión de infligir ofensas, manchando reputaciones y pisoteando el buen nombre de grupos y personas que no han hecho nada reprobable? Cuando te ven con la soga al cuello, esos canallas con hojas de laurel que prodigan apretones de manos y sonrisas en cócteles organizados para celebrar un premio amañado lanzan esas mismas miradas de burla y malicia que se dibujan en el rostro de los niños al observar el dolor de los inocentes. Disfrutan con la angustia del que se asfixia, tragando esa mierda de la que habla Dante al referirse a los condenados al Infierno por su ira e indolencia. ¿Quién dijo que los niños eran buenos, almas puras? Los niños son como escorpiones, cucarachas, pulgas, garrapatas, moscardones, gusanos, arañas, ciempiés o cualquier otra criatura inmunda. En Algar de las Peñas, no hay muchos, pero los que hay no dejan de incordiarme. Por aquí no pasan muchos forasteros, salvo los fines de semana, cuando vienen los turistas y comen en el bar infecto de un tal Martín, uno de esos señores de pueblo con cara de haber matado a un vecino a hachazos por una cuestión de lindes. Entre semana, el pueblo se queda desierto y yo, por desgracia –siempre la fatalidad jodiéndome la vida, siempre la mala suerte restregándome por la cara su baba infecta-, me he convertido en la novedad que altera la rutina de los niños, introduciendo algo de misterio en las tardes infinitas de esos monstruos. Aquí no tienen otros entretenimientos que hacer los deberes –seguro que todos son unos zotes, un hatajo de burros que se lían al completar una frase, dividir con quebrados o localizar Malta en un mapa-, pegar mordiscos a sus asquerosos bocadillos de mortadela o chorizo, o dar patadas a un balón que causa estragos en las fachadas de pizarra del pueblo, rompiendo lajas y a veces cristales. Cada vez que salgo a pasear, se acercan a mí como una nube de mosquitos, algunos con un asqueroso chucho pegado a sus pies, y comienzan a preguntarme cosas, como quién soy y por qué me he instalado en el pueblo, y yo qué voy a decirles, ¿que estoy hasta las narices de todo, que deseo matar a mi editor, el infame Ciruelo, que estaba harto de Madrid y, sobre todo, de mis colegas, de esos plumíferos con un ego descomunal –admito que el mío no es pequeño- y que me pongo enfermo cada vez que una jovenzuela  -casi siempre lesbiana- vende miles de ejemplares y logra una columna en un periódico nacional, mientras que a mí me cuestionan, me entierran, afirmando que mi obra ha envejecido, que no he sido capaz de innovar, que mi pluma ya no vuela, sino que parece un arado mellado, levantando pedruscos, que soy el vestigio de otra época, un viejo cabrón que ha intentado cerrarle el paso a las nuevas generaciones y que ya solo inspiro lástima, repulsión o desprecio, que mi literatura es redundante y que ya no atrapo el pulso de mi época? ¿Voy a explicarles esas cosas? Claro que no. Y no voy a tomarme la molestia de mentir. Mentir es mi trabajo y solo lo hago durante mi jornada laboral. ¿Qué es eso que dicen los críticos, como el cretino de Narbona, de que ya no capto el pulso de mi época? ¿Qué época? Vivimos en un tiempo de mierda que ni siquiera se parece a la decadencia del imperio romano, sino al declive de un gran centro comercial que ha cerrado casi todos sus comercios y ya no es más que una sucesión cutre de pasillos iluminados por fluorescentes moribundos y con las papeleras rebosantes de desperdicios. Siempre he soñado con volar uno de esos centros comerciales, imitando a un yihadista, pero no me hace gracia la idea de que mi cuerpo se convierta en una lluvia de despojos.

El infame Ciruelo, ese supuesto «buscador de tesoros», no dejaba de enviarme correos –malditos ordenadores, esos chismes que convierten al escritor en un payaso pegado a una máquina diabólica y aficionada a hacerle jugarretas, como borrar sus textos porque ha pulsado la tecla equivocada-, explicándome que debía cambiar mi forma de escribir y, sobre todo, no utilizar las redes sociales para disparar contra feministas, veganos, pijoprogres, ecologistas, independentistas, españolistas, católicos, islamistas, budistas, apologistas del lenguaje inclusivo y el género no binario, globalistas, amantes del medio rural y artistas de pacotilla que llaman a sus delirios «instalaciones». El infame Ciruelo –nunca podré separar su apellido de ese adjetivo, que refleja tan bien su miseria interior- se llevaba las manos a la cabeza, afirmando que no podía ser así, que dejara de disparar contra todos, no dejas títere con cabeza, pareces Ajab, enloquecido por su odio a Moby Dick, ¿has probado con el Valium o el Lexatin?, van a pensar que estás loco, ya no vivimos en la época de Umbral y Cela, ya no se puede ir así por la vida, ¿no has oído hablar del Me Too?, seguro que te tienen en su punto de mira, y yo le contestaba que era escritor, que se fuera a la mierda –bueno, más exactamente, a tomar por culo-, que yo no escribía para que me quisieran, que el afecto, el respeto, la estima, el cariño, la fidelidad y otras gilipolleces del mismo cariz me traían sin cuidado, que ya tenía bastante con ir a la Feria del Libro y sonreír cuando firmaba ejemplares, fingiendo aprecio o agrado hacia personas que me importaban un comino, que mi motivación para escribir era el dinero –y, ¿por qué no decirlo?- joder al prójimo, escribo para incomodar, molestar, perturbar y mis lectores solo son para mí una masa amorfa, ganado que engorda mis cuentas y al que no debo nada, pues soy el mejor escritor de España y cosecho lo que me corresponde. ¿Qué esperaba el infame Ciruelo? ¿Que actuara en las redes sociales como uno de esos comerciales que fingen simpatía para vender sus productos? Yo sé perfectamente quién soy y me parece justo que mis libros me hayan hecho ganar mucho dinero, un dinero que –por supuesto- he ocultado en paraísos fiscales, pues Hacienda, con sus brutales e inicuos impuestos, roba a los que tenemos talento e iniciativa. Ser rico está muy bien. El dinero es lo único que te proporciona poder, independencia, respeto. Yo nunca he dado ni un euro a una ONG y cuando se me acerca un mendigo a pedir algo, deposito en sus manos ásperas y sucias unos céntimos, pues sé que eso le jode más que un simple no. ¡Qué cada uno se busque las lentejas por su cuenta! El infame Ciruelo -¿por qué no existe el duelo, por qué ya no es posible traspasar el hígado de un impertinente con un florete, por qué ya no está permitido agujerar el pulmón de un idiota con un trozo de plomo, por qué está mal visto pegar uno de esos puñetazos que hacen bailar en el cerebro, provocando un derrame fatal o un coma?- me pidió que reescribiera mi última novela, que no podía contar la historia de un sesentón que recupera la virilidad perdida acostándose con centenares de mujeres en Tailandia, casi siempre prostitutas menores de edad, y que finalmente se casa con una princesa de Bangkok, una niña impúber de apenas catorce años con la que funda una nueva religión y con la que engendra a un nuevo mesías, un salvador que exterminará con su espada flamígera a las brujas del Me Too y a los veganos que pretenden avergonzarnos por comer jamón. No podemos publicar eso, dijo el infame Ciruelo, nos acusarán de exaltar la pederastia, acabaremos en los tribunales y nos convertiremos en parias. Yo le contesté que había escrito un relato épico con la trascendencia de la Ilíada. ¿Acaso no es una hazaña que un sesentón fornique con centenares de putas y fecunde a una princesa adolescente, demostrando que no es un cachivache medio roto, sino un hombre con todas sus facultades intactas? Nos crucificarán, dijo Ciruelo el infame, ese pedazo de mierda al que la imbecilidad colectiva ha convertido en leyenda de la edición. Como la ley no me permite agarrar un bate de béisbol, presentarme en la editorial y abrirle la cabeza -¡oh qué tiempos los de Homero, cuando no existían leyes y la venganza era un asunto privado e incluso honorable!-, decidí marcharme de Madrid y esconderme en un pueblo, al menos hasta que las fantasías homicidas dejaran de bullir por mi mente. Eso sí, previamente me acerqué a casa del infame Ciruelo y sellé la cerradura de su piso y la de su coche –un Mercedes pretencioso y hortera- con silicona. Dicen que con la vejez se vuelve a la infancia y es cierto, pues liberas ese lado sádico y cruel que albergan todos los niños. Lo cierto es que lamenté que mi editor no fuera una lagartija y poder cortarle en dos con unas tijeras. ¿Le voy a contar todo eso a los niños que ahora me agobian con preguntas estúpidas? Me limito a apartarlos de mi camino, lanzándoles miradas asesinas, pero ya estoy viejo y no asusto ni a un gato. Maldita edad, ya no duermo bien y mis erecciones son cada vez más débiles. Me pregunto hasta cuándo podré follar sin problemas. La muerte llega cuando ya no puedes echar un polvo. A partir de ahí, la vida carece de sentido. Seguro que Sartre y Camus opinaban lo mismo, pero no se atrevían a decirlo. ¿Qué opinará de eso Rafael Narbona, ese crítico de mierda que se atreve a poner mis libros a parir? Seguro que es impotente. Menudo cursi. En las fotografías parece del Opus o una profesora de matemáticas jubilada. En su reseña sobre Los abedules, quizás una de mis mejores novelas y, sin duda, una obra maestra, me acusaba de explotar una fórmula agotada. En su perfil de Twitter, el muy imbécil se define como «pacifista, amante de los animales y ciudadano del mundo». ¿Cómo se puede ser tan memo? ¿Es que no le gustan los chuletones, la morcilla, el chorizo, el codillo, el salchichón, los riñones al jerez? ¿No le ha pegado jamás una hostia a nadie? Solo son pacifistas los débiles y los cobardes. Y si es ciudadano del mundo, ¿por qué no se marcha a un poblado africano y duerme en una estera, aguantando el hostigamiento de mosquitos gigantes, serpientes, sapos venenosos, hormigas soldado y otros bichos repulsivos? He hecho bien en marcharme de Madrid. Podría haber matado a alguien.

En Algar de las Peñas hay dos curas, dos cuervos que se pasean por la calle, buscando algo de carroña para alimentar sus estómagos, siempre hambrientos. El más joven es un pobre hombre. Se llama Juan y yo creo que le viene grande el papel de pescador de almas. Es alto y atractivo, pero tiene mirada de eunuco. Espero que no sea tan imbécil de observar el voto de castidad. El otro es una especie de gigante. Casi dos metros, el pelo abundante y blanco, una buena tripa, que revela amor por la buena mesa. Su nombre es Bosco y podría ser el forzudo de un circo, con su torso descomunal y sus espaldas anchas. ¿Por qué coño ha desperdiciado ese físico? Las mujeres se lo habrían rifado. Probablemente, será un pederasta. Y el otro, también. Si sus fantasías fueran visibles, quizás escandalizarían al mismísimo marqués de Sade. A veces, entran en el bar de Martín y piden media botella de vino. Martín, tan adusto e impenetrable como un piel roja, vende media botella y, a veces, un cuarto. Eso es una asquerosidad, a mí me gusta que abran la botella en mi presencia, pero aquí es normal. Desde luego, eso que llaman la España vacía es un pozo de barbarie. Que se vacíe del todo. Los paletos se parecen todos a Pascual Duarte: torvos, silenciosos, crueles.

Hace unos días, el padre Bosco se dirigió a mí:

-Perdone que le asalte, pero le he reconocido y este pueblo es tan pequeño que invita a hablar con los desconocidos. Aquí todo el mundo se saluda y habla con cualquier pretexto. Me gustan mucho sus novelas.

-¿En serio?

-Claro. Son muy esclarecedoras. Muestran sin tapujos aspectos poco gratos de la condición humana. ¿Sabe que le sigo en Twitter?

-¿De verdad? ¿No esperará que yo también le sigue a usted? Le advierto que la cortesía me parece un estorbo. Yo solo me asomo a Twitter para vomitar. No busco amigos en esa red fecal.

-No se enfade, por favor. No pretendo que me siga. Faltaría más. Simplemente, me gusta leer lo que escribe.

-No será por el amor que muestro hacia mis semejantes.

-Me encanta su prosa. Me recuerda a Valéry, pero con la furia de Cioran.

-¡Vaya, un cura ilustrado! No pierda el tiempo conmigo. Soy un ateo incorregible.

-No se inquiete. No soy un cura invasivo. Jesús, cuando llegaba a un pueblo, se quedaba a las afueras, esperando que se acercaran a él. No asaltaba a la gente como un voluntario de una ONG que pide donaciones. Yo intento imitar a Cristo, ese gran incomprendido.

-Pues hace bien, pues yo no me desprendo del dinero así como así. Y ya estoy viejo para cambiar de ideas. Creer en Dios me parece tan absurdo como creer en unicornios o en un amigo invisible. ¿Verdaderamente cree que Cristo resucitó?

-Usted es escritor y debería saber que lo absurdo es la médula del arte. ¿Hay algo más absurdo que escribir ficciones, urdir mentiras e intentar que otros olviden su carácter imaginario?

-Muy agudo, páter. Muy agudo. ¿Y qué me dice del sexo? ¿No es aún más absurdo hacer voto de castidad? ¿No le parece un atentado contra la naturaleza?

-No, hombre, no. El celibato es una tradición eclesiástica. Mientras se mantenga, hay que respetarla. Todos los clubes tienen sus reglas.

Joder con el cura. Tiene ingenio, el muy cabrón. Y cómo aguanta el alcohol. Se pimpla un par de botellas con el cura jovencito y sigue tan fresco. Resulta que ha leído a Henry Miller, Bukowski, Anaïs Nin, William Burroughs. Me lo confesó sin poder contener la risa. Cuando le pregunté qué buscaba en esas obras, me respondió que conocer al ser humano. Extrañado, exterioricé mi perplejidad, ¿la iglesia lo permite, no es un pecado?, y se rio, se rio con ese vozarrón de tenor que evoca los gritos de abordaje de los piratas, el Índice de libros prohibidos fue abolido por Pablo VI, me contestó, y siguió riéndose, añadiendo que un pescador de almas tiene que jugar con todas las cartas de la baraja o siempre estará en desventaja. Mientras hablábamos de estas cosas, bebía y bebía. Entre los dos, nos acabamos varias botellas de vino. Le dije a Martín que no quería medias botellas, que eso era una guarrada, que abriera las botellas en mi presencia, y lo hizo, mirándome con esos ojos de Puerto Hurraco donde bailan una legión de seres maléficos, temblando de ira. Creo que en el cerebro de Martín hay un enjambre sísmico, impaciente por cobrarse vidas. Putos paletos, pero al menos son más sinceros que las ratas de ciudad. Los escritores te sonríen y luego te apuñalan por la espalda, te estrechan la mano y, en realidad, desean pegarte una patada en los huevos. Martín no finge. Sus ojos, maliciosos y feroces, no ocultan que no me soporta, que no le importaría hacerme un agujero en la espalda con una escopeta de caza. Que le den. Ya he dicho que no me interesa el afecto de la gente. Escribo para ganar dinero, para no tener que aguantar a un jefe, para no madrugar. Odio salir de la cama antes de las once. Levantarse tarde y acostarse a las tres de la madrugada. Esa es mi religión. Y entre medias, beber, comer bien, dormir y, si es posible, echar un polvo. Todo lo demás es mierda, una jodida pérdida de tiempo.

Los niños no dejan de molestarme. Me siguen a todas partes, preguntándome chorradas. Harto, decidí no morderme la lengua y solté lo que había deseado decirles desde el primer momento:

-Idos a tomar por culo, ¿entendéis? Dejad de fastidiarme, mocosos.

-No se dice idos –replicó el más descarado-, sino iros.

-Inmunda garrapata, no sabes con quién hablas. Soy académico y premio nacional. En este caso, se aplica el imperativo. La Real Academia, que últimamente solo hace tonterías, como suprimir la tilde de los pronombres demostrativos y el adverbio solo, ahora acepta «iros», pero en buen castellano se dice «idos». ¿Comprendes, mocoso?

El niño se quedó estupefacto. No había comprendido nada. ¿Qué se puede esperar en un pueblo? Aquí todos son lerdos, verdaderos gañanes. Nunca entendí el aprecio por los pueblos de Azorín, Delibes y otros pelmas. No advertí que padre Bosco me observaba mientras discutía con el niño. No intervino, pero cuando los críos se marcharon como piojos que huyen del fuego, se acercó a mí y me pidió que no fuera tan brusco con ellos.

-No se confunda, páter. Yo no soy como ustedes. Mi lema no es «dejad que los niños se acerquen a mí». Ya me entiende.

Sabía que había lanzado una carga de profundidad y, por un momento, pensé que había puesto mi integridad en peligro. Yo no soy especialmente bajito, pero el padre Bosco es un coloso y un buen puñetazo podría enviarme al hospital con la mandíbula fracturada y conmoción cerebral. Sin embargo, no perdió los estribos, lo cual me jodió un poco. Se limitó a esbozar una pequeña sonrisa y dijo:

-Me decepciona. Los chistes anticlericales están más pasados de moda que las películas del destape. Le creía más ingenioso.

Y se marchó como si nada, el muy cabrón. Agradezco que mi integridad física no sufriera menoscabo, pero me jodió descubrir su autodominio y serenidad. Desconfío de los hombres que nunca pierden el control.

Ayer sucedió algo inesperado. Mientras comía unas aceitunas en el bar de Martín, un hueso se quedó atravesado en mi garganta y casi me ahogo. Incapaz de tragarlo o escupirlo, comencé a boquear como un pez fuera del agua, pegándome golpes en el pecho y en la nuca. Mareado, me arrodille y pensé… en el infame Ciruelo. Me cabreó que su imagen acudiera a mi mente. En esas situaciones, ¿no suele desfilar el pasado por la mente del moribundo, evocando sus momentos más entrañables? ¿Cómo era posible que la jeta de ese desgraciado fuera lo último que ocupara mi conciencia? Noté que iba a desmayarme cuando alguien me agarró por la espalda, me levantó y comprimió con fuerza mi estómago. El hueso de aceituna salió disparado e impactó en la cara de Martín, que exclamó:

-¡Leñe!

Mi salvador había sido el padre Bosco, que –según me explicó más tarde- había realizado un curso de primeros auxilios y lo había puesto en práctica durante su juventud, cuando colaboraba con Cruz Roja. El incidente me hizo pensar. A pesar de la maldad que le había soltado y de mi deliberada grosería con él, aquel hombre me había librado de la muerte. Su gesto –yo le habría dejado ahogarse, pero él, en cambio, le quitaba importancia- me había impresionado. Le he dado vueltas a su intervención y algo ha cambiado en mi interior. Esta mañana, mientras paseaba por el pueblo, sentía que era un hombre nuevo, un hombre renacido. Cuando me he cruzado con los niños, les he saludado amablemente, pero ellos, lejos de valorar mi gesto, me han contestado con una peineta. Quizás lo tengo merecido. Después, he visto a Martín y le he pedido excusas por lanzarle a la cara el hueso de aceituna. Se ha limitado a decir: «Leñe». Al girar una esquina, han aparecido los curas y les he estrechado la mano con efusividad, quizás me he excedido, pero quería demostrarles mi gratitud. Le he dado las gracias otra vez al padre Bosco, que ha dicho que no tenía ningún mérito, que lo habría hecho cualquiera, que no tenía nada que agradecerle. Todo un carácter, un tío con redaños. Si fuera escritor, nadie se atrevería a soplarle los mocos. Luego he seguido paseando y he decidido introducir cambios en la novela que ha rechazado Ciruelo –he evitado el epíteto que suelo endosarle-, explorando una fórmula más provocadora. Rebajaría la edad del protagonista a los cincuenta y nueve, y a las putas con las que se acuesta les añadiría unos años, es decir, subiría su edad para que no fueran menores. En cuanto a princesa de Bangkok, le atribuiría quince años. En Tailandia, a esa edad es legal el matrimonio, con una autorización judicial, claro. Cambios importantes en una trama que había nacido para exaltar la virilidad y que ahora parecería una historia de amor. Verdaderamente, era un hombre nuevo. ¿Sería capaz de advertirlo Ciruelo? Alcé la vista y entendí a Miguel Delibes cuando decía que el cielo de Castilla era tan alto porque lo habían levantado los campesinos de tanto mirarlo. Una bandada de palomas sobrevolaba el pueblo. Tras rodear la iglesia y rozar los tejados, pasaron por encima de mi cabeza. No esperaba que una deyección blanca y con hilos verdosos aterrizara en mi cara, transformando ese instante de paz en un rapto de furia. Maldije, blasfemé, insulté a los niños, que habían visto la escena y se reían de mí. Al diablo eso del hombre nuevo, renacido. Volvería a Madrid y obligaría al infame Ciruelo a publicar mi novela. Por supuesto, no cambiaría ni una línea. Mi novela es un himno a la virilidad y un misil contra la estupidez de lo políticamente correcto. Si Ciruelo no cedía, si no enviaba mi manuscrito a la imprenta, se lo comería, aunque tuviera que utilizar un embudo para que las páginas, previamente desmenuzadas, atravesaran su tráquea y acabaran en su estómago. Al infierno Algar de las Peñas. En este pueblo te vuelves idiota. Nunca he sido una buena persona y no voy a cometer la estupidez de intentarlo a mi edad. La moralina para los curas. Yo soy un escritor y he de ser fiel a mi naturaleza. Me corresponde ser un buen cabrón. Eso sí, estoy dispuesto a todo, salvo a cambiar de sexo, como me sugirió un amigo, recordándome que ahora las editoriales prefieren a las mujeres. Mi talento, poco o mucho, no lo segrega mi cerebro, sino la testosterona y no me convertiré en un cursi patético, como el último James Bond, con Daniel Craig comportándose como un Boy Scout con el cerebro lavado por el Me Too. Solo Pérez-Reverte se ha atrevido a decir que ese Bond no es Bond, sino un «moñas» y le han acusado de machista. Una librería incluso ha anunciado que retiraría sus obras del escaparate y de las estanterías. No me cae bien Pérez-Reverte porque vende más que yo y eso me jode, pero cuánta razón tiene con lo de Bond. Lo han convertido en un mariquita. ¿Es que todo el mundo ha olvidado que 007 ostenta el cetro de la falocracia, la única utopía por la que merece la pena morir? No quiero saber nada de este Bond, que se ha bajado los pantalones ante lo políticamente correcto. Prefiero parecerme a Joe Pesci en Goodfellas y Casino, siempre con un palillo en la boca y dispuesto a machacar al que se atreve a toserle. Adiós, Algar de las Peñas. Adiós, padre Bosco. Vuelvo a mi cloaca. Aquí he descubierto que Madrid es mi sitio, mi hábitat natural, mi pequeño paraíso de bilis e intrigas.

-¿Qué opina del escritor que se marchó esta mañana? –preguntó el padre Juan-. Será académico y premio nacional, pero se comporta como un animal.

-Dante –dijo el padre Bosco, dejando el vaso de vino sobre la barra- situó la soberbia en la primera grada del purgatorio, pero yo creo que se equivocó. Su lugar es el Infierno. Imagino que muchos académicos y premios nacionales acabarán ahí.

-¿En el Purgatorio?

-No, en el Infierno, sumergidos en una laguna de inmundicias.

Un moscardón se posó cerca del vaso de vino del padre Bosco y Martín, con la rapidez de reflejos de una serpiente, logró aplastarlo con el periódico, exclamando:

-¡Leñe!

El padre Bosco reparó en que la portada incluía una fotografía del escritor y un pie de página: «Esperamos impacientes su nueva novela, quizás la despedida de un provocador con una inequívoca fibra ética. Aunque su inspiración parecía agotada, los rumores sostienen que ha reaparecido con un asombroso vigor». Era una frase del crítico Rafael Narbona. Tras leerla, el padre Juan preguntó:

-¿Cree que los críticos son sinceros?

-¿Quién sabe? En nuestros días, la sinceridad es una práctica de alto riesgo. Todo el mundo oculta algo o miente para protegerse. ¿Piensas que nos cuentan toda la verdad durante el sacramento de la confesión?

-Me temo que no. -Tampoco creo que la verdad brille en una sesión psicoanálisis. Solo Dios sabe lo que hay en el corazón de un hombre y quizás sea mejor así.

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