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Textos de ocasión

Si a uno le gustan las novelas de Jonathan Franzen, tiene que ser paciente. En un cuarto de siglo, el autor ha publicado sólo cuatro, y nueve años separan las dos que han hecho verdadera mella en la literatura contemporánea: Las correcciones (2001) y Libertad (2010). La lentitud o, si se prefiere, la parsimonia forma parte de su figura de escritor serio, exhaustivo y panorámico; pero sería un error homologar a Franzen con, digamos, Thomas Pynchon, o algún otro sumo sacerdote literario que emerge una vez por década, con un tomo monumental bajo el brazo. Desde sus comienzos, Franzen ha combinado la ficción con el reportaje y los ensayos narrativos, que aparecen con bastante frecuencia en revistas como Harper’s y The New Yorker; y, tras el éxito masivo de Las correcciones, ha venido recopilándolos en libros de memorias (Zona fría, 2006) y misceláneas periodísticas: Cómo estar solo (2002) y, ahora, Más afuera.

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Juegos de azar

Pocos ámbitos culturales son tan sensibles a las efemérides como el de la música clásica, siempre presta a conmemorar muertes, nacimientos, estrenos, publicaciones: casi lo que sea. 2013 se presenta muy polarizado en torno a los bicentenarios de Giuseppe Verdi y Richard Wagner, pero 2012 se ha despedido sin haber recordado como merecía, al menos entre nosotros, a John Cage, nacido en Los Ángeles el 5 de septiembre de 1912 y una de las personalidades musicales (y no sólo musicales) más atractivas y singulares de un mundo en el que suelen rechinar planteamientos estéticos tan libres y radicales como los del estadounidense.

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Menos es más

La última obra de David Mamet, estrenada en simultáneo en Nueva York y Madrid, allí dirigida por el autor y aquí por José Pascual, le saca máximo provecho a un mínimo de elementos: dos actrices, un espacio cerrado, una sola conversación entablada en tiempo real. El montaje se contenta con apenas unos papeles sueltos, una lámpara, dos asientos y un escritorio de ángulos rectos, cuyo mayor efecto geométrico es partir la escena en dos, como una red divide una pista de tenis. Que vamos a presenciar un enfrentamiento se presiente antes de que las actrices abran la boca, pero algunos detalles de la escenografía indican que las oponentes no están en pie de igualdad. Uno nota los asientos: de un lado, un raído sillón de ordenador, de esos que se ven en oficinas públicas; del otro, una silla rígida, en la que nadie podría estar cómodo durante más de diez minutos.

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El estilo Obama

La configuración constitucional de los Estados Unidos se presta de manera casi obligada a la confrontación entre el legislativo y el ejecutivo, sobre todo cuando sus detentadores no pertenecen al mismo partido. El caudal de emociones vividas en los últimos días del año 2012 con motivo de lo que se vino en llamar, con cierta razón, el «fiscal Cliff», el «precipicio fiscal», ha sido una nueva manifestación de ello, ciertamente no la primera y, desde luego, tampoco la última: de aquí a dos meses como muy tarde volveremos a vivir el suspense derivado de la fijación del techo del endeudamiento federal y la enésima discusión sobre la limitación del gasto, aplazada esta in extremis el último día del año pasado cuando los protagonistas del juego se dieron cuenta de que sólo cabía la adopción de una limitada subida de impuestos a los más pudientes del país para evitar que los recortes impositivos adoptados hace diez años por la administración Bush caducaran y con ello pudiera producirse un significativo aumento tributario para toda la población. Pero si no es nuevo el drama, sí lo es –relativamente– la manera en que el presidente Obama lo encara, vive y soluciona.

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En Hong Kong, al filo

Soplaba viento del este, así que el piloto enfiló hacia el aeropuerto de Lantau por la ruta menos habitual: desde el oeste, por la desembocadura del río de las Perlas. Cuando eso sucede, el avión entra a baja altura justo por el centro del estuario de Hong Kong y la vista es prodigiosa. Aquél, me dije, era mi día de suerte, pues tenía un asiento de ventanilla y a babor, con una perspectiva privilegiada sobre la isla. Que se chinchen los de estribor, le digo a mi vecino de asiento, que tienen que contentarse con Kowloon, el flanco continental de la ciudad y bastante menos espectacular desde el aire. «Ah, ¿sí?», se revuelve, envenenado porque él va a quedarse sin ver ninguno de los dos lados de la ciudad, «pues te pierdes el International Commercial Centre (ICC Tower), que, con sus 484 metros, es el edificio más alto del territorio». Y el más rimbombante, so gandul. Kowloon ha querido ningunear a la isla de Hong Kong, pero en su pecado de soberbia lleva la penitencia. Esa torre es un vampiro acromegálico que empequeñece todo lo que la rodea y le sorbe la sustancia.

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Episodios del pasado

Más de un lector de la magnífica obra de Santos Juliá aquí reseñada podría preguntarse por el interés que justifica escribir un libro de 459 páginas para rememorar un episodio de la lucha antifranquista en el ya lejano decenio que transcurrió entre 1955 y 1965. Pues bien, la respuesta es un rotundo «si»; el libro tiene interés por dos razones: personal la una y general, de actualidad política, la otra. La primera se centra en el protagonista del libro –Javier Pradera (en adelante JP)–, no sólo porque fue un arriesgado luchador contra la dictadura franquista sino, también, porque una vez desaparecida esta, tuvo una larga y notoria carrera como analista político y brillante editor. A ello se añade una consideración general relevante: a saber, de la lectura del libro puede extraerse una advertencia pertinente para la actual izquierda política española: la conveniencia de no incurrir nuevamente en parecidos errores de análisis y de estrategia a los cometidos en esa década por el Partido Comunista Español (PCE) y minuciosamente descritos por Santos Juliá, condenándose –a pesar de sus generosos sacrificios personales– a repetir su relativa irrelevancia una vez consolidada la democracia representativa en nuestro país.

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Conversación con Marcos Giralt Torrente:
«Leo la realidad literariamente y supongo que eso también es ser un escritor»

De su penúltima obra, Tiempo de vida, se ha dicho que es «el discurso de un alma atribulada que busca la paz» (Santos Sanz Villanueva) y que constituye un intento de «domar el sufrimiento por medio de la escritura» (Rosa Montero). Aunque esa obra le permitió obtener el Premio Nacional de Narrativa en 2011, de Marcos Giralt Torrente (Madrid, 1968) y del portentoso estilo de sus libros se habla mucho y muy bien desde hace años, en particular desde que obtuvo el Premio Herralde de Novela con París, en 1999. Claro que ese estilo parece haber sido dejado de lado al menos parcialmente por el autor a la hora de escribir Tiempo de vida. En este diálogo, que forma parte del ciclo «Antología en movimiento», una serie de conversaciones públicas entre el escritor Patricio Pron y una selección de artistas de la escena madrileña contemporánea en la librería La Buena Vida, Giralt Torrente habla de ese estilo, de la «ficción sin invención» y de la exposición a la que siempre está sometido todo escritor, no sólo cuando éste escribe una obra autobiográfica.

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Neoliberalismo y corrupción

Atraviesa el cine una era de plomo, así que uno hace lo que puede. Recorre la cartelera con el índice, cavila un rato, y termina apuntándose a una película que le suena de algo, o que le suena a que debería sonarle de algo, o… Bueno, el caso es que acabé sentado frente a El capital, de Costa-Gavras. A Costa-Gavras le interesa la política, y sus alrededores, y se pronuncia sobre asuntos que están en el aire, como se dice en la radio. Yo recordaba, más o menos, La confesión, en que los malos son los comunistas satelizados por la Unión Soviética. Aquí, los malos son los ricachones que desencadenaron la crisis financiera de 2008. El capital se sitúa, por tanto, en la estela de Inside Job (un documental) o Margin Call (ficción). Ambos productos estaban muy conseguidos, fuera o no su diagnóstico acertado. El capital no lo está, cuestiones ideológicas aparte. Probablemente, Costa-Gavras conoció de primera mano el debate sobre el comienzo del fin del comunismo. Presumo que, a finales de los sesenta, se hablaba de esas cosas en París, cuya clase intelectual estaba saliendo del largo invierno (mental) del estalinismo.

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Rostro Pálido se trabaja el sudeste asiático

La mujer musitó algo en su lengua natal, así que no pude entenderlo, pero lo acompañó con un gesto inequívoco que, éste sí, resultaba obvio desde mucho antes de que se empezase a hablar del turismo sexual. Era el mismo que hace años, cuando uno era joven, usaban las pajilleras del Retiro madrileño y de seguro que las palabras ininteligibles serían también las mismas. «¿Le desahogo, señorito?». Por segunda vez me pasaba eso y las dos ocasiones sucedieron en alguna de las peluquerías del anterior aeropuerto de Bangkok, ése que ha cedido el paso al Suvarnabhumi de hoy (Suvanapum abrevian los locales): modernísimo, fosforescente, tetrafónico y sin peluqueras licenciosas. Juro, aunque pocos me crean, que el único placer que yo buscaba en aquellas peluquerías se limitaba al de arreglarme la barba, matando así el tiempo entre dos vuelos. Hay cosas mejores que someterse a manipulaciones de extraños en un espacio semipúblico y, llegado el caso, uno puede componérselas por sí mismo y a coste cero.

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Genio y figura

Este primer tomo de las Memorias del que fuera presidente del Gobierno de España, José María Aznar, ocupa el octavo lugar en el cómputo actual de su bibliografía. Cuando tantos historiadores españoles y foráneos se han quejado, con razón, de la escasa afición mostrada por los políticos hispanos a la hora de reflejar en el papel sus ideas y vivencias, cabe certificar que Aznar no se encuentra en el catálogo de los ágrafos. Más bien al contrario: su ya abundante producción escrita refleja una firme voluntad de presentar ante la opinión publica el armazón de sus convicciones y los motivos de sus decisiones y propuestas. Aznar es un político «con libro» –con ya ocho libros, cabría añadir–, voluntariamente comprometido a dejar constancia de las ideas que le guían y preocupado por extraer de ellas la coherencia externa e interna que, de manera evidente, ha querido que su servicio público tuviera.

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Por narices

Casi todos tenemos en nuestra lengua términos despectivos hacia eso que los cursis llaman el Otro. Muchos de ellos se dedican a los miembros de países y culturas diferentes y, como son desdeñosos, tratamos de mantenerlos para uso interno sin dejar que el Otro se entere. Los japoneses se refieren a los occidentales como gaijin y en Tailandia nos llaman farang. Ambos términos son, en principio, meramente descriptivos. Gaijin significa nada más que extranjero y farang parece que deriva de frank o francés, usado luego para todos los europeos y, en general, para todos los blancos. El desprecio en ambas palabras viene sobreentendido para los locales, pues tanto los japoneses como los tais consideran que los extranjeros, por serlo, son manifiestamente inferiores a la propia estirpe. Desde las guerras del opio los chinos se han referido a nosotros, con un desprecio veteado por el pánico, como los diablos blancos.

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Muchas historias posibles

Que nada es ni ha sido nunca inevitable; que la historia de España es resultado de múltiples azares, discontinua, compleja: si algún principio rige la construcción de esta historia mínima, pero en absoluto menor, de España es la conclusión a la que llega su autor en la última página del libro: muchas historias fueron posibles. Mueve a Fusi cierto afán por remachar que todo lo que nos cuenta pudo haber ocurrido de otra manera: que España pudo haber quedado de forma permanente dentro del mundo islámico, como Turquía, o pudo haber evolucionado como pluralidad de reinos hasta el siglo XIX, como Italia. Y que, si no fue así, no se debió a ningún designio ni a ningún destino, a ninguna fatalidad ni a ninguna diferencia, sino a una diversa mezcla de continuidades y rupturas, de aciertos y errores, de posibilidades cumplidas y de caminos truncados.

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Recordamos a nuestros suscriptores que, con ocasión del regreso al papel de Revista de Libros, el día 10 de diciembre, a las 19.00h., en la Fundación Ramón Areces, la escritora Elvira Navarro, el periodista cultural Jesús García Calero y el filósofo Javier Moscoso dialogarán sobre cómo se transforman los géneros literarios y cambian los lectores; sobre cómo, en nuestros tiempos, las ficciones conviven con realidades, ya sea en la historia o en la literatura, o cómo el formato, ya sea digital o material, determina nuestra relación con los libros y sus críticos.

El mundo del libro, ese maravilloso invento que nos acompaña desde hace milenios, sufre en la actualidad transformaciones en su diseño, en su público y en sus propósitos. Así que, mientras aprendemos a leer en diagonal en los formatos digitales, seguimos pasando páginas, cuestionando premios y jurados, formando comunidades y asociaciones, y anunciando una y otra vez la muerte del papel que, afortunadamente, nunca llega a producirse.

Elvira Navarro es escritora de fama internacional. Su última obra publicada es La sangre está cayendo al patio.

Jesús García Calero es periodista, director de ABC Cultural.

Javier Moscoso, profesor de investigación del CSIC, es director de Revista de Libros.

Premio a la mejor contribución, reseña o ensayo, para menores de 35 años.

Con objeto de fomentar y poner en valor la escritura y la lectura crítica entre jóvenes talentos, y con la colaboración de la Fundació Banc Sabadell, Revista de Libros convoca el premio «Nuevas voces» destinado a reconocer reseñas y breves ensayos publicados en nuestras páginas. El premio, de carácter anual, tendrá una dotación económica de 1.000 euros, que se entregarán en un acto institucional en octubre de este año.