Del 11 al 17 de abril, la revista descansa por Semana Santa

¿Realmente los años veinte fueron tan locos?

«¿Realmente los veinte fueron tan locos?», le pregunta mucho más tarde a un testigo directo de aquellos tiempos Angelika Schrobsdorff, autora de este magnífico libro de memorias, mitad autobiografía, mitad crónica del frenético Berlín de entreguerras. La respuesta se la proporciona inmediatamente la mujer alemana interrogada: «Fueron fantásticos. El preludio de una época nueva, moderna, emancipada. ¡Una grandiosa danza de la muerte! La cantidad de gigantes del arte y del intelecto que el Berlín de entonces escupió de la noche a la mañana es simplemente increíble. La mitad eran judíos. Y bien: conseguimos matarlo todo: a los judíos, el arte y el intelecto».

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El exilio como sobrevivencia ética

En uno de los magníficos ensayos (Ensayo de Hamburgo) que el escritor judío-húngaro Imre Kertész (Budapest, 1929), último Premio Nobel de literatura, reunió en su libro publicado en España con el título de Un instante de silencio en el paredón (El Holocausto como cultura), este autor se presentaba sintéticamente ante el lector: «Nació en el primer tercio del siglo XX , sobrevivió a Auschwitz y pasó por el estalinismo, presenció de cerca, en tanto que habitante de Budapest, un levantamiento nacional espontáneo, aprendió, como escritor, a inspirarse exclusivamente en lo negativo, y seis años después del final de la ocupación rusa llamada socialismo –o, si se quiere, del siglo XX desde un punto de vista histórico–, encontrándose en el interior

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Una historia del tiempo

Escritora secreta durante años, Marisa Madieri, nacida en 1938 en Fiume, hoy Yugoslavia, y muerta en Trieste, Italia, en 1996, publicaría por primera vez en 1987 Verde agua, calificado por la crítica italiana de «pequeño clásico contemporáneo». Una especie de sutil edificación en torno a la idea del paso del tiempo, a la manera de El rumor del tiempo de Osip Mandelstam, Verde agua es una de esas joyas inclasificables que contiene cada literatura. Inmediatamente quedaría asimilada a otros clásicos italianos de la memoria íntima como son Léxico familiar de Natalia Ginzburg, o también a ciertos pasajes igualmente inolvidables de descripciones del carácter propio e intraducible que tienen siempre los componentes de cada familia, tal y como los describía Primo

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Arte y huida

Hace ya tiempo, en 1988 concretamente, que Jean Echenoz (Orange, 1948), uno de los escritores más característicos de la Francia de este fin de siglo fue galardonado en el Salón del Libro de París con el Premio Gutenberg como «la mayor esperanza de las letras francesas». Unos años después, una encuesta realizada por la revista Le Nouvel Observateur, lo eligió como el novelista francés de más relevancia internacional de la década de los noventa. También le sería otorgado el European Literary Prize por su novela Lago (1989), así como, en 1999, el Premio Goncourt por la novela ahora traducida a nuestro idioma, Me voy. Todo ello viene al caso para explicar que el lugar que ocupa Echenoz dentro de la

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El señor Spitzweg

Hijo de profesores y profesor él mismo de literatura en la misma escuela de Normandía desde hace veinte años, el escritor francés Philippe Delerm ha sido una de las máximas revelaciones de los últimos años en su país, junto a otros escritores como Michel Houellebecq, Marie Darrieusecq o Martin Winckler. Con una ya dilatada trayectoria a sus espaldas, de cerca de quince libros publicados, entre los que están Sundborn où les jours de la lumière, Autumn, Le Bonheur, tableaux et bavardages, y el último aparecido, Le Portique, Delerm se convertiría, de repente, en 1997, en un inesperado éxito de ventas con su obra El primer trago de cerveza y otros placeres minúsculos, que ha sido traducido a una veintena de

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Georges Perec: el lugar del exilio

Toda la obra del francés Georges Perec está pensada para rellenar un vacío insoportable: la angustia que desde el mismo momento de tener conciencia de sí mismo y las circunstancias de su vida (su padre murió en la guerra, siendo un niño, su madre y sus dos abuelos, todos ellos judíos, fueron deportados y también murieron) le embargó. Así resume, en el último párrafo del libro ahora aparecido, traducido por primera vez a nuestra lengua, Especies de espacios, de 1974, ese impulso continuo, voraz, compulsivo, casi frenético, la escritura, que igualmente siempre le dominó: «Escribir: tratar de retener algo meticulosamente, de conseguir que algo sobreviva: arrancar unas migajas precisas al vacío que se excava continuamente, dejar en alguna parte un

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Un muerto en vacaciones. El partisano desastroso

«Partisano desastroso… Bachiller con educación humanista, pero al mismo tiempo también un químico y finalmente un ex deportado», así definía el escritor italiano Primo Levi su vida y su profesión. Recién llegado de su largo calvario en los campos de exterminio, de su largo período de «muerto en vacaciones» («un judío en manos alemanas es siempre un muerto en vacaciones», le gustaba repetir al filósofo vienés y suicida Jean Améry), soñando aún cada noche con la palabra Wstawac (a levantarse), sus familiares, sus amigos le tendrán que decir todo el tiempo: «¡Descansa!». Hablaba mucho, relataba de una forma maniaca, sin parar: «Quería entender lo que le había pasado», dirá una de sus mejores amigas. Había nacido, gracias a Auschwitz, sin

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Alfred Polgar: un vienés pura sangre

Hay escritores que en su día gozan de un protagonismo innegable y absoluto y que, con el paso de los tiempos, caen en el olvido, o se hace, simplemente, más difícil su recuperación e «interpretación», desde la estrechez perezosa y reductiva de tiempos posteriores que anulan de entrada toda curiosidad o visión amplia y panorámica de un momento cultural e histórico de caracteres singulares. No es casualidad que Marcel Reich-Ranicki, alguien que goza hoy de tanta influencia y notoriedad en el ámbito alemán como gozó en su día el escritor Alfred Polgar (Viena, 1873-Zurich, 1955) haya sido el encargado de rescatar a este autor espléndido hoy absorbido por las grandes e imponentes sombras literarias de su tiempo. Como hemos dicho,

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Nuevas memorias del subsuelo

Antes de morir, en 1996, y como consecuencia de un absurdo accidente de carretera, el que siempre diseñó la muerte en sus libros como una de las más nobles, retóricas, poéticas y sagradas artes y prácticas de lo literario, Gesualdo Bufalino, publicó en su país un último libro, Tommaso y el fotógrafo ciego, ahora traducido a nuestro idioma. La novela, inmediatamente, se colocaría entre las mejores de su producción, como La perorata del apestado o Argos el ciego, que ya lo habían situado sin discusión ninguna entre uno de los mejores autores de nuestro tiempo. Pero a la vez se presentaba en cierto modo también como una especie de compendio de sus obsesiones y en general de todo lo que

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El pavor cósmico

En Italia, a lo largo de este siglo, ha habido pocos creadores tan pertinazmente personales y coherentes como esa máquina torrencial, y no puramente contemplativa, del lenguaje que era el desaparecido Giorgio Manganelli (1922-1990). Un nuevo libro aparece ahora traducido a nuestro idioma, La noche, lo cual es siempre una buena noticia. Y de nuevo se tratará de un «trattarello» como Manganelli mismo definía sus difícilmente clasificables artefactos de escritura, desde que en 1964 debutó con su Hilarotragoedia, un tratado grotesco sobre nuestro mundo fundamentalmente irreal e incognoscible, sobre su insignificancia radical y su enmascaramiento incesante. La palabra «trattarello» Manganelli la recuperaba de un escritor barroco, su período preferido, llamado Mario Bettini, y con ello subrayaba ya desde el principio

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