La suerte del héroe

Blanco sobre negro

RUBÉN GALLEGO

Alfaguara, Madrid, 182 págs.

Trad. de Juan José San Vicente

El escritor de Blanco sobre negro parece haberse propuesto varios objetivos al escribir este libro. En primer lugar, ofrecer testimonio directo acerca del destino de las personas «inútiles» en Rusia, es decir, denunciar la crueldad del sistema soviético. Después, mostrar que tan humano es el crimen y la indiferencia ante el dolor como la bondad y el heroísmo. Y, por último, hacer de tal documento salpicado de sangre, rabia y nostalgia una obra literaria.

Empecemos por el final. Conviene recordar que este libro ha sido escrito en ruso. Rubén Gallego, su autor, es nieto del dirigente comunista en el exilio Ignacio Gallego. Nació en Moscú con parálisis cerebral y por ello fue enviado a los centros de internamiento que se reservaba allí para tales casos. Decía Nabokov que sólo hay una lengua que pueda medirse con la plasticidad y la eficiencia del inglés a la hora de crear eso que llamamos literatura: el ruso. Estoy por afirmar que los destellos líricos, la sobriedad narrativa de algunos pasajes y cierta inteligencia estructural que rezuma Blanco sobre negro jamás hubieran surgido si la lengua de origen hubiese sido el español o el francés. En español, Rubén Gallego hubiera sucumbido al sarcasmo y al cinismo, acentuando el tono picaresco del terrible relato. Y en francés hubiera sido imposible dejar de buscar una explicación racional, de enfatizar lo narrado.

Por supuesto que este libro tiene fallos, pero su verdadero valor literario se encuentra en la tradición que lo respalda. Y esa tradición no es otra que la que deriva de Tolstói, Chéjov o Bulgákov. Gallego no ha pretendido tanto saldar cuentas pendientes con el mundo como tocar a la puerta de esos maestros y escuchar su eco en las historias que cuenta. Lo mejor de su libro no es el lamento, ni la denuncia, ni la emoción, ni el increíble héroe de nuestro tiempo –para emplear un título de Lérmontov– que lo protagoniza, sino los pequeños relatos y su maravillosa sustancia narrativa, esos tipos que el lector vive «dos veces» como vive los personajes de Tolstói: el enamorado Sérguei, el perro tullido, la vieja desinteresada que da de comer a los que ya no quieren comer. Si Gallego no consigue que se nos salten las lágrimas, como Tolstói en algunos pasajes de Ana Karenina, es porque demasiadas veces nos recuerda que él ha vivido todo esto y que él ha vencido. Y en literatura no interesa el resultado ni la «verdad» biográfica, sino el tránsito y la verdad literaria.

¿Tendríamos ahora una pequeña obra maestra si Rubén Gallego hubiera renunciado al «yo» y hubiera concentrado sus esfuerzos en el horror y el heroísmo cotidiano de un tullido sin porvenir cuyo pecho estaba inundado de esperanza? Quizás. El autor lo ha querido contar «todo» (dejando tantas cosas sin contar, en realidad), a pesar de preciosas elipsis acerca de su matrimonio y paternidad, acerca de su huida y los detalles de la victoria. La representación de la vida en la literatura obedece a unas pautas misteriosas que a veces nada tienen que ver con la verdadera vida del narrador, que en el fondo sólo es la vida de «uno», mientras que el lector asume el papel de «todos». De ahí que no se entienda qué hace Berkeley en este relato, por qué el empleado «real» de un supermercado americano ha de venir a deslucir la presencia inmediata, rotunda, de los personajes rusos de orfanatos y asilos de ancianos. El tono testimonial del inicio del libro se acentúa en el desenlace para ensombrecer los logros literarios del nudo.

Lo malo de salir de una pesadilla es que contarlo puede resultar inverosímil o incluso banal. Sin duda alguna, Rubén Gallego tuvo suerte; en cambio, Sérguei y otros muchos compañeros se quedaron tendidos en el camino. Desde antes de Homero, el destino del héroe en la épica es luchar contra la suerte y perecer con honor en el intento. Y Gallego tiene todavía en la recámara algunos héroes anónimos que le obligarán a regresar, tanto si quiere como si no, a la sordidez y la gloria del campo de batalla. Tal vez entonces caiga en la cuenta de que los héroes, como afirmaba el falible Sartre del infierno, siempre son los otros.

Ficha técnica

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