Queridos lectores, suspendemos las publicaciones, como en años anteriores, hasta el 10 de Enero. ¡Feliz Navidad!

Código: hiperdemocracia

Hablamos sin pausa estos días de la crisis de la democracia, incluso con mayor énfasis que en otras épocas en que la democracia también parecía estar en crisis. El pasado lunes, sin ir más lejos, el diario El País llevaba a su portada un editorial en el que advertía del peligro en que se encuentra nuestra forma de organización del poder político: aunque curiosamente no mencionaba el intento de secesión unilateral de Cataluña, la probable victoria de Jair Bolsonaro en Brasil representaría a ojos del diario madrileño la confirmación definitiva del regreso del hombre fuerte al primer plano de la política mundial, con la consiguiente amenaza para la democracia pluralista. Abundan así en nuestra conversación las referencias a los años veinte y treinta, siendo éste un marco al que acudimos cada vez que queremos dar sentido al posible colapso de las democracias liberales, aun cuando no estemos seguros de que la comparación sea apropiada.

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Los sueños y la historia

«Toda la vida es sueño», declamaba el príncipe Segismundo en la gran obra de Calderón de la Barca, y acababa uno de sus monólogos con esta afirmación: «y los sueños, sueños son». Se traen a colación estas palabras como una pequeña muestra del gran interés que suscitaban los sueños en la España del período moderno. En su tiempo, el siglo XVII, Calderón no era el único que utilizaba los sueños y, en general, el soñar, como elemento esencial de la trama teatral, o de la reflexión filosófica. Unas décadas antes, el ensayista francés Michel de Montaigne aseguraba en uno de sus ensayos que «aquellos que han comparado nuestra vida a un sueño están totalmente en lo cierto: cuando dormimos estamos despiertos; cuando estamos despiertos, dormimos». Los llamados autores clásicos también estaban profundamente interesados en los sueños: desde Aristóteles y Platón hasta Artemidoro, Cicerón y San Agustín. Este interés por los sueños no se paró en los tiempos antiguos, sino que continuó durante el Renacimiento y la Ilustración (Montaigne, Descartes, Shakespeare, Locke, Hobbes, Kant, Leibniz).

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David Miller: Los valientes andan solos

Un cowboy en mitad del desierto evoca la libertad de un tiempo sin muros, vallas ni fronteras. Cuando se rodó Los valientes andan solos (Lonely Are the Brave, 1962), el viejo Oeste ya sólo era un tímido recuerdo, pero aún quedaban cowboys que sobrevivían conduciendo rebaños o participando en rodeos. Su existencia ambulante cada vez despertaba más recelos, pues se asociaba a un individualismo irreductible que solía desembocar en reyertas y conductas asociales. John W. «Jack» Burns, interpretado por un sobresaliente Kirk Douglas, pertenece a esa clase de hombres. No tiene domicilio ni un simple papel que acredite su identidad. Profundamente apegado a su caballo «Whiskey», duerme al raso y ha descartado formar una familia. Sólo se siente a gusto en campo abierto, sin otro techo que el sol y las estrellas. Quizá por eso Los valientes andan solos comienza con un plano general del desierto. Se trata de un espacio salvaje y casi ilimitado, sin vestigios de la civilización humana.

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Homo lupus versus Homo beatus

El comportamiento altruista y el destino de los genes que lo promueven ha sido objeto de intensos debates desde que Darwin enunciara su interpretación de la evolución de las especies. El problema reside en que el comportamiento altruista implica una disminución de las probabilidades de reproducirse y, por tanto, de transmitir los genes que lo propician; en consecuencia, dichos genes deberían haber desaparecido a impulsos de la propia selección evolutiva. Los avatares del problema y su solución han sido objeto de un acertado y muy profesional ensayo en estas mismas páginas. Básicamente, la interpretación actual de la selección de comportamientos sociales se resume en la llamada regla de Hamilton, según la cual un gen que promueve una determinada actividad social o comportamiento será seleccionado en función de tres factores: 1) el grado de parentesco entre el actor y el perceptor del comportamiento; 2) el efecto en la probabilidad de tener descendencia por parte del actor; y 3) la probabilidad de tener descendencia por parte del perceptor. Un ejemplo clásico de comportamiento altruista es el del joven que salva a un niño en un incendio al precio de perecer él mismo. 

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La buena oposición

El éxito de la moción de censura presentada por el PSOE de Pedro Sánchez, que ha convertido al PP en oposición y al PSOE en gobierno, ha llamado la atención acerca de las capacidades de los partidos que no ostentan el poder. Para explicarla, se ha hablado de la «deselección» teorizada por Pierre Rosanvallon, de las coaliciones negativas que aglutinan el rechazo a un líder o proyecto, e incluso de la «vetocracia» descrita por Francis Fukuyama: estado en que se coloca al sistema político cuando sus actores dejan de cooperar entre sí y emplean las instituciones para vetarse recíprocamente. Por mi parte, quisiera estudiar este asunto a partir de las reflexiones vertidas por el politólogo italiano Gianfranco Pasquino en un breve opúsculo publicado originalmente en 1995 (que aparece en España tres años después, en Alianza Editorial) y titulado sencillamente La oposición. Que el trabajo fuese publicado a mediados de los años noventa no le resta interés, sino quizá lo contrario: es lo bastante cercano para permitirnos apreciar aquello que haya podido cambiar desde entonces.

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Mademoiselle Baudelaire brilla por su ausencia

El lector decadente es un brillante bien tallado por lapidarios expertos, aunque con una mácula que hubiera sido evitable: su título. Un título casi tan solo justificado por el texto editorial de la contraportada, donde al final se nos dice que este libro presenta en nuestra lengua una cuidadosa recopilación de textos «que harán las delicias de todo buen lector “decadente”».

Pero ¿qué es un lector «decadente»? Si la referencia es a las mismas premisas que dieron nacimiento a una literatura decadente, estoy convencido de que los mismos lectores de estos autores compaginaban sus lecturas con las de la trilogía Lourdes Rome Paris de Émile Zola y los prólogos sapientísimos a las comedias de George Bernard Shaw. Es más: en el prefacio a la sección francesa se nos dice que el decadentismo fue un «epíteto peyorativo acuñado por la crítica académica para desautorizar a aquellos escritores dispuestos a romper con la tradición del naturalismo».

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Amargura de las simpatías interrumpidas

Me he acordado de la película tras leer el testimonio publicado en la red por Moses Farrow, hijo adoptivo de Woody Allen y Mia Farrow. El texto trata sobre las terribles acusaciones dirigidas por la segunda contra el primero: haber abusado sexualmente de Dylan Farrow, hija adoptiva de ambos, hace veinticinco años. Aunque dos investigaciones independientes concluyeron entonces que la acusación ?que nunca llegó a los tribunales? era falsa, Allen se ha convertido en los últimos meses en una víctima colateral del movimiento #MeToo. Bajo el nuevo clima cultural, los ataques a Allen por parte de su hija Dylan y la propia Mia Farrow han cobrado una sorprendente actualidad, recibiendo el respaldo de numerosas actrices de Hollywood. En una edición del programa matutino del domingo en la CBS, Oprah Winfrey se reunió ?tras su discurso de denuncia de la discriminación sexual en Hollywood durante la gala de los Globos de Oro? con actrices como Natalie Portman, Reese Witherspoon, Kathleen Kennedy o America Ferrara y, entre otras cosas, se convino allí que «había llegado la hora» para Allen. «Yo te creo», dijo Portman de Dylan, o a Dylan, ante la cámara. Otras actrices, como la aclamada Greta Gerwig, han anunciado que jamás trabajarán con Woody Allen a pesar de su vieja admiración por él. Y Amazon, obligada contractualmente a distribuir la película que Allen ha dirigido para el estudio, estudia la manera de romper lazos con él. Allen, en suma, está acabado.

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Poesía desde Auschwitz

No parece irracional comparar la Shoah con un gigantesco agujero negro, capaz de atrapar y anonadar a millones de inocentes, pero no es un símil convincente. Las leyes de la física no se cumplen en el ámbito del espíritu humano. En mitad de la negrura más terrorífica, casi siempre despunta la vida, exaltando la libertad, la compasión y la alegría. En su Diario de Praga (1941-1942), Petr Ginz escribe: «La simiente de una idea creativa no perece entre el barro y la mugre. Brota incluso allí y florece como una estrella refulgente en medio de la oscuridad». Mercedes Monmany, prestigiosa crítica literaria y notable ensayista, ha intentado explicarnos ese milagro en Ya sabes que volveré, un clarividente ensayo sobre tres extraordinarias escritoras asesinadas en Auschwitz: Etty Hillesum, Irène Némirovsky y Gertrud Kolmar. Monmany extrae el título de su obra de un fragmento de la correspondencia de Hélène Berr, una joven judía parisiense que murió en Bergen-Belsen con sólo veinticuatro años: «Volveré, Jean, ¿sabes?, volveré». Monmany no ha añadido dramatismo a unas historias insoportablemente trágicas. 

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In taberna quando sumus

Azorín defendió el ocio como herramienta propicia para la inspiración. Un ocio tranquilo, es cierto, consistente en no hacer nada más que sentarse en el banco de un parque a observar lo que ocurre alrededor. Las páginas no suelen escribirse de manera súbita, nada más plantarse uno ante el papel o la pantalla. Antes de que el negro se pose sobre el blanco, las ideas se entretejen en la mente mientras el escritor hace su vida, mientras reposa o mientras bebe. Es cierto que algunos de los dipsómanos que nos trae Javier Barreiro en este compendio escribían bajo los efectos más profundos del alcohol, pero el alcohol era también la lente con que veían el mundo que iban a contar. Es indudable que la vida alcohólica de todos ellos les sirvió para encontrar no sólo inspiración y sugestiones, como Azorín en los bancos de los parques, sino también una manera de forjarse la experiencia. Y la experiencia es la fuente de la que mana la literatura. Incluso en este libro, porque Barreiro se confiesa bebedor. Sin la experiencia propiciada por el alcohol, quizá podría haber escrito estas páginas minuciosamente documentadas, pero sin poner en ellas el entusiasmo y la diversión que logra transmitir a quien las lee.

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Gestos (y II)

La vida en Japón está marcada por gestos: cómo entregar la tarjeta de visita, la posición del vaso al brindar, la manera de envolver una compra o de entregar el paquete, el complejo mundo de las reverencias. Gestos rituales que conducen y facilitan la relación; ése es el sentido original en todas partes de las normas de educación y el protocolo, y en Japón unas y otro son severos y estrictos y comprenden casi todas las cosas de la vida.

Es una gestualidad profundamente vinculada a su lengua. Es cierto que el idioma conforma en todo caso nuestra personalidad ?nuestra manera de estar en el mundo? y parece diferente la mujer que habla inglés con acento neoyorquino que si, ella misma, hablara con el dulce acento del portugués carioca. No es, sin embargo, algo tan profundo lo que varía de una a otra como lo que cambia la «persona» del japonés cuando no habla su lengua. 

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Conversación en Beaver Lake

El deshielo ha decorado de verde el paisaje, las temperaturas rondan los treinta grados centígrados y el calor de junio de Minnesota se deja sentir debido a la alta humedad; hay bochorno. Los innumerables lagos incluidos en el perímetro urbano de las ciudades gemelas, Saint Paul y Minneapolis, han dejado de acoger a los patinadores sobre hielo y a los navegantes de los trineos a vela para dar paso a los bañistas que aprovechan las últimas horas de luz después de su jornada laboral para darse un baño en un lago cercano.
Estoy con Kaboré a la orilla de Beaver Lake. Hemos elegido la sombra para tomar unos refrescos que hemos llevado en la nevera portátil. Una especie de mosquitos, que no pican pero que abruman por su cantidad, hace que la sensación no sea tan placentera como podría ser. Cuando vine a Saint Paul me advirtieron contra el frío extremo de su invierno, pero éste resultó ser bastante tolerable: frío seco bajo cero, cielo azul, nieve amontonada durante meses, clima en extremo placentero bajo el anorak salvo cuando sopla el viento. En cambio, el verano está resultándome bastante molesto.

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Filosofía de la imbecilidad (I)

Me decía hace un par de semanas un amigo, profundo admirador de la obra de Forges, que le resultaba difícil asumir la perspectiva de la ausencia ?¡para siempre!? de esas viñetas suyas de El País con las que se desayunaba todos los días. «Me considero bastante crítico ?seguía diciéndome? y, en virtud de ello, tengo que confesarte que una colaboración diaria no hay quien la resista. Uno, aunque sea un genio, tiene por fuerza que repetirse. Y es verdad, por otro lado, que Forges no estaba ya en su etapa más creativa. Pero los que hemos sido forgesianos una vez, ya no podemos dejar de serlo. Aunque el maestro nos decepcione puntualmente, sentimos una adicción que nos lleva a buscar la genialidad al día siguiente. Y esta posibilidad es la que echaré tanto de menos». Yo, que no he sido tan forgesiano, lo entendía, porque en conferencias, artículos o en simples charlas cotidianas han sido también innumerables las veces que he echado mano de un chiste, una caricatura o un palabro forgesiano.

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