Queridos lectores, suspendemos las publicaciones, como en años anteriores, hasta el 5 de Septiembre. ¡Feliz Verano!

Hoy no me puedo levantar

La protagonista y narradora de Mi año de descanso y relajación, una muchacha anónima de veintiséis años, quiere dormir sin parar. Según se describe, es «somnófila». En el comienzo, se ayuda con «trazodona y zolpidem y Nembutal», más adelante añade fenobarbital, Ambien o Ativan y, al cabo, descubre la panacea en un fármaco experimental (e imaginario) llamado «Infermiterol», que la deja frita tres días seguidos. «Alta y delgada y rubia y guapa», la muchacha es una bella durmiente de nuestro tiempo. Pero la novela no es ninguna fábula, y en su vertiente satírica registra la influencia del clásico de Iván Goncharov Oblómov (1859), cuyo antihéroe quería pasarse la vida en la cama. En la misma vena, Moshfegh salpimenta el descanso con el estrés y la relajación con las intrusiones del mundo.

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La poeta de la familia

Emily Brontë hizo su entrada en el mundo de las letras en 1846, sin fanfarria, en un volumen de versos publicados en compañía de sus hermanas Charlotte y Anne, con el título anodino de Poems by Currer, Ellis, and Acton Bell. El libro pasó prácticamente inadvertido en su momento, y en parte por ello las hermanas decidieron volcarse en las «narraciones en prosa», lo que culminó, en el caso de Emily, en uno de los clásicos de la novela inglesa: Cumbres borrascosas. La poesía, sin embargo, fue mucho más que una fase de juventud. Brontë dedicó la mayor parte de su vida creativa adulta, desde los dieciocho años hasta su muerte a los treinta, a la escritura de versos. Y antes de que su novela eclipsara esa veta era la indudable poeta de la familia. Charlotte, en una semblanza de su hermana, llegó a decir que el único mérito de Poems residía en «los poemas de Ellis Bell» (Emily), que definió como «condensados y lacónicos, vigorosos y genuinos», con una música «silvestre, melancólica y elevadora». Es cierto que también dijo de su hermana que era «indocta» y que escribía movida «por los impulsos de la naturaleza»; pero ese juicio mixto no hizo sino realzar la reputación póstuma de Emily. Se inicia así una tradición que la tiene por la figura más romántica de las hermanas, la escritora instintiva, la poeta innata.

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La amistad de dos mentes geniales

El avance de las ciencias sociales durante el siglo XIX está en deuda con las relaciones de amistad que se establecieron entre muchos de sus protagonistas. Este fue el caso de, por ejemplo, David Ricardo y Thomas Malthus, Jeremy Bentham y John Stuart Mill, Nassau Senior y Alexis de Tocqueville, o Eugen von Böhm-Bawerk y Friedrich von Wieser. En esta tradición, el estudio de la relación de amistad fraterna entre David Hume y Adam Smith abre al interesado un panorama fascinante del ambiente intelectual en la Escocia del siglo XVIII y de la personalidad de estos dos grandes del pensamiento social y filosófico. El libro del politólogo Dennis C. Rasmussen (profesor en la Tufts University) aborda la relación de amistad de estos dos genios desde su encuentro en 1749 hasta la muerte de Hume en Edimburgo en 1776 y el período posterior, hasta 1790, en que desaparece Smith. El libro es un relato detallado de este aprecio mutuo en el que destaca, de forma llamativa, la ausencia de debate entre los dos autores.

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Sexo, sangre y muerte: un cóctel victoriano

La popularidad se apodera en ocasiones de la imagen de personas que estuvieron en su tiempo en primera fila en la feria de las vanidades; unas veces las banaliza, y otras levanta sobre ellas extraños mascarones cuya relación con la verdad apenas trasluce bajo la fantasía o el mito. De lo primero es buen ejemplo Napoleón; de lo segundo, un príncipe balcánico del siglo XV, Vlad III de Valaquia, componente, ni siquiera antecedente propiamente dicho, del mito contemporáneo del conde Drácula.

Ese mito data de la novela de Abraham Stoker publicada en 1897, compuesta por imbricación de ingredientes independientes y distintos en su naturaleza y antigüedad, pero tan bien fundidos que millones de personas los consideran consustancialmente inseparables. En lo esencial, estos tres: la vida y hazañas de Vlad III, la tradición folclórica y literaria acerca del miedo a los muertos y su retorno al mundo de los vivos, y la remodelación en el siglo XIX del personaje literario llamado «villano gótico». 

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Fernando VII, entre los absolutismos y liberalismos de la nación

Este ambicioso estudio sobre Fernando VII puede incluirse en una trilogía de aportaciones sobre quienes ocuparon la cumbre del poder en España, entre el ocaso del Antiguo Régimen y la consolidación del Estado nacional. En ella se incluyen la biografía de Godoy, del mismo autor, y la realizada por Isabel Burdiel sobre Isabel II. El estudio de personajes encumbrados, en el cruce de la personalidad con el ejercicio del poder, es un rasgo en común. Las tres sientan, además, bases sólidas para un relato nuevo del arranque de la España contemporánea.

Emilio La Parra deja muy altos los conocimientos sobre Fernando VII mediante una investigación en numerosos archivos, contrastando versiones y contextualizando coyunturas y personajes. Con ello el autor no sólo se enfrenta a las capas interpretativas ya consolidadas en torno al personaje. Su trabajo se sitúa sobre premisas que apenas se habían considerado cuando se trataba de establecer la trayectoria por la que la España imperial y absolutista dejó paso a la nación liberal. Una de esas premisas lleva a abandonar el supuesto según el cual las sociedades contemporáneas surgieron del triunfo radical sobre la legitimidad monárquica y la autoridad religiosa. 

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Kon Ichikawa: El arpa birmana

«Roja es la tierra de Birmania y rojas son sus rocas», leemos al comienzo de El arpa birmana, la película con la que Kon Ichikawa consiguió el premio San Giorgio del Festival de Venecia en 1956. De fondo, escuchamos la banda sonora de Akira Ifukube, llena de patetismo y melancolía. Aunque la película se rodó en blanco y negro, el plano frontal del yermo birmano que sirve de preludio transmite el dramatismo y la vitalidad de un color habitualmente asociado a la violencia de la guerra, pero también a la tenacidad de la vida. La fotografía de Minoru Yokoyama capta la tragedia de una bella y misteriosa tierra que apenas ha conocido la paz. El imperio británico necesitó tres guerras para someter al país. Cuando, en 1942, el imperio del Japón acabó con la dominación inglesa, la población nativa osciló entre la indiferencia, la resistencia y el colaboracionismo. Muchos opinaron que sólo habían cambiado de amo y se limitaron a observar los acontecimientos. Tres años después, los soldados japoneses regresaban a casa, vencidos y desmoralizados. El arpa birmana narra las penalidades de una compañía que intenta cruzar la frontera de Tailandia para huir del avance de los aliados. No es una compañía cualquiera, sino un grupo de hombres abatidos que se refugian en la música para no caer en la desesperación. 

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¿Por qué están tan locos los artistas?

Desde el lamentable incidente entre Gauguin y Van Gogh, circula la idea de que los artistas son neuróticos incurables. Sus excentricidades no se contemplan como simples desviaciones de los convencionalismos sociales, sino como actos patológicos que vinculan la creatividad al desorden mental. Desde luego, no parece muy razonable cortarse con una navaja el lóbulo de una oreja para pedir excusas por una discusión sobre estilos pictóricos, pero habría que averiguar si se trata de un hecho excepcional o de algo relativamente común en la esfera del arte. Examinemos algunos casos. El 17 de junio de 2010 murió Sebastian Horsley, escritor y artista plástico. Según sus propias palabras, era «un dandi del inframundo». Se hizo crucificar en Filipinas para recrear uno de los iconos del arte mundial. Sobrevivió a la crucifixión, pero no a la heroína, que lo mató con cuarenta y siete años. En cierta ocasión, escribió sobre sí mismo: «Estoy tendido en la cama como una esvástica y me gusta Alemania. ¿Por qué no? Soy medio Byron, medio patán, medio chamán, medio showman, medio nazi y medio Liberace».

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Tal como (no) éramos

La generación nacida durante la explosión demográfica posterior a la Segunda Guerra Mundial (1945-1965), que en España se anticipó en cinco años (1940-1960) por mor de la Guerra Civil, habrá prácticamente desaparecido entre 2030 y 2040. Esa generación, a la que en Estados Unidos bautizaron como la de los boomers, es la mía. Sugar Kowalski tenía razón: haber cumplido los setenta y cinco, que son tres cuartos de siglo, le hace a uno pensar.

Con anterioridad a nuestra aparición, bien por muertes militares, bien por pérdidas civiles durante la Segunda Guerra Mundial, el número estimado de víctimas estuvo entre cincuenta y ochenta millones; poco antes, los tres años de la Guerra Civil en España causaron en torno a cuatrocientas mil muertes prematuras, seguidas de otras treinta mil más durante la represión posterior a la victoria del franquismo.

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El maquinista ante la pantalla

No hay muchos libros sobre videojuegos, lo que resulta sorprendente teniendo en cuenta el papel clave que tienen en el entretenimiento, su importancia económica y ?tal vez sobre todo? el grado de implantación entre la población, desde los niños hasta los adultos: ¿habrá que recordar a Celia Villalobos, ejerciendo en ese momento la presidencia del Congreso de los Diputados, jugando en su móvil al Candy Crush mientras hablaba el presidente del Gobierno?

¿Por qué apenas si son materia de reflexión, de reflexión seria, se entiende? Tal vez por su relativa novedad, por su posición periférica en el mundo de la diversión (cosa de niños, de desocupados). Y por su pertenencia al universo de las culturas populares (como los cómics, determinadas comidas, ciertas canciones). Cuando algún escritor profesional aborda el tema, suele hacerlo desde su posición de jugador, de adicto, como es el caso de Martin Amis con The Invasion of the Space Invaders: muestra de la rareza de su incursión es el hecho de que, publicada en 1982, nunca fue reimpresa, y está ausente de sus bibliografías (por suerte, hay una traducción española: La invasión de los marcianitos, trad. de Ramón de España, Barcelona, Malpaso, 2015).

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La vida exagerada de la familia Golden

La caída de Nerón Golden ha sido saludada como la primera novela de la era Trump. Algunos críticos han señalado la rapidez de reflejos –acaso también una mezcla de fecundidad y buena fortuna– de Salman Rushdie (Bombay, 1947). El libro es una historia de Manhattan y también un relato transnacional, que dibuja una densa, extraordinariamente variada y a menudo imprevisible red de referencias culturales.

Cuando Barack Obama toma posesión del cargo de presidente de Estados Unidos, Nerón Golden y sus tres hijos (dos de una misma madre, otro de otra) se instalan en un barrio privilegiado de Nueva York. Los nombres de los recién llegados no son reales, porque los Golden han huido de India escapando de un secreto, que sólo poco a poco vamos a conociendo. El mayor recibe el nombre de Lucio Apuleyo (Apu), el segundo Petronio (Petya), el tercero Dioniso (D.). Los personajes, como todo en esta novela exagerada, son larger than life: su riqueza es inmensa, sus capacidades y trastornos también, la escala de la fortuna y las adversidades que encuentran parecen propios de héroes mitológicos.

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Joyce el obsceno

Kevin Birmingham ha querido escribir en El libro más peligroso «la biografía de un libro»: Ulises, de James Joyce, desde su vaga concepción en 1904 a su conversión en un volumen de más de setecientas páginas condenadas a vérselas, hasta 1936, con censores, aduaneros, policías y jueces. Pero Ulises, que para Gran Bretaña y los Estados Unidos de América constituía un delito, para Valery Larbaud demostraba en 1922 que su autor, James Joyce, poseía una trascendencia similar a la de Sigmund Freud o Albert Einstein. T. S. Eliot, por su parte y por las mismas fechas, otorgó al método mítico-narrativo joyceano la «importancia de un descubrimiento científico».

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Reinvenciones de Shakespeare

Entre los innumerables adaptadores de Shakespeare, es casi obligado empezar por Charles y Mary Lamb, dos hermanos que, en el año de 1807, recogieron veinte obras del autor y las reescribieron en un libro para niños, «con palabras familiares que pudieran comprender las mentes más jóvenes». Famoso desde entonces, el volumen se llamó Tales From Shakespeare (Cuentos de Shakespeare) y sentó sin disimulo sus bases didácticas. Los Lamb creían en entretener educando. No dudaban al escribir en el prólogo que la materia shakespeareana podía «ilustrar las acciones y los pensamientos dulces y honrados», ni escatimaban acentos moralizantes en los relatos mismos. En ese sentido, eran hijos de su época, la misma en que un médico como Thomas Bowdler hizo furor con la publicación, en el mismo año, de su The Family Shakespeare, una edición expurgada de palabras malsonantes y escenas truculentas, que podía leerse sin ofender. Pero sería un error creer que los Lamb carecían de originalidad. Fueron los primeros en considerar a Shakespeare como una mitología, un acervo de tipos móviles que podían recombinarse de manera narrativa en nuevos contextos y nuevas formas, a fin de reavivar una historia para todos.

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