Del 11 al 17 de abril, la revista descansa por Semana Santa

Profeta de sí mismo

Recientes aún en la memoria los mejores momentos del Tristan und Isolde recreado escénicamente por Peter Sellars y Bill Viola, e imborrable el recuerdo del Parsifal historicista en versión de concierto dirigido por Thomas Hengelbrock, resulta casi extraño enfrentarse en el Teatro Real a este Lohengrin, una ópera que, de alguna manera, preparó el camino de ambas, pero en la que casi cuesta identificar al mismo compositor. 

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La sinrazón

Después de un concierto muy exigente en todos los sentidos, como fue el protagonizado por el clavecinista alemán Andreas Staier, el ciclo Universo Barroco, del Centro Nacional de Difusión Musical, quién sabe si a modo de compensación, se ha pasado al extremo contrario. De un programa trazado casi con tiralíneas, con conexiones subyacentes sólo al alcance de los más avezados, se ha pasado a un auténtico totum revolutum destinado a hacer las delicias del gran público.

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La espuma francesa

Estar recluido en un radio geográfico muy limitado a lo largo de toda su vida, no haber puesto jamás un pie en el extranjero o carecer siempre de una posición económica desahogada no fueron obstáculos para que Johann Sebastian Bach fuera uno de los músicos mejor informados de su tiempo.

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La furia creadora

De todos los grandes liederistas del siglo XIX, Robert Schumann fue el que comenzó más tarde a cultivar el género. El dato resulta especialmente sorprendente, porque él fue, con mucho, el de talante más poético y literario de entre sus compañeros. Es bien sabido, por ejemplo, que le gustaba imaginarse escindido en dos mitades, que el propio compositor bautizó con los nombres de Eusebius (el ser nostálgico e introspectivo) y Florestan (el hombre apasionado).

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Antes muerto que sencillo

En su última ópera, Capriccio, estrenada en la Staatsoper de Múnich en 1942, Richard Strauss, ajeno en apariencia al horror que estaba asolando Europa, quiso reflexionar justamente sobre el propio género operístico y sobre la eterna cuestión de cómo conjugar música y palabra. ¿Es posible lograr el equilibrio entre una y otra? ¿Cuál de las dos debe prevalecer?

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¿Quién soy yo?

En 1735, Johann Sebastian Bach empezó a redactar un fascinante documento que tituló Ursprung der musicalisch-Bachischen Familie (Origen de la familia musical de los Bach). No sabemos qué motivos le indujeron a escribirlo, pero cuesta creer que pueda ser casual que lo acometiera justamente el año en que coronaba su primer medio siglo de vida. 

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El discreto encanto del Barroco

Los intérpretes y organizadores de conciertos han encontrado en el Barroco, o en cierto Barroco, un verdadero filón: saben que, al reclamo de nombres como Purcell, Haendel, Bach o Vivaldi, las salas se llenan y el público acude en masa con el aplauso a flor de piel. No siempre fue así, por supuesto, y con contadas excepciones la música barroca cayó en el más absoluto de los olvidos durante décadas.

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Crisis, ¿qué crisis?

Desde hace años, la Fundación Juan March se ha erigido en uno de los primeros productores netos de conciertos en Madrid. Los hay casi todos los días, para todos los gustos y para todos los públicos, desde los destinados a escolares hasta ciclos monográficos que suelen huir de las soluciones manidas y que a veces están articulados a partir de ideas o conceptos, al menos sobre el papel, minoritarios. 

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Humo

Concluida la última nota de esta ópera, un Fa sostenido en fortissimo cantado por el personaje de Ennis del Mar en solitario tras un rotundo acorde de arpa, piano y percusión, y descendido ya el telón, no es fácil adivinar qué ha podido atraer hasta su estreno en Madrid a decenas de críticos musicales extranjeros y a un puñado de directores de teatros de ópera internacionales.

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El viaje a ninguna parte

Hacia 1823, Franz Schubert contrajo la sífilis y, casi al mismo tiempo, conoció la colección de poemas de Wilhelm Müller Die schöne Müllerin (La bella molinera), que debió de producirle un súbito sentimiento de identificación con su desdichado protagonista, que acaba por quitarse la vida ahogándose en el arroyo que hasta ese momento había ejercido de confidente de sus desdichas.

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Arde el mar

“¡Niña! ¡Este Tristan está convirtiéndose en algo espantoso! ¡¡¡Ese último acto!!! Tengo miedo de que la ópera se prohíba, a no ser que una mala representación convierta todo en una parodia. ¡Sólo pueden salvarme las representaciones mediocres! Las absolutamente buenas harán que la gente enloquezca a buen seguro. No puedo imaginarlo de otro modo”. 

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Melancolías

La melancolía, «una enagenacion de entendimiento, o razon sin calentura», como la definió entre nosotros Tomás Murillo en su Aprobacion de Ingenios, y Curacion de Hipochondricos, con observaciones y remedios muy particulares (1672), fue la enfermedad de moda en la Inglaterra isabelina. Uno de los cuatro humores, «el que más bravos y terribles accidentes haze en los cuerpos humanos», al decir de Andrés Velásquez en su Libro de la Melancholia (1585), afectó especialmente a poetas y músicos, que vieron en la bilis negra y sus consecuencias una fuente de inspiración de primer orden. 

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