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Si todo fuera tan sencillo

La salida de la crisis es algo relativamente sencillo, al menos para Krugman. La crisis es el resultado de una caída de la demanda agregada que ha generado un gran exceso de capacidad y altos niveles de desempleo. Esto, a su vez, ha resultado en un círculo vicioso en el que el creciente desempleo ha generado una mayor caída de la demanda. La solución pasa por revertir este círculo vicioso, convirtiéndolo en uno virtuoso mediante más gasto público que cubra, al menos en el corto plazo, la caída de la demanda para que eventualmente el sector privado, individuos y empresas, se anime a consumir e invertir. En esta versión simple del modelo keynesiano, el incremento del gasto público estabilizaría la actividad económica, evitaría una recesión prolongada y sería sustituido con el paso de los meses por demanda privada, teniendo un impacto relativamente modesto en el nivel de deuda pública a PIB. Cabe destacar que la prescripción del autor es sólo válida para Estados Unidos, ya que, como él mismo afirma en el brillante capítulo dedicado al viejo continente, los problemas de Europa son de distinta índole.

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Una belleza rusa

«Este año tienes tres estudiantes internacionales», me dice un colega que trabaja en la oficina del departamento donde enseño, al darme la lista de mi clase. «Y una es una rusa preciosa», remacha con un guiño cómplice. Dos días más tarde, en la primera clase, miro en derredor para localizar a esa belleza rusa que, así lo creo, se distinguirá fácilmente de las estudiantes chinas por su melena rubia casi albina, unos ojos claros y transparentes como un remanso inesperado en el río, y una piel blanquísima que mueva a la contemplación. Nunca he estado en Rusia, pero a veces miro la televisión de allí y veo mujeres como ésas. Aquí, en China, estoy escudriñando la clase en vano. No hay nadie así. Y empiezo a pasar lista dando por supuesto que Vera, que así se hace llamar la rusa en inglés, estará lamentablemente enferma o habrá tenido mejores cosas que hacer. Otro día será. Su nombre es el último de la lista y lo llamo por pura inercia, aunque sé que no responderá.

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¿Sobrevivirá la democracia?

El asunto de los desahucios ha revelado un malestar social que no dejará de crecer mientras persevere el paro y vayan en aumento los que están a la quinta pregunta, o a la séptima o la novena, y no sigo con los numerales por no aburrirles. Esto cae de por sí, o, como se decía antes, son habas contadas. Pero existe un segundo aspecto, un poco más secreto, y muy importante también. Muchas de las especies que se han oído con motivo de los desahucios revelan importantes diferencias sobre lo que significa la democracia. A esta vacilación objetiva se puede contestar de dos maneras: o afirmando que muchos andan legos en materia democrática, o reconociendo que la propia idea de democracia está afectada de una indeterminación objetiva. La tesis que voy a defender aquí es, más bien, la segunda: es más sencillo proclamarse demócrata que comprender con precisión a qué se ha apuntado uno después de haber hecho esa proclamación. La dificultad no estriba en que los ciudadanos de a pie, por falta de conocimiento o de luces, no hayan conseguido apresar bien el concepto.

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Ser o no ser la señora Bovary

«Una buena frase de prosa ha de ser como un buen verso: inalterable», decía Flaubert –y quizá tras ello se le ocurría que lo inalterable crea una soldadura entre forma y contenido de la que se desprende su condición intraducible–. Con esa sentencia vigilando su espalda, la traductora María Teresa Gallego ha tenido que hacerle frente al original de La señora Bovary. Habérselas con un texto que ha recibido el refrendo del recitado en voz alta, del estricto aquilatado de comas y guiones, y de la persecución de la rima interna en treinta líneas a la redonda sin duda exige valor y entrega. Pero, hoy, un traductor no dispone de cinco años para ocuparse de una novela tirando a corta como ésta, así que ha de poner ágil genio de oficio allí donde las musas se mostraron pacientemente minuciosas. Y andar con rápido y elástico paso de equilibrista sobre el hilo del estilo. 

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El aborto del abismo

Probablemente fue la generación que hizo la Transición la responsable de propinar los martillazos definitivos al último clavo del ataúd de Don Juan Tenorio. No me refiero al personaje, considerado con razón por Ian Watt como uno de los grandes mitos del individualismo moderno (al mismo nivel que Don Quijote, Robinson Crusoe o Fausto), que fue conformándose a partir de tradiciones que cristalizan en El burlador de Sevilla (1630; atribuido a Tirso de Molina), y cuya peripecia cultural se prolonga hasta nuestros días a través de una abigarrada progenie de libertinos de toda laya. Me refiero a su solemne representación estacional en los escenarios principales de nuestras ciudades, como imprescindible tradición vinculada a la festividad de Todos los Santos.

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Por Saigón con Darwin a cuestas (II)

Usar la moto en Saigón es una decisión ontogénica, es decir, se refiere a la adaptación de un organismo individual a su medio. Pero el tráfico en la ciudad no es sólo cosa de particulares. También afecta a la filogénesis o desarrollo evolutivo de las poblaciones. Los individuos formamos parte de ellas y, por tanto, las poblaciones compiten entre sí por recursos escasos en un medio ecológico que no han elegido libremente. En el caso de Saigón, la especie moto pugna con otras: camiones, autobuses, coches, ciclistas y peatones. Todas ellas se disputan espacios viarios muy limitados, al tiempo que tratan de imponerse a las demás y, eventualmente, de amoldarlas a sus necesidades. Por ahora, las motos ganan. Y así confirman las expectativas de Darwin de que algunos miembros de una población pueden hallar formas de adaptarse al medio con cambios que potencian su capacidad reproductiva. A la larga, esos cambios ontogénicos generan la aparición de nuevas poblaciones.

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Casas que nunca fueron nuestras

Desde la primavera –que en el levante español es tan colorista y embriagadora que parece darte la bienvenida a ti en especial y, en cada nueva ocasión, como si quisiera atraer y cautivar de uno en uno a todo ingenuo e ignorante que se le viene al paso– de 1994 hasta el otoño de 2004 viví en casas de campo, alquiladas por muy poco dinero y con mucha alegre incompetencia, junto a mi marido y nuestros perros. Él iba y venía a Madrid para dar sus clases y yo permanecía allí por afán contemplativo y porque tenía un trabajo que no necesitaba mi presencia en la ciudad. Esto me enfrentó a largos períodos de soledad, pero ahora no los recuerdo tristes, sino gozosos, aunque con toda certeza tuvieron que tener sus momentos de desconsuelo, ¡faltaría más! Madrid, donde vivíamos casi sin pensar, se vació dramáticamente de amigos a principios de los noventa. Volvías a los bares habituales y la barra estaba desierta.

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Diluvios

Ignoro en qué temprano momento los dioses adoptaron la muy humana costumbre de mentir. O tal vez sea que la mentira estuvo siempre inscrita en su naturaleza, como irrefutable prueba de su condición de criaturas forjadas por la imaginación y la angustia de los hombres. El célebre argumento ontológico de Anselmo de Canterbury, puesto patas arriba –si Dios, «ese ser del que no se puede concebir nada superior»–, es invención humana, entonces está contaminado por nuestras imperfecciones, es decir, puede ser mentiroso (entre otras cosas), aunque, en todo caso, siga gozando del privilegio de que, más allá de él, no hayamos encontrado (aún) nada superior. El Übermensch nietzscheano, un remedio para ateos melancólicos, sigue siendo poco más que pan voluntarista para hoy y hambre metafísica para mañana.

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¡Ah de la infancia, nadie me responde!

A menudo pienso en los niños. Sí, pienso mucho en esa fuente de vigor y rebeldía, gratuita y transitoria, y ello seguramente se debe a que no soy una devota y esforzada madre de quintillizos. Pero ese es otro cantar, que ahora me parece menos urgente. Se me ocurre que, de entre los muchos abusos y descuidos que se cometen a sabiendas –¿no saberlo hubiera sido mejor?– contra las indefensas criaturas, figura uno que no tiene perdón: a los niños se les echa a «la vida misma» como si no hubiese otra posibilidad. Les adjudicamos de entrada y sin consultarles una ilimitada capacidad de ensoñación; una inextinguible fuerza nativa, aún por doblegar, y creemos que su percepción melancólica –por interrogativa– de la realidad circundante, y hasta mareante, permanecerá intacta incluso en este despiadado mundo virtual de adultos infantilizados en el que hemos impuesto una especie de inmortal y birrioso «Pacto de las Imágenes»; una Rendición de Breda, pero sin lanzas ni caballos; sin emoción alguna. ¿Cómo podrán resistirse a ella? ¿Cómo se las arreglarán para vivir al margen de su hechizo abrasador?

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A cada cual lo suyo: la memoria histórica de Andrés Trapiello

La última novela de Andrés Trapiello tiene claras pretensiones pedagógicas, que el mismo escritor, en el juego de espejos dentro del que construye la narración, reconoce sin timideces. El protagonista, José Pestaña, trasunto evidente del mismo Trapiello, reflexiona al final del libro sobre la necesidad de recurrir a la ficción para recordar la historia –la historia de la guerra civil española, por cierto, que de ella y de sus recuerdos va el texto–, aun reconociendo que todavía no se ha producido la «Guerra y Paz» española, «el mesías de la literatura española». Y añade: «Si un día publicara la mía [ya está publicada, la tenemos en las manos, se llama Ayer no más] y los críticos se ocuparan de ella y le objetaran su modesto alcance y el carácter familiar, pedagógico y restringido de su relato en comparación con la inconmensurable epopeya española de la Guerra Civil, diría: tenéis razón».

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Por Saigón con Darwin a cuestas (I)

«¿Cómo se te ocurre andar en moto por Saigón con este tráfico enloquecido? Si estás pensando en suicidarte, hay otros métodos más eficaces y menos dolorosos». Sabias reflexiones de amigos que pasan por aquí, pero yo sigo en mis trece. Tal vez piensen que es otro vano intento de seguir bebiendo de la turbia Fuente de Juvencia, o que me dejo arrastrar por el fútil deseo de que los años pasen en balde. Se equivocan. Si sigo dándole a la moto, como otros tantos millones de habitantes de Saigón, es por algo bastante menos portentoso y más darwiniano: por las ventajas de la adaptación al medio.
Hay una razón elemental para que uno de cada tres vietnamitas utilice la moto como medio de trasporte. Una del montón, de ésas que se venden a millones, por ejemplo una Honda Super Dream 100cc como la mía, comprada nueva, cuesta unos setecientos cincuenta euros, alrededor del sueldo de tres meses de un profesor de enseñanza media, y dura muchos años. Llenar el tanque (3,7 litros) vale menos de tres euros y con eso se hacen algo más de doscientos kilómetros.

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El nacionalismo y Cataluña

En mi blog anterior dije algunas cosas sobre Cataluña y la democracia, y esto provocó algunas reacciones, las cuales me hicieron reaccionar a mi vez. He llegado finalmente a la conclusión de que no estaría de más volver a las fuentes y ponerse en claro sobre lo que significa el sentimiento nacionalista, cuáles son sus variantes, y qué pinta dentro de todo esto Cataluña. Intentaré no simplificar, por aburrido y por inútil. Dicho esto, abro fuego.

¿Es rechazable el nacionalismo? Sí y no, o según y cómo. Me arranco por un tipo de nacionalismo que ninguno de nosotros dudaría en calificar de aborrecible. En un manifiesto futurista de 1919, firmado por Marinetti, Boccioni y otros, se puede leer esta frase estupenda…

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Recordamos a nuestros suscriptores que, con ocasión del regreso al papel de Revista de Libros, el día 10 de diciembre, a las 19.00h., en la Fundación Ramón Areces, la escritora Elvira Navarro, el periodista cultural Jesús García Calero y el filósofo Javier Moscoso dialogarán sobre cómo se transforman los géneros literarios y cambian los lectores; sobre cómo, en nuestros tiempos, las ficciones conviven con realidades, ya sea en la historia o en la literatura, o cómo el formato, ya sea digital o material, determina nuestra relación con los libros y sus críticos.

El mundo del libro, ese maravilloso invento que nos acompaña desde hace milenios, sufre en la actualidad transformaciones en su diseño, en su público y en sus propósitos. Así que, mientras aprendemos a leer en diagonal en los formatos digitales, seguimos pasando páginas, cuestionando premios y jurados, formando comunidades y asociaciones, y anunciando una y otra vez la muerte del papel que, afortunadamente, nunca llega a producirse.

Elvira Navarro es escritora de fama internacional. Su última obra publicada es La sangre está cayendo al patio.

Jesús García Calero es periodista, director de ABC Cultural.

Javier Moscoso, profesor de investigación del CSIC, es director de Revista de Libros.

Premio a la mejor contribución, reseña o ensayo, para menores de 35 años.

Con objeto de fomentar y poner en valor la escritura y la lectura crítica entre jóvenes talentos, y con la colaboración de la Fundació Banc Sabadell, Revista de Libros convoca el premio «Nuevas voces» destinado a reconocer reseñas y breves ensayos publicados en nuestras páginas. El premio, de carácter anual, tendrá una dotación económica de 1.000 euros, que se entregarán en un acto institucional en octubre de este año.