Archivo Revista de Libros

Filosofía de la imbecilidad (y II)

La imbecilidad es cosa seria: tal es el título del breve ensayo que el filósofo italiano Maurizio Ferraris dedica al tema (trad. de Marco Aurelio Galmarini, Madrid, Alianza, 2018). ¿Un filósofo escribiendo un ensayo sobre la imbecilidad? Estamos tan habituados a considerar antónimos filosofía e imbecilidad que de manera automática se despiertan todas las alarmas (léanse suspicacias). ¿Va en serio? O, en términos más familiares, ¿está de coña? Pues no, no está de coña, y sí, va completamente en serio. El contenido del libro hace honor a su título. Ferraris se toma completamente en serio el tema de la imbecilidad y le dedica una reflexión de algo más de cien densas páginas plagadas de citas, alusiones doctas y un considerable aparato bibliográfico. Si me siguen, verán por qué se lo toma tan en serio.

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El maquinista ante la pantalla

No hay muchos libros sobre videojuegos, lo que resulta sorprendente teniendo en cuenta el papel clave que tienen en el entretenimiento, su importancia económica y ?tal vez sobre todo? el grado de implantación entre la población, desde los niños hasta los adultos: ¿habrá que recordar a Celia Villalobos, ejerciendo en ese momento la presidencia del Congreso de los Diputados, jugando en su móvil al Candy Crush mientras hablaba el presidente del Gobierno?

¿Por qué apenas si son materia de reflexión, de reflexión seria, se entiende? Tal vez por su relativa novedad, por su posición periférica en el mundo de la diversión (cosa de niños, de desocupados). Y por su pertenencia al universo de las culturas populares (como los cómics, determinadas comidas, ciertas canciones). Cuando algún escritor profesional aborda el tema, suele hacerlo desde su posición de jugador, de adicto, como es el caso de Martin Amis con The Invasion of the Space Invaders: muestra de la rareza de su incursión es el hecho de que, publicada en 1982, nunca fue reimpresa, y está ausente de sus bibliografías (por suerte, hay una traducción española: La invasión de los marcianitos, trad. de Ramón de España, Barcelona, Malpaso, 2015).

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Una experiencia camp

Cuando me pongo la bata de profesora, la intertextualidad es uno de los conceptos más útiles para perfeccionar las estrategias de lectura de mis estudiantes. Sirve para que entiendan mejor que el texto y el contexto son dos espacios interrelacionados, y que las formas y los estilos difícilmente pueden comprenderse al margen de las ideas y preocupaciones dominantes en una época y lugar concretos. Leemos intentando identificar, en la elección de palabras y temas, la interacción de las fuentes del pasado con las corrientes de pensamiento coetáneas a la escritura de la obra que se interpreta. En el copo de nieve del texto cristaliza su presente, aunque su musculatura retórica sea el resultado del buen funcionamiento de un metabolismo capaz de digerir los alimentos congelados de la tradición cultural. Esta amalgama de tiempos, discursos, ideas e imágenes incide en la construcción de una obra, bien porque los escritores adoptan un posicionamiento asertivo, bien porque se plantean preguntas o disienten del marco ideológico de una contemporaneidad, incomprensible a su vez sin la impronta del pasado.

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Asturias, 1934: la mirada del periodista

La revolución de Asturias no fue una gesta épica o romántica, sino una catástrofe política, social y económica que preparó el terreno a la cruenta guerra civil española, un drama cuyos estragos aún perduran en la memoria colectiva. Manuel Chaves Nogales y Josep Pla escribieron una serie de reportajes sobre una revuelta que causó al menos mil quinientas víctimas. Los crímenes incontrolados y la represión posterior prefiguran las matanzas de 1936, cuando las tapias de los cementerios y las cunetas se llenaron de cadáveres, evidenciando el fracaso de la convivencia en un país dividido por las ideologías y las desigualdades sociales. Chaves Nogales y Pla condenan el experimento revolucionario. Octubre rojo en Asturias, relato novelado de José Díaz Fernández, ofrece una perspectiva menos crítica, pero el balance final no es positivo. Mucha sangre, mucho sufrimiento y muchas ruinas para nada.

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Unamuno y sus cartas: defensa de la epistolografía

Vivimos años de esplendor de la epistolografía como fuente de la historia literaria, ahora que esta vuelve a tomar vuelo propio y se distancia de las idolatrías lingüísticas: de la apoteosis de la textualidad y del culto de las estructuras. En las cartas de un autor están a menudo los secretos de las obras más complejas o de los proyectos literarios más ambiciosos y, a menudo, los resortes de la decisión misma de ser escritor. No hay nada que explique una obra literaria mejor que leerla en esa suerte de estereofonía (cierto que equívoca a veces) que nos proporciona la intimidad escrita del autor.

Valgan unos relevantes ejemplos de los ofrecidos por la investigación filológica de los últimos veinte años. El epistolario de Juan Valera (cuya edición definitiva ha sido una proeza de su editor, Leonardo Romero Tobar y su equipo) ha evidenciado su peculiar relación con el romanticismo del que desconfiaba y el mundo clásico que amó, la complejidad de su agnosticismo y la singularidad (y las disidencias) de su trayectoria narrativa. Disponer de las cartas completas de Juan Ramón Jiménez (propósito que está a punto de rematar Alfonso Alegre Heitzmann para la colección Epístola, de la Residencia de Estudiantes) ha desvelado la «política poética» de quien fue el más obstinado de los defensores de la autonomía (y la responsabilidad, a la vez) de la poesía.

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