Diluvios

Ignoro en qué temprano momento los dioses adoptaron la muy humana costumbre de mentir. O tal vez sea que la mentira estuvo siempre inscrita en su naturaleza, como irrefutable prueba de su condición de criaturas forjadas por la imaginación y la angustia de los hombres. El célebre argumento ontológico de Anselmo de Canterbury, puesto patas arriba –si Dios, «ese ser del que no se puede concebir nada superior»–, es invención humana, entonces está contaminado por nuestras imperfecciones, es decir, puede ser mentiroso (entre otras cosas), aunque, en todo caso, siga gozando del privilegio de que, más allá de él, no hayamos encontrado (aún) nada superior. El Übermensch nietzscheano, un remedio para ateos melancólicos, sigue siendo poco más que pan voluntarista para hoy y hambre metafísica para mañana.

Mentiroso también lo ha sido «nuestro» Dios –al menos el Yahvé con frecuencia tonitruant  y caprichoso del Pentateuco–. Ahí tienen, por ceñirme a lo que hoy me preocupa, aquella solemne promesa, efectuada sin que nadie se lo pidiera, después de haber desencadenado el cataclismo cósmico que arrasó con «toda carne» excepto la de Noé y los suyos: «No exterminaré ya más toda carne con aguas de diluvio, ni habrá más diluvio para destruir la tierra» (Génesis, 9: 11). Como señalaron los románticos (Byron, Hugo), aquella destrucción fue un acto gratuito, un capricho intolerable de un demiurgo que se había aburrido de su creación y podía permitirse el lujo de empezar de nuevo: «raeré los hombres, que he criado, de sobre la faz de la tierra, desde el hombre hasta la bestia y el reptil y hasta el ave de los cielos, porque me arrepiento de haberlos hecho» (6:7, traducción de Casiodoro de la Reina).

Desde entonces no han cesado los diluvios. El del huracán Sandy ha sido el último importante: ciento noventa y tres muertos, miles de vidas arruinadas, cincuenta billones de pérdidas, veinticuatro Estados afectados. Mi amiga Paloma Sarasúa, cuya casa (en Greenwich, Connecticut) se mantuvo en pie mientras el huracán arrancaba y transportaba por los aires los árboles del jardín, me cuenta espeluznada las horas angustiosas que pasó con su familia refugiada en el sótano, mientras se abrían las «compuertas del cielo» y volvían a juntarse las aguas sobre «el haz de la tierra».

Los dioses son, por tanto, los únicos que pueden permitirse el lujo de recurrir de vez en cuando a esas periódicas y radicales coladas que sirven para lavar lo que no les gusta: pretenden enmendar su creación con la excusa de que sus criaturas les salieron mal, torcidas, inicuas, como esos pintores que desgarran el lienzo porque se les antoja una torpe realización de sus sueños. El anhelo divino de regresar a un estado pre-creacional destruyendo a todos menos a los encargados de regenerar el germen de la vida (Noé y los inquilinos del arca, en el relato bíblico) está presente en todas las mitologías. Y, en todas, la narración tiene la estructura de un pequeño cuento (in)moral, con su advertencia incluida.

El dios Enlil, antediluviano y sumerio, fue uno de esos divinos caprichosos. El Poema de Gilgamesh (tablilla XI) se hace eco de la irritación que le causaba (¡atención!) el molesto ruido de los hombres que él y sus iguales habían creado. Se conoce que hablaban en voz alta o, quizá, que cantaban. A Enlil le gustaba el silencio y, seguramente, la quietud primordial de antes de que hubiera nada. Por eso decidió enviar allá abajo un diluvio que acabara con toda aquella molesta barahúnda. Menos mal que Ea advirtió a Utnapishtim, héroe inmortal, para que construyera un barco y se salvara con los suyos, para después, cuando cesaran «tempestad, diluvio y hecatombe», reconstruir la humanidad perdida. Algo parecido, por aproximar tradiciones, sucedió de nuevo cuando Zeus, indignado por la conducta impía de sus criaturas, decidió que ya era hora de acabar con ellas para crear una nueva raza humana superior a la primera. Sólo Deucalión, ayudado por su padre Prometeo –que a lo largo de su peripecia siempre nos dio pruebas de querernos bien–, se salvó con su mujer Pyrra, y gracias al consabido expediente de encerrarse durante el cataclismo en una cesta construida por él mismo. Luego, aplicándose a la tarea, reconstruyeron la humanidad a partir de ellos mismos. También somos sus hijos.

Pero, sin duda, el diluvio más incrustado en nuestro imaginario es el del Génesis (capítulos 6-9), que tan bien ilustró el grandilocuente Gustavo Doré, construido a partir de dos fuentes (las llamadas yavista y sacerdotal) que no se contradicen, aunque exhiben llamativas diferencias. Y es que ese relato, que refleja el más importante acontecimiento bíblico en la historia de la humanidad desde que nuestros primeros padres fueron expulsados con cajas destempladas del Paraíso, lo tiene todo: catástrofe provocada arbitrariamente, el arca con los náufragos escogidos, nuestros hermanos animales, la paloma con su ramita de olivo, el arco iris como símbolo de un acuerdo que las dos partes siguieron rompiendo.

Como para fiarse de los dioses, a los que seguimos sobrevalorando (bueno, a unos más que a otros). Más nos vale tener preparada la barquilla y un arcón impermeable con las cosas de primera necesidad y una Biblia para entretener la espera. La próxima vez tampoco será la última.

Ficha técnica

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