Archivo Revista de Libros

Cambio tecnológico y progreso social: ¿es posible un futuro mejor?

Estamos asistiendo a la materialización de unos procesos de innovación tecnológica que a todos nos sorprenden, no sólo por su relevancia, sino porque la velocidad con que se producen y se incorporan a nuestra vida diaria no tiene precedentes en la historia. Apple introdujo el iPhone hace diez años. Cuando todavía una de cada seis personas vive sin electricidad y más de la mitad de la población mundial no tiene acceso a Internet, el número de tarjetas SIM supera ya a dicha población. Resulta difícil mantenerse actualizado respecto a todas las innovaciones que se producen y, en el plazo de una vida, estamos viendo que los usos de las generaciones más jóvenes y las de mayor edad son bien diferentes, en términos de cómo establecen sus relaciones con otras personas, así como del modo en que difunden y reciben información. Los entretenimientos han cambiado drásticamente. Los hábitos de lectura también han cambiado, al igual que los sistemas de aprendizaje, en los que las plataformas online han entrado con fuerza y ofrecen posibilidades de formación antes impensables y llegan a lugares donde apenas existe infraestructura educativa.

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Normas para el parque agonista

Acaso nunca se había hecho tan evidente el contraste entre el ideal y la práctica democráticas. O, si se quiere, entre el funcionamiento óptimo del modelo representativo y las deficiencias que exhibe sobre el terreno. Ascenso del populismo, regreso del racismo y el nacionalismo, predominio del estilo político identitario, parálisis institucional, belicosidad cívica: los nubarrones se ciernen sobre una sociedad occidental que no termina de saber si esta vez es diferente o sólo está llevando sus temores demasiado lejos por efecto de la alargada sombra de los años de entreguerras. El recuerdo de aquel colapso da razones a quienes sostienen que no debemos alarmarnos, pues estamos lejos del extremismo antidemocrático exhibido entonces por fascistas y comunistas. Pero también cabe razonar inversamente que el deterioro de nuestras democracias es aún más preocupante existiendo aquel precedente, un trauma colectivo que quizá sirve para menos de lo que creíamos. 

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Los sueños y la historia

«Toda la vida es sueño», declamaba el príncipe Segismundo en la gran obra de Calderón de la Barca, y acababa uno de sus monólogos con esta afirmación: «y los sueños, sueños son». Se traen a colación estas palabras como una pequeña muestra del gran interés que suscitaban los sueños en la España del período moderno. En su tiempo, el siglo XVII, Calderón no era el único que utilizaba los sueños y, en general, el soñar, como elemento esencial de la trama teatral, o de la reflexión filosófica. Unas décadas antes, el ensayista francés Michel de Montaigne aseguraba en uno de sus ensayos que «aquellos que han comparado nuestra vida a un sueño están totalmente en lo cierto: cuando dormimos estamos despiertos; cuando estamos despiertos, dormimos». Los llamados autores clásicos también estaban profundamente interesados en los sueños: desde Aristóteles y Platón hasta Artemidoro, Cicerón y San Agustín. Este interés por los sueños no se paró en los tiempos antiguos, sino que continuó durante el Renacimiento y la Ilustración (Montaigne, Descartes, Shakespeare, Locke, Hobbes, Kant, Leibniz).

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Vargas Llosa, el erizo que se convirtió en zorro

Raymond Aron no se equivocó al señalar que el marxismo es el opio de los intelectuales. Aunque su afirmación, que sirvió de título a uno de sus ensayos más clarividentes, se gestó en 1955, no ha perdido un ápice de vigencia. La reflexión de Aron surgió en el contexto de la Guerra Fría, cuando la perspectiva de una confrontación entre las dos grandes potencias había ensombrecido el porvenir, desacreditando parcialmente a la Unión Soviética. Sin embargo, Jean-Paul Sartre, quizás el intelectual más influyente de su época, sostenía que el realismo exigía elegir entre capitalismo y comunismo. Y, ante esa coyuntura, no cabía otra opción que apoyar a la Unión Soviética, pues era el principal baluarte de la clase trabajadora. Los campos de concentración soviéticos eran deplorables, admitía Sartre, pero no desacreditaban al marxismo. La plasmación de una idea nunca es perfecta y, a veces, produce aberraciones, pero se trata de fenómenos transitorios y, tal vez, inevitables en un proceso de largo alcance. Albert Camus respondió que la existencia de los campos de concentración soviéticos no podía deslindarse del marxismo.

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El Dorado jamás ha existido

Ninguna otra obra de la inteligencia humana, excepción hecha del comunismo, ha mostrado tanta disparidad entre teoría y práctica como Internet. No es casualidad que la filosofía subyacente al Internet original, el de Tim Berners-Lee, Ben Shneiderman o Ted Nelson, fuera una mezcla de determinismo marxista, humanismo santurrón, comunitarismo jipi y contracultura freudiana. Una extraña amalgama adobada, también, con unas pocas gotas de utopía new age y un desconocimiento absoluto de la naturaleza humana.

Si las predicciones de los primeros teóricos de la cultura digital se hubieran hecho realidad, hoy en el mundo reinaría un beatífico socialismo del conocimiento. Una «democracia radical», en palabras de los marxistas digitales. En la práctica, tenemos una docena de zettabytes de información al alcance de seres humanos incapaces de gestionarla; monopolios inexpugnables en manos de media docena de mastodónticas empresas californianas.

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