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NACIMIENTOS

Pierre Péju

Tropismos, Salamanca

Trad. de Cristina Zelich

128 pp.

10,58 euros

EL LIBRERO VOLLARD

Pierre Péju

Tropismos, Salamanca

Trad. de Cristina Zelich

152 pp.

11,54. euros

Una tarde lluviosa Etienne Vollard atropella con su furgoneta repleta de libros a la pequeña Eva. Hija de una madre soltera,Teresa Blanchot, la niña corría por las calles de una ciudad francesa al pie de una montaña. Su madre ha llegado tarde a buscarla al colegio, pues siempre anda perdida en vagabundeos, en huidas de sí misma y de sus circunstancias. Eva está en coma en el hospital. Los médicos y las enfermeras aconsejan a Teresa que hable a su hija, que hable con ella, como en la película de Almodóvar, pues así quizá despierte. Pero Teresa no tiene voz para el cuerpo roto de su hija, no tiene voz ni siquiera para sí misma. Como una autómata, anota pensamientos inconexos en su libreta, sentada en un banco del metro o en un café de carretera. Entonces aparece Vollard, el librero, en la triste habitación del hospital. Siente que el accidente es el punto de inflexión de su vida, que a partir de entonces no va a poder refugiarse en el único lugar donde es feliz, su librería El Verbo Ser. Su cabeza está ocupada sólo por nombres de autores, títulos, fechas de edición. Su soledad es un estruendo de frases y párrafos enteros que se entrecruzan y que jamás se detiene.Teresa comprende enseguida que ese hombre gigantesco es su salvación. Pone en sus manos los despojos de Eva y huye de nuevo.

El librero empieza a hablar a la niña. Poco a poco, sin saber si esas palabras susurradas son las causantes del cambio, la niña despierta. Se recupera, puede caminar. Pero no habla, quizá ni siquiera pueda oír.Vollard recita párrafos de sus obras favoritas, en la habitación se oyen las voces de Nabokov y Breton, Pierre Loti y Malcolm Lowry, Borges y Pessoa. Se le ocurre que puede haber leído y releído muchas veces esas obras sólo para dar el do de pecho en ese momento de incomunicación, para enfrentarse al misterio de la infancia, al silencio más absoluto. No importa que fracase ni que su destino, como el de Eva, sea trágico. Etienne Vollard, nos cuenta en la segunda parte un antiguo compañero de colegio del librero, era un solitario, el niño que siempre leía, que se alimentaba de páginas escritas. El hombre que durante el mayo del 68 se sentaba a leer en las barricadas.

En esta segunda parte de la novela, su autor, el francés Pierre Péju, ahonda en la figura del protagonista y anticipa el desenlace de su historia, que no es otro que el fatal olvido de los libros. Como dejó escrito Pavese, basta ya de palabras. El lector, sin embargo, queda al final con un regusto amargo y a la vez siente que se le ha escamoteado algo.Tanto el personaje de la madre como el de la hija, Eva, se desvanecen sin dejar rastro. Uno esperaba que Péju llevaría más lejos el tema del silencio y los libros, y que no iba a resolver el relato de una manera tan expeditiva, teniendo en cuenta el cuidado que pone en cincelar las frases y en escudriñar los sentimientos.
 

Nacimientos es una obra más fragmentaria y especulativa que El librero Vollard. Aquí Péju se enfrenta a tres partos desde distintos ángulos y con la sensibilidad y la hondura de que ya hacía gala en la novela anterior. En un campo de prisioneros, una mujer da a luz en un sótano destartalado mientras es observada por un grupo de soldados excitados desde un ventanuco. La historia no sucede «ahora», sino que es narrada por una anciana en un programa televisivo de madrugada y un hombre queda estupefacto viendo contar a esa mujer aquel dramático parto. El hombre, como los soldados, no puede dejar de «mirar» o, más bien, imaginar la escena.Y se la imagina con todo detalle, cumpliendo así el verdadero destino que la naturaleza ha reservado al hombre: el papel de observador solitario, de patético comparsa en el acto del inicio de la vida. Que sea o no el padre es lo de menos, pues así se siente también el hombre que narra la experiencia de ver nacer a su hijo en la tercera historia, «La visión del padre».

Entre un relato y otro, tan diferentes pero tan iguales en lo esencial –el sufrimiento de la madre, la impotencia y la fragilidad del hombre–, Pierre Péju emplaza otro relato, «El color de las aguas». El nacimiento es en este caso fallido: el niño nace muerto. Se describe la asepsia fúnebre del hospital, la incomodidad de comadronas y médicos, la desolación de los padres. Cuando la madre ya empieza a hacer vida normal va a comprar un ramo de flores y la florista es la mujer de la televisión.Al salir, leemos, «siguió notando aquella mirada a sus espaldas. ¿Cómo podía saber la señora de blanco que aquel ramo no era portador de un amor cualquiera?». Entonces el narrador se sigue preguntando, con el mismo abandono hacia lo melodramático que ya despuntaba en la otra novela aquí comentada, cómo había podido adivinar su situación, pues ambas habían sido privadas de sus hijos.Y es que Péju deja traslucir algunas veces su vena especulativa, adornada de cierta retórica, que tiñe sus novelas. Se hace demasiadas preguntas «en off» que, por muy atinadas y pertinentes que sean, entorpecen el desarrollo de escenas que podrían sostenerse por sí solas. Uno puede apostar a que Péju sería un excelente narrador si se olvidase de que su objetivo es la filosofía, de que su deber es formular todas las preguntas.

En definitiva, dos obras interesantes, con personajes y situaciones bien definidas y verosímiles, que dicen cosas nuevas y que se leen con gusto. Siendo la estructura y el estilo correctos, los reparos que pueden ponérseles son de orden menor: en la primera, El librero Vollard, que la ambición de los primeros capítulos desemboque en el melodrama existencial; en la segunda, Nacimientos, que haya primado el punto de vista filosófico sobre el narrativo, cuando es éste el que muestra los conflictos y crea una auténtica resonancia en el lector.

 

Ficha técnica

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