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Ciudad de ángeles (II)

«Y a ti, ¿no te daría corte que te viesen conmigo tus amigos? La gente que nos rodea, ¿no te tomará por lo que no eres?», le pregunto a una amiga tai, antigua estudiante mía, con la que estoy cenando esa noche. «Somos como tantas parejas de ésas que pasean por Sukhumvit, un farang entrado en años con una chica que podría ser su hija pequeña, si no su nieta. ¿Acaso la gente no pensará que lo único que nos une es la pasta que quieres sacarme y que te dedicas al amor venal?», le digo en broma.

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¿Nos representan los partidos?

¿Nos representan los partidos? La pregunta se ha hecho popular, popularísima. Y la respuesta atronadora –apenas contrariada por algunos bisbiseos periféricos– es «no», o mejor, «NO», o subrayando aún más el tono de repulsa y condena, «NO». Los partidos no nos representan. Sociológicamente, esta casi unanimidad aloja un significado muy claro: la gente, en mayor proporción cuanto más joven, empieza a querer que se vayan los que están. Los que están no son sólo los que están en el Gobierno, sino los que están en la política. Este deseo, en sí mismo, es absurdo. No se pueden ir todos los políticos al mismo tiempo sin que venga lo que los fascistas denominaban un «antipolítico». En el caso de la Italia de la inmediata posguerra –me refiero a la Gran Guerra–, el antipolítico resultó ser un político puro: Mussolini. Este es el peligro, un peligro que el movimiento internacional de los indignados –sí, puede hablarse ya de una indignación transnacional– enturbia con visiones y esperanzas escatológicas. Recomiendo encarecidamente una larguísima entrevista que Beppe Grillo, el primer indignado que va a decidir de verdad el curso de las cosas en un país grande, concedió a una cadena sueca. Está en YouTube, y la puede seguir cualquiera. Beppe Grillo afirma en la entrevista que la democracia italiana se curará de sus males –que son, de acuerdo, profundos e intolerables– cuando todos los italianos estén dentro del Parlamento, literalmente todos.

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Dennis Rodman juega al baloncesto con Kim Jong-un:
rnel vigor de los desalmados, o las paradojas del poder

Dennis Rodman, que fuera jugador de los famosos Bulls de Chicago, el equipo de baloncesto eternizado por la figura de Michael Jordan, acaba de realizar un viaje a Corea del Norte en el que ha tenido ocasión de confraternizar con el sátrapa local, hijo y nieto de la misma especie, Kim Jong-un. La extraña visita ha tenido lugar en el contexto de una gira de los Globe Trotters a la capital norcoreana patrocinada por una productora de televisión que responde al nombre de VICE –una predestinación como cualquier otra– y que está realizando una serie semanal para la cadena de televisión por cable HBO. Según las constancias gráficas del evento, Rodman y Kim Jong-un contemplaron codo con codo el partido de exhibición jugado entre el equipo estadounidense y un conjunto coreano, bien que ayudado este último por dos de los malabaristas jugadores estadounidenses. El resultado, qué casualidad, fue un cuidadoso empate a 110. El excéntrico Rodman, que luce en su cara un número indeterminado de piercings y ostenta un vestuario propio de los más estrafalarios predicadores del Hyde Park Corner londinense, parecía compartir con entusiasmo y placer la compañía del joven y obeso líder norcoreano, en esta ocasión dado a la fácil carcajada de camaradería compinche, por más que su atuendo habitual se limitara a la oscura y sobria vestimenta estilo Mao.

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Ciudad de ángeles (I)

De vuelta a Saigón tras un rápido e inesperado fin de semana en Bangkok. Me pasa con Bangkok lo que pasaba con París cuando vivía de joven en Madrid, y con Buenos Aires años más tarde siempre que llegaba allí desde Santiago de Chile. Piso Bangkok y me siento, por fin, en la capital. No comparto el entusiasmo ecologista por la Pacha Mama porque la naturaleza rebosa hormigas, mosquitos y otros bichos desagradables, y la sabiduría campesina me aburre. Me gustan las megalópolis, cuanto más grandes y modernas, mejor. Lamentablemente, aún no he podido llegarme a Chongqing, que, con sus cerca de treinta millones de habitantes, promete. Pero todo se andará. En la capital siempre hay aire acondicionado e Internet inalámbrico y mucha gente con sus millones de historias. Será por eso que, en cuanto puede, la gente del campo lía el petate y se manda mudar. O no. Me es igual. Lo que a mí me gusta es estar en la capital. Y Bangkok, en estos días, está estupenda, entre otras cosas, porque la economía de Tailandia es la que mejor funciona en el sudeste asiático.

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¿Dónde está el baño?
rnY otras dudas existenciales de un estadounidense en Madrid

Cuando el joven poeta Adam Gordon llega a Madrid procedente de Estados Unidos con una prestigiosa beca para hacer algo vagamente relacionado (ni él ni nadie saben muy bien qué) con la poesía española, no conoce España, y no habla castellano. Ni siquiera sabe en qué tipo de clima se mete, y se lleva una sorpresa poco grata al descubrir que ¡en Madrid hay invierno! Es el año 2004, y la novela sigue los encuentros y desencuentros de Adam con los madrileños y sus instituciones, museos, fundaciones, restaurantes, bares, etc. Antes de llegar a España, se creía un chico cosmopolita y culto, pero confiesa que ni siquiera sabía que Ortega y Gasset era una misma persona: «Busqué en Internet citas de Ortega y Gasset, de quien en otra época pensaba que era dos personas, como Deleuze y Guattari, Calvin y Hobbes» (p. 181).

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Oscar Wilde fue un hombre santo

Cuando visité el inevitable cementerio parisiense de Père Lachaise, una de las cosas que más me sorprendió fue el abigarrado mosaico de besos femeninos –o masculinos– estampados a golpe de pintalabios sobre el granítico monumento funerario bajo el que reposaba Oscar Wilde, a quien sus delicuescentes narraciones nunca me habían empujado a considerar un icono pop. Tras leer la excelente selección de sus ensayos realizada por Lumen y titulada, misteriosa pero atinadamente, El secreto de la vida, entiendo perfectamente la pasión y gratitud contemporáneas que sabe despertar este pionero de casi todo, en quien tantos veneran al protomártir de la causa gay o a la encarnación insuperada del dandismo y a quien, sin embargo, haríamos un gran favor juzgándolo estrictamente por sus escasas y siempre lúcidas palabras, cuya exigencia ética y estética no puede chocar más con los melifluos programas de la posmodernidad, la propia democracia y la cultura popular.

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Comunistas, sí, pero vietnamitas

Hace muchos años que no paso por Lugano y tal vez la memoria me traicione, pero recuerdo haber visto en algún lugar de la ciudad una de esas estatuas épicas que tanto gustaban antes de las guerras mundiales, con una leyenda terminante: Liberi ma Svizzeri (Libres pero Suizos). Más tarde pude saber que Liberi e Svizzeri había sido un movimiento antifascista que se resistía a formar parte de la Italia irredenta que Mussolini quería incluir en su gran Italia. Los suizos del Ticino podían sentirse satisfechos de su parentesco lingüístico, pero se resistían a ser asimilados por sus, a la sazón, ambiciosos vecinos, como se resisten hoy a la fusión con la Lombardía que proponen algunos visionarios del sur.

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De qué hablamos cuando hablamos de traducción

En las dos últimas décadas, los índices bibliográficos de la traductología y la teoría de la traducción no han cesado de expandirse. La carrera de traducción, que no sólo enseña recetas prácticas, sino que familiariza a los estudiantes con investigaciones eruditas, ha colonizado los departamentos de las universidades, y en muchas de ellas es habitual celebrar congresos, residencias y encuentros de traductores. Es notoria, sin embargo, la escasez de libros sobre traducción dirigidos al gran público. Y es difícil pasar por alto la ironía: pocos traductólogos se dignan verter a un idioma natural la abstrusa lingua academica en que suelen expresarse.

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Tet

La mayoría de la gente de mi edad oyó por primera vez la palabra Tet en 1968. Si 1963 fue un annus mirabilis, al menos para Philip Larkin («El acceso carnal empezó / en mil novecientos sesenta y tres / (un poco tarde para mí) / cuando el veto a Chatterley se acabó / y los Beatles sacaron su primer elepé»), para quienes a la sazón nos sentíamos tentados por el radicalismo los primeros meses del 68 fueron preternaturales. Estallaban los événements de París y la Primavera de Praga; crecía la oposición a la guerra de Vietnam en las universidades estadounidenses; Lyndon Johnson se veía obligado a retirarse de la carrera presidencial de ese año; las movilizaciones universitarias en Madrid, aunque fueron de menor cuantía, nos parecían –oh wishful thinking!– el prólogo de un enfrentamiento generalizado con el franquismo. Y Elvis Presley volvía a dar conciertos con su ’68 Comeback Special. Y el vuelo de Bob Beamon en los Juegos Olímpicos de México. ¿Quién podría negarnos que el momento que esperábamos, nuestro kairós particular, estaba al caer, aunque no supiéramos muy bien en qué consistía?

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¡Parzival!

Parsifal ocupa un lugar de excepción en la producción de Richard Wagner, y no sólo por ser su última creación, sino por el papel que él decidió reservarle, antes y después de su muerte. Cuidadoso con las denominaciones que elegía para sus obras, Wagner bautizó Parsifal como Bühnenweihfestspiel. Nada que ver, por tanto, con usos anteriores más convencionales: «Gran ópera romántica» (Große romantische Oper: Die Feen y Tannhäuser), «Gran ópera cómica» (Große komische Oper: Das Liebesverbot), «Gran ópera trágica» (Große tragische Oper: Rienzi), «Ópera romántica», a secas (Romantische Oper: Der fliegende Holländer y Lohengrin), o Handlung, entendida como «acción» dramática (Tristan und Isolde) o cómica (Die Meistersinger von Nürnberg). Sí que se halla muy cerca, sin embargo, y casi lo roza, del título final que dio a su tetralogía, Der Ring des Nibelungen, caracterizada como Bühnenfestspiel für drei Tage und einen Vorabend, esto es, «festival escénico en tres jornadas y una víspera». Pero Wagner insertó entre medias un elemento semántico crucial: weih, del verbo weihen (consagrar). A menudo se lee que Parsifal es un «festival escénico sacro», pero eso desvirtúa de manera sustancial la intención original de su autor. Se es mucho más fiel al sentido del término, y al propósito último de Wagner, si se traduce como «obra escénica para la consagración de un festival».

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Familias infelices

Es materia opinable si las familias felices se parecen unas a otras, o si las desdichadas lo son cada una a su manera, pero la infelicidad es fundamental en cualquier drama que se ocupe de esa difícil unidad humana. Si la infelicidad es un pesar pasajero, un escozor que incita a la acción, tendremos una comedia, que termine en boda y, por ende, en una nueva familia; si no hace más que ahondarse, o extenderse, tendremos una tragedia, que, por supuesto, comporta la destrucción de una familia: Medea acuchilla a sus hijos, Clitemnestra muele a palos a su marido, Fedra se cuelga tras la muerte de su hijastro, etc. Las tres obras reseñadas son de este segundo tipo, aunque no se limitan a la tragedia familiar. Artaud, al referirse a la suya, afirma hablar «no de hombres, sino de seres, que son cada uno como grandes fuerzas que se encarnan y que conservan del hombre sólo lo que hace falta para resultar plausibles desde el punto de vista psicológico». Es una manera un poco exaltada de decirlo. Otra sería que los personajes de las tres, como miembros de una célula cerrada, se hacen eco de dilemas políticos y morales propios de la sociedad en su conjunto.

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Un perfecto europeo.
De la ópera a la novela

Por lo visto, el libro de Peter Stephan Jungk es un libro sobre Disney. Desde luego, no lo vamos a negar. Quien prefiera una novela histórica a una biografía, descubrirá muchas cosas sobre el tío Walt. El americano perfecto está hecho de ficción, pero también contiene mucha verdad. Los datos que revela Jungk se conocían, pero la forma de organizarlos es imaginativa y reveladora. Las criaturas fabricadas por Disney, lo sabe el mundo, son entrañables, pero Disney fue un señor un poco raro. Probablemente, el libro de Jungk conecta más con las biografías de Richard Schinkel y Bob Thomas. Pero eso es lo de menos. Lo interesante es que Jungk tiene mucha imaginación, y lo llamativo es lo que acaba haciendo con los hechos, a saber: recrea los últimos meses de la vida de un Disney que presiente, pero de algún modo niega, su propio final. Un Disney que se empeña en ser inmortal (aunque sea congelado), pero que, por primera vez, se ve obligado a mirar hacia atrás y, sobre todo, a mirar dentro de sí mismo (algo a lo que no estaba acostumbrado).

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Recordamos a nuestros suscriptores que, con ocasión del regreso al papel de Revista de Libros, el día 10 de diciembre, a las 19.00h., en la Fundación Ramón Areces, la escritora Elvira Navarro, el periodista cultural Jesús García Calero y el filósofo Javier Moscoso dialogarán sobre cómo se transforman los géneros literarios y cambian los lectores; sobre cómo, en nuestros tiempos, las ficciones conviven con realidades, ya sea en la historia o en la literatura, o cómo el formato, ya sea digital o material, determina nuestra relación con los libros y sus críticos.

El mundo del libro, ese maravilloso invento que nos acompaña desde hace milenios, sufre en la actualidad transformaciones en su diseño, en su público y en sus propósitos. Así que, mientras aprendemos a leer en diagonal en los formatos digitales, seguimos pasando páginas, cuestionando premios y jurados, formando comunidades y asociaciones, y anunciando una y otra vez la muerte del papel que, afortunadamente, nunca llega a producirse.

Elvira Navarro es escritora de fama internacional. Su última obra publicada es La sangre está cayendo al patio.

Jesús García Calero es periodista, director de ABC Cultural.

Javier Moscoso, profesor de investigación del CSIC, es director de Revista de Libros.

Premio a la mejor contribución, reseña o ensayo, para menores de 35 años.

Con objeto de fomentar y poner en valor la escritura y la lectura crítica entre jóvenes talentos, y con la colaboración de la Fundació Banc Sabadell, Revista de Libros convoca el premio «Nuevas voces» destinado a reconocer reseñas y breves ensayos publicados en nuestras páginas. El premio, de carácter anual, tendrá una dotación económica de 1.000 euros, que se entregarán en un acto institucional en octubre de este año.