Queridos lectores, suspendemos las publicaciones, como en años anteriores, hasta el 5 de Septiembre. ¡Feliz Verano!

El otro

Sucedió hace tres años. Al principio, pensé que fue un sueño; luego, creí que se había tratado de una alucinación. Las casas de pizarra de Algar de las Peñas, con su aspecto de animal prehistórico atrapado en el tiempo, abonaban la tesis de una experiencia estrictamente imaginaria, pero la nitidez y recurrencia de los recuerdos apuntaban que había sido algo real. 

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La solterona

-Bonita piscina –comenta Victoria-. Gracias por invitarnos a la inauguración. Los canapés están buenísimos. Cuidas hasta el último detalle.

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Transiciones ecológicas

«¿Cuántos vatios consume esta ciudad de los placeres?», pregunta la enviada especial del Kremlin al productor de cine que trata de seducirla apelando a los méritos de París, con el fin de retener así al compositor ruso con el que quiere hacer una película. 

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¿Estudiar o trabajar?

El pasado 28 de enero escuchábamos en Radio Nacional de España una noticia que causa preocupación, aunque no sea inesperada: el número de jóvenes que ni estudia ni trabaja ha aumentado durante el año 2020. Hoy ronda el millón de jóvenes con edades entre los 16 y 24 años, tras haber venido bajando desde el máximo que alcanzó en el primer trimestre de 2013, en el punto álgido de la crisis del empleo en general, con cerca de 1,7 millones.

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Las otras universidades, un debate del XIX y de hoy

Existe un amplio debate, desde hace tres décadas, que cuestiona el presente modelo universitario. Se trata de una discusión de raíces más profundas pero muy vinculada en estos años al ingente desarrollo de las nuevas tecnologías, la aceleración de la globalización y el predominio del paradigma ideológico neoliberal en la mayor parte del mundo. 

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Un poeta olvidado y un investigador brillante

Rodrigo Olay es doctor en Filología Hispánica, uno de los más prometedores miembros del Instituto Feijoo de Estudios del siglo XVIII de la Universidad de Oviedo, y secretario de redacción de la revista Cuadernos de estudios del siglo XVIII. Desde 2014 forma parte del equipo que, bajo la dirección de la profesora Inmaculada Urzainqui, se ocupa de la publicación de una monumental edición crítica de las obras completas de Benito Jerónimo Feijoo, reanudando un antiguo proyecto que tuvo su primera entrega (la Bibliografía) hace 40 años, y que se recuperó en 2014 con el primero de los 5 volúmenes de las Cartas eruditas y curiosas. No creo aventurado suponer que cuando ese proyecto esté terminado, la citada Bibliografía necesitará una reedición o, al menos, un suplemento.

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Los muertos

(Hace unos años, publiqué en un blog de la Revista de Libros varias conversaciones con mi gran amigo Tomás, que por entonces era mi vecino en el barrio madrileño de Ciudad Lineal. Habría querido transcribir más, pero él se fue de España y no nos vimos en mucho tiempo. Quizá es ocioso aclarar que Tomás no se llama Tomás. Por otra parte, escribo todo esto con su consentimiento expreso. Como en otras ocasiones, ha leído el borrador y ha precisado las citas y corregido algunas cosas, mejorando de forma caprichosa y un tanto deshonesta sus frases —aunque no demasiado—, e incluso haciendo más interesantes mis intervenciones, así que, en realidad, se trata de un texto a cuatro manos.  Por mi parte, como el estilo de la vida real es ilegible, he cortado, montado y editado para dar una sombra de dirección a un diálogo que, como es natural, tiende a la entropía. También he eliminado las abundantes maldiciones y obscenidades. Desde hace muchos años, escribo un diario meticuloso de mis cada vez más raros encuentros con amistades y otras personas interesantes, así que no tengo necesidad de inventar casi nada).

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Murakami: Fan Service

Para quienes nos gustan sus novelas –o, al menos, algunas de sus novelas–, Haruki Murakami puede ser un escritor difícil de defender. Sus dotes como prosista son, en el mejor de los casos, modestas; sus tramas tienen tendencia a lo espontáneo, deslavazado y simplista; sus diálogos parecen hechos de obviedades y pleonasmos, y sus intentos de sentido del humor no son convincentes, al menos en español y en inglés. Es, seguramente, el escritor vivo más odiado. En parte porque tiene mucho éxito (nadie odia a los escritores a los que nadie lee), pero, sobre todo, porque en sus libros hay algo que se presenta poderosamente como «no literario». Aun así, suele tener buenas críticas, es uno de los escritores mimados de revistas como The New Yorker y su nombre lleva años sonando para el premio Nobel.

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Un crítico amable

Contra todo pronóstico, E. M. Forster dio por terminada su carrera de novelista a los cuarenta y cinco años, con Pasaje a la India (1924), en opinión de muchos su obra maestra y, sin duda, la novela más popular de las cinco que publicó en vida. Dejó una sexta, de tema homosexual, en el cajón, y al parecer pasó a otras cosas sin grandes pesares. En los cuatro largos decenios adicionales que duró su vida, llevó a la imprenta cuentos, una biografía, crónicas de viaje, un libreto, teatro, conferencias y muchísima crítica literaria. Su fama, de hecho, no hizo sino crecer después de las novelas. Y, en los años de posguerra, Forster se consolidó como una versión muy británica del intelectual público: el literato amable, mezcla de asceta y activista, sabio y diletante, crítico y comunicador.

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Maldito Mayo del 68

El Mayo del 68 constituyó una verdadera revolución. Dejó una huella perdurable en la política, la moral y el arte. No aportó nada esencial. Más bien destruyó muchas cosas. En una época de bienestar y libertades, planteó la liquidación de la democracia burguesa, apuntando como alternativa la China de Mao. El Libro Rojo del Gran Timonel se convirtió en la biblia de los estudiantes amotinados. «Seamos realistas –se chillaba en las manifestaciones–. Pidamos lo imposible». Lo imposible, lo utópico, consistía en instaurar una «dictadura democrática» que acabara con el imperialismo y sus lacayos. No era una cuestión que debiera dirimirse en las urnas, con debates, programas y elecciones, sino en las calles y en las plazas, con barricadas y adoquines: «No vamos a reivindicar nada, no vamos a pedir nada. Tomaremos, ocuparemos».

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Del pasado que ni siquiera es pasado

París, miércoles 22 de mayo de 1968, espléndido día de primavera: Francia está paralizada. Los trabajadores se han apoderado de las fábricas, los estudiantes han tomado la universidad y las calles. Hasta las bailarinas del Folies Bergère están en huelga. Quieren acabar con el capitalismo, es decir, con el mundo existente. El Gobierno está a punto de caer. En el hotel Meurice, palacio de reyes y millonarios internacionales, debería celebrarse ese día el banquete en que se le entrega el premio Roger-Nimier al novelista ganador, un «tipo raro» ese año, un joven de pocas palabras: tarda diez minutos en armar una frase si consigue terminarla, y presumiblemente sea uno de esos gamberros que campan por el Barrio Latino tirando piedras a la policía. Su novela se llama La Place de l’Étoile (traducida al español como El lugar de la estrella). 

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Desde el púlpito

En 2014, muy al final de su carrera, James Salter dictó tres conferencias sobre el oficio de escribir de la Universidad de Virginia, donde había sido contratado en calidad de escritor residente. Salter murió poco tiempo después, y las charlas se recogieron en un librito más o menos conmemorativo publicado por University of Virginia Press, con un prólogo de John Casey ?amigo del autor, novelista y miembro de la universidad? que ponía las cosas en contexto y abultaba el texto hasta las ciento veinte páginas. El arte de la ficción reproduce esa edición póstuma, aunque, con buen juicio, los editores españoles han descartado el prólogo, y han incluido a modo de introducción un artículo de Antonio Muñoz Molina publicado originalmente en Babelia: «Leyendo las conferencias ?apunta este último? uno no puede creerse que esas palabras hayan sido escritas y dichas por un hombre de ochenta y nueve años». (Yo sí me lo creo.) Y lo interesante no sería sólo «el grado de lucidez que muestran y la agudeza de sus observaciones, sino el aire de asombro y de tanteo que irradia de ellas, de entusiasmo a la vez sobrio y romántico hacia el oficio de escribir y las posibilidades de la literatura».

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