Como es habitual, RdL suspende la publicación de novedades durante las fiestas navideñas. El siguiente boletín se recibirá el 12 de enero de 2022

John Ford, los dos lados de la epopeya

El año próximo se cumple el 125º aniversario del nacimiento de John Ford. Cuestionado en los años setenta, actualmente nadie pone en duda su talento cinematográfico. Cabe preguntarse cómo le gustaría ser recordado. ¿Como un genio artístico o un artesano? ¿Cómo el poeta de la epopeya del Oeste o como un director con distintos registros? Yo creo que le habría gustado ser recordado como auténtico bastardo. Nunca le agradó que lo llamaran poeta o artista. Siempre repitió que su trabajo consistía en hacer películas del Oeste y que su única motivación era cobrar un cheque que le permitiera abastecerse de puros y güisqui, pero casi nadie le tomaba en serio. Todos los que participaban en sus películas advertían su grandeza como director y aguantaban como podían sus bellaquerías. Aficionado a maltratar a los actores con inaudita crueldad, sus comentarios hirientes y, en ocasiones, sus agresiones físicas, no lograban disipar la admiración que despertaba su talento. Thomas Mitchell, que trabajó a sus órdenes en Huracán sobre la isla (The Hurricane, 1937), La diligencia (Stagecoach, 1939) y Hombres intrépidos (The Long Voyage Home, 1940) no se mordió la lengua al describir su forma de dirigir: «El peor hijo de puta que he conocido nunca. Es un tirano. Pero me arrastraría por esas malditas rocas a pleno día con tal de volver a trabajar con él». Mitchell se refería al rodaje de La diligencia en Monument Valley, donde actor y director intercambiaron sarcasmos y desplantes. John Wayne –por entonces, un rostro habitual en las películas de serie B? ya se había acostumbrado a los gritos y las humillaciones, pero Mitchell, que poseía una larga experiencia como actor teatral, no se dejaba intimidar. Harto de las imprecaciones de Ford, se encaró con él y le dijo: «De acuerdo. Vi María Estuardo». 

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¿Por qué están tan locos los artistas?

Desde el lamentable incidente entre Gauguin y Van Gogh, circula la idea de que los artistas son neuróticos incurables. Sus excentricidades no se contemplan como simples desviaciones de los convencionalismos sociales, sino como actos patológicos que vinculan la creatividad al desorden mental. Desde luego, no parece muy razonable cortarse con una navaja el lóbulo de una oreja para pedir excusas por una discusión sobre estilos pictóricos, pero habría que averiguar si se trata de un hecho excepcional o de algo relativamente común en la esfera del arte. Examinemos algunos casos. El 17 de junio de 2010 murió Sebastian Horsley, escritor y artista plástico. Según sus propias palabras, era «un dandi del inframundo». Se hizo crucificar en Filipinas para recrear uno de los iconos del arte mundial. Sobrevivió a la crucifixión, pero no a la heroína, que lo mató con cuarenta y siete años. En cierta ocasión, escribió sobre sí mismo: «Estoy tendido en la cama como una esvástica y me gusta Alemania. ¿Por qué no? Soy medio Byron, medio patán, medio chamán, medio showman, medio nazi y medio Liberace».

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