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En su última ópera, Capriccio, estrenada en la Staatsoper de Múnich en 1942, Richard Strauss, ajeno en apariencia al horror que estaba asolando Europa, quiso reflexionar justamente sobre el propio género operístico y sobre la eterna cuestión de cómo conjugar música y palabra. ¿Es posible lograr el equilibrio entre una y otra? ¿Cuál de las dos debe prevalecer? ¿Prima la musica, poi le parole, o viceversa? Un compositor, Flamand, y un poeta, Olivier, reivindican cada uno de ellos la primacía de lo suyo, aunque ambos se topan con frecuencia con La Roche, el director teatral responsable de llevar a escena el producto final elaborado por uno y otro. Strauss sabía de lo que estaba hablando, y no sólo porque andaba ya cerca de ser octogenario, sino porque antes de despedirse con lo que bien podría calificarse de metaópera había escrito nada menos que catorce contribuciones al género, entre las que figuran algunas obras maestras incontestables, como Salome, Elektra, Der Rosenkavalier, Die Frau ohne Schatten o Arabella.

En la novena escena de Capriccio, los tres personajes citados, una actriz (Clairon) y los anfitriones de todos ellos, dos jóvenes hermanos aristócratas (un conde y una condesa), se encuentran enzarzados en una discusión sobre la dicotomía entre palabra o música, que Strauss, tan apropiada como humorísticamente, decide tratar en forma de fuga, a fin de otorgar a los diversos antagonistas voces individualizables pero, por fuerza, interrelacionadas. Él mismo bautizó Capriccio como una Obra conversacional con música (Konversationsstück für Musik), de modo que en no puede causar extrañeza alguna que los personajes se pasen la ópera dialogando y defendiendo sus posiciones en rápidos intercambios. En un momento dado, después de oír cómo se ridiculizan algunas de las convenciones operísticas más enraizadas («morirse cantando un aria» o «propinar melódicamente puñaladas»«daß man in der Oper mit einer Arie stirbt», «Dolchstiche werden melodisch verabreicht».), la condesa Madeleine dice: «En Gluck las cosas son diferentes. Él guía a los poetas, él conoce la pasión de nuestros corazones y despierta en ellos fuerzas ocultas»«Bei Gluck ist es anders. Er führt die Dichter,er kennt die Leidenschaft unsres Herzens und er erweckt in jenen verborgene Kräfte».. En el ingenioso libreto, del propio Richard Strauss y del director de orquesta Clemens Krauss, no aparece citado ningún otro compositor: ese privilegio queda reservado únicamente para el autor de esta Alceste que acaba de representarse en el Teatro Real.

Es conveniente retener esa primera frase de Madeleine: «En Gluck las cosas son diferentes». Esto se puso por primera vez de manifiesto en 1762, el año en que se estrenó en el Burgtheater de Viena Orfeo ed Euridice, fruto de la primera colaboración entre Christoph Willibald Gluck y el poeta y libretista Rainieri de’ Calzabigi. Ambos dieron forma, partiendo del mismo tema mitológico que había inspirado las primeras óperas en Florencia a finales del siglo XVI y comienzos del XVII, a un producto que era, formal y estilísticamente, revolucionario. Se habían propuesto purificar el género, víctima de excesos indeseables y de la tiranía de los cantantes, y prosiguieron su labor reformadora con otras dos óperas: Alceste (1767) y Paride ed Helena (1770). Alceste, como Orfeo, conoció una segunda vida en francés y Gluck introdujo no pocos cambios cuando ambas se estrenaron, pocos años después, en la Ópera de París. La edición de Alceste llegaría también muy pronto, en 1769, y la partitura se vio precedida de una carta firmada por Gluck (aunque fue escrita muy probablemente al alimón con su libretista, o incluso íntegramente por este) y dirigida al gran duque de Toscana, el futuro emperador Leopoldo II. La carta tiene todos los visos de ser más bien una proclama, un manifiesto: «Cuando me dispuse a componer la música de Alceste, me propuse despojarla por completo de todos esos abusos que, introducidos bien por la vanidad mal entendida de los cantantes, bien por la excesiva complacencia de los compositores, desfiguran desde hace tanto tiempo la ópera italiana, y que han hecho del más fastuoso y hermoso de todos los espectáculos el más ridículo y el más tedioso. Pensé en restringir la música a su verdadera función de servir al poema en la expresión y en las situaciones de la historia sin interrumpir la acción o enfriarla con ornamentos superfluos e inútiles. […] No he querido, por tanto, ni detener a un actor en el mayor ardor del diálogo para hacerle aguardar un tedioso ritornello, ni pararlo a mitad de palabra sobre una vocal favorable, o hacer ostentación de su hermosa voz en un largo pasaje de agilidad, o esperar a que la orquesta le dé tiempo de recobrar el aliento para una cadencia […]; en suma, he intentado desterrar todos esos abusos contra los que el sentido común y la razón llevan clamando en vano desde hace tanto tiempo»«Quando presi a far la musica dell’Alceste mi proposi di spogliarla affatto di tutti quegli abusi che, introdotti o dalla mal intesa vanità dei Cantanti, o dalla troppa compiacenza de’ Maestri, da tanto tempo sfigurano l’Opera italiana, e del più pomposo e più bello di tutti gli spettacoli, ne fanno il più ridicolo e il più noioso. Pensai restringere la musica al suo vero ufficio di servire la poesia, per l’espressione e per le situazioni della favola, senza interromper l’azione o raffreddarla con degli inutili superflui ornamenti […].Non ho voluto dunque né arrestare un attore nel maggior caldo del dialogo per aspettare un noioso ritornello, né fermarlo a mezza parola sopra una vocal favorevole, o a far pompa in un lungo passaggio dell’agilità di sua bella voce, o ad aspettare che l’Orchestra gli dia il tempo di raccorre il fiato per una cadenza. […] insomma ho cercato di sbandire tutti quegli abusi de’ quali da gran tempo esclamavano invano il buon senso, e la ragione».. El historiador de la música inglés Charles Burney visitó a Gluck en su casa de Viena en septiembre de 1770 y en su diario de viaje quiso dejar también constancia de la trascendencia de esta carta. En ella el compositor explica «sus razones para apartarse del camino trillado, y lo hace con una fuerza y libertad tales»«and has given his reasons for deviating from the beaten track, with so much force and freedom». que Burney decidió ofrecer gran parte de su contenido a sus lectores.

No es, por tanto, Alceste, admirablemente explicada por el musicólogo Álvaro Torrente en el programa de mano, una ópera cualquiera y las aproximaciones escénicas a ella deberían intentar remedar siempre esa claridad y esa «hermosa sencillez» que el propio Calzabigi menciona como los principales objetivos de libretista y compositor. Pedirle sencillez, sin embargo, a algunos directores de escena actuales, cómodamente instalados en el «todo vale» del Regietheater, parece un imposible. Ellos piensan que están ahí no para acercarnos las obras del pasado sino, fundamentalmente, para hacerse notar, para rizar el rizo, para cuadrar el círculo. El polaco Krzysztof Warlikowski ya había mostrado sus credenciales en Madrid con espectáculos como Poppea e Nerone, de triste recuerdo. Se siente cómodo en la transgresión, la provocación, y no pudo ocultar su sonrisa –y, a tenor de su expresión, casi podría añadirse que su placer– cuando fue abucheado de manera inclemente y prolongada por gran parte del teatro cuando salió a saludar con su escenógrafa al concluir la representación objeto de este comentario. Los directores de escena suelen limitar su aparición pública a los estrenos, pero el polaco, aun a sabiendas de que los espectadores se ensañarían con él, como habían hecho en las funciones anteriores, salió, pertrechado sólo con su gorra, a encarar risueñamente las andanadas que le llegaron desde norte, sur, este y oeste.

Alceste trata esencialmente de la muerte, de sacrificar y renunciar a la vida propia para salvar la del ser amado, y el destino ha querido que Gerard Mortier, el gran valedor de Warlikowski, el que lo sacó y dio a conocer fuera de las fronteras de su Polonia natal, haya muerto en plena serie de representaciones de la ópera. Esto que acabamos de ver es, por ello, parte aún de su legado, que el tiempo se encargará de valorar y de cribar. Como ha sucedido hace poco con otra de las creaciones que alentó, Brokeback Mountain, cuesta augurar a esta producción de Alceste algo que vaya más allá de una existencia efímera, aunque hay teatros deseosos de contratar todo aquello que haya sido abucheado y haya suscitado críticas encendidas. Warlikowski ha decidido convertir a la protagonista en Lady Di y se encarga de remachárnoslo desde un principio con una larga entrevista (filmada en el hotel Ritz de Madrid) que remeda la famosa confesión de la princesa de Gales ante las cámaras de la BBC en noviembre de 1995, de la que se toman literalmente fragmentos tanto de las preguntas de Martin Bashir como de las respuestas de la aún esposa de Carlos de Inglaterra. Angela Denoke –alemana– hace todo lo posible por emular el acento británico, el aire melancólico e incluso las poses corporales de Lady Di. Está caracterizada como ella y sólo escuchamos los primeros compases la ópera una vez acabada esta entrevista ficticia, un vídeo que desprende un tufillo mucho más justificativo que aclaratorio.

Los puristas habrán renegado sin duda de semejante parche añadido, que se hace largo y tedioso, pero nada resultaría objetable en sí mismo si lo que allí se nos cuenta, o se nos insinúa, tuviera continuidad en lo que vemos a continuación. Pero lo cierto es que, aparte de una cierta ambientación británica, y del vestuario y la peluca de la protagonista, nada de lo que luego sucede guarda la más mínima conexión con la suplantación de personalidad urdida por Warlikowski. Los personajes cantan en francés (se utiliza la versión de París), pero en varios momentos les hace dialogar (en pequeñas morcillas añadidas por su cuenta y riesgo) en inglés, no vaya a ser que nos hubiésemos olvidado para entonces de que estábamos hablando de la familia real británica, no de unos lejanos reyes griegos. En medio de la tercera escena del segundo acto, mientras Admète expresa su dolor y sus temores («Tu pleures? Je tremble»), su madre, otro aditamento de Warlikowski, ataviada con un vestido de lamé dorado, se arranca a bailar aflamencadamente, vaya usted a saber por qué (no parece plausible que ninguno de sus habitantes tenga este vicio oculto en el palacio de Buckingham), y así se mantiene luego, apartada del resto, durante buena parte de la escena. Tampoco sabemos si, en el improbable caso de que esta producción viaje más allá de nuestras fronteras, Warlikowski tiene previsto sustituir los movimientos flamencoides por otra danza más arraigada en el país de desembarco. En realidad, según va avanzando la representación, cada vez sabemos y comprendemos menos cosas de las que vemos. Y los vídeos, casi todos en blanco y negro, que se proyectan de vez en cuando, como el final –este en color– de una Denoke aparentemente enajenada haciendo dibujos infantiles (¿de sus propios hijos?) en un espejo con un pintalabios, no hacen sino enredar cada vez más la madeja. Están bien realizados (al contrario que los de Brokeback Mountain), pero no sólo no suman nada, sino que restan mucho, poniendo su granito de arena para confundir al respetable en medio de una creciente ceremonia de la confusión.

El clímax en este sentido llega en el tercer acto, cuando vemos el Hades del original convertido en una especie de morgue en la que varios cadáveres se encuentran cubiertos por sábanas en sendas camillas. Poco a poco, y uno por uno, empiezan a revivir entre convulsiones y estremecimientos, como si Warlikowski estuviera homenajeando ahora a la película La noche de los muertos vivientes. Los constantes movimientos espasmódicos de uno de los resucitados no le impiden llegar, a trancas y barrancas, hasta una máquina de café situada al fondo del escenario con objeto de reconfortar –cabe pensar– sus yertos miembros con un cafelito servido en el consabido vaso de plástico (menos mal que la máquina no es de esas que dan las gracias al cliente). En el centro del escenario, otros dos antiguos cadáveres se embarcan en lentos y acrobáticos prolegómenos de lo que parece ser una inminente relación sexual post mortem. A su vez, Admète llega al Hades torpemente camuflado en la parte inferior de una de estas camillas. Ya que estamos –siempre supuestamente– en Inglaterra, aquello era lo más parecido a Bedlam, el pionero hospital psiquiátrico londinense, que quepa imaginar. De hecho, a alguien en el patio de butacas se le oyó decir gráfica y castizamente: «Esto, más que el Hades, parece Leganés».

Así las cosas, ¿qué hay de esa claridad, de esa «hermosa sencillez» preconizada y perseguida por los autores de Alceste? ¿En qué han quedado sus loables propósitos de limpiar la ópera de impurezas, de despojarla de todo lo accesorio? A Warlikowski, como a muchos otros posmodernos de su misma laya, la sencillez es un concepto que les resulta ajeno y con el que parecen no querer tener ninguna relación. Se muestran mucho más amigos del horror vacui, llenando siempre la escena de personas, objetos o acciones perfectamente prescindibles y aparentemente desconectadas del meollo de la acción. No se sabe, por ejemplo, por qué Hercule practica esgrima con los hijos de Admète y Alceste al comienzo del tercer acto, ni por qué aparece maquillado como el Joker de Batman al final de la ópera. A su lado, en cambio, Apollon sí parece emular el aspecto de un efebo griego divinizado, con peluca rojiza de tersos rizos y su torso desnudo pintado de purpurina. En el primer acto, los sacerdotes presentaban un aspecto mucho más católico (de la Polonia de Warlikowski) que anglicano (de la Inglaterra de Lady Di). Pero todo esto son incongruencias quizá provistas de reveladoras claves ocultas que sólo pueden desentrañar los elegidos.

En medio de semejante maremágnum también había, claro, música (algunos directores de escena la suprimirían o cambiarían a su antojo si se les permitiera), y por este lado la representación avanzó siguiendo una línea mucho más coherente. Gran parte del peso recae sobe el matrimonio protagonista, Admète y Alceste. El primer papel recayó en el tenor estadounidense Paul Groves, que lleva cantando el personaje al menos quince años (ya encarnó al rey griego en la famosa producción parisiense de Bob Wilson y John Eliot Gardiner). Su voz ya no es la de entonces, pero suplió las tensiones en los agudos y la pérdida de brillo con una entrega verdaderamente incondicional. Conoce el estilo a la perfección y, en medio del sinsentido escénico, logró imprimir incluso cierta credibilidad a su Admète. Angela Denoke es, en cambio, la última cantante en la que uno pensaría para encarnar el personaje de Alceste. En el Teatro Real ha sido, por ejemplo, una Marie modélica en Wozzeck y una Kundry excepcional en el Parsifal historicista dirigido por Thomas Hengelbrock. Verla fuera de su territorio estilístico y cronológico natural resultaba sorprendente, pero su fidelidad a Gerard Mortier le ha llevado a aceptar cantar un papel que ni por tesitura (se la notaba incomodísima en los Síes bemoles de «Grands Dieux» o de «Divinités du Stix», por ejemplo), ni por idioma (su francés es manifiestamente mejorable), ni por color vocal parece ajustarse a sus excepcionales cualidades como cantante. Aun así, salvó la papeleta con dignidad y, de nuevo, haciendo gala de una convicción encomiable y una magnética presencia escénica, a pesar del regalo envenenado de Warlikowski, que le hace cantar, como es de rigor, tumbada, lejos del proscenio y haciendo las cosas más disímiles con respecto al texto que está cantando.

Parte del mérito de evitar lo que podría haber sido un naufragio estrepitoso de la cantante alemana estriba probablemente en el trabajo previo realizado en los ensayos con Ivor Bolton, el director musical y un auténtico experto de largo recorrido en las óperas de Gluck. El sucesor de Mortier, Joan Matabosch, acababa de cerrar su contratación como director musical del teatro (una figura que el belga decidió suprimir, y así ha ido dando bandazos la orquesta bajo batutas casi siempre mediocres y dispares durante sus años de gestión), por lo que existía la lógica expectación por ver cómo defendía una música que, a pesar de su engañosa sencillez, requiere una dirección precisa y poética a un tiempo, delicada y vigorosa. Bolton superó la prueba con nota, aunque a tenor de lo escuchado, mucho trabajo le queda aún por delante si quiere que la Orquesta Sinfónica de Madrid suene como una orquesta con un sonido vagamente dieciochesco. La utilización de trompas naturales sirvió para añadir una agradable rudeza tímbrica en algunos momentos, pero ni las maderas ni, sobre todo, la cuerda mostraron la ligereza y nitidez necesarias, especialmente en lo relativo a la articulación. Hubo desajustes manifiestos entre orquesta y coro, especialmente ostensibles al comienzo del segundo acto, pero lo cierto es que Warlikowski coloca a los cantantes de soslayo y, aun con la ayuda de pantallas laterales, es difícil seguir las indicaciones del director. El coro tampoco estuvo a su altura habitual en los dos primeros actos, pero su rendimiento mejoró sustancialmente cuando cantó dentro del foso en el tercero. Los desequilibrios desaparecieron y se ganó en empaste, rotundidad y claridad. Bolton decidió también introducir diversos cortes, casi siempre de pasajes instrumentales (Acto I, pp. 55-58 de la primera edición; Acto II, pp. 101-104, 106-108; Acto III, pp. 265-274) que en nada afectaron a la secuencia dramática, lastrada más bien por las peripecias ideadas por su compañero.

Del resto de los cantantes, poco puede decirse. Willard White no está ya para muchos trotes, pero ha sido otro fijo en las quinielas de Gerard Mortier, que le dio un importante papel en Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny, su tarjeta de presentación en el Real. La voz ya no impone como antaño, su francés roza sólo también el umbral de la corrección y dejó poca huella en su doble condición de Sumo Sacerdote y de Thanatos en el tercer acto. Irrelevante Magnus Staveland como Évandre (que acaba besándose furtivamente con Alceste/Lady Di al final del acto segundo: imposible también adivinar el porqué), mejor Thomas Oliemans como Hercule y correcto Isaac Galán como Apollon: bastante tenía con sobrellevar su vestuario y su maquillaje.

Lo que podía, pues, haber sido una experiencia balsámica y reflexiva (el mejor Gluck es siempre una cosa y otra) acabó por ser una velada con demasiados sobresaltos y, por momentos, enervante, salvada en buena medida por una parte musical muy lejos de la perfección, pero con virtudes indudables. Pero, ¿qué aprovechan estas en medio de semejante batiburrillo escénico? En la propuesta de Warlikowski late esencialmente un profundo desprecio por la capacidad de que prima la musica, poi le parole, puedan cumplir su función por sí solas, sin necesidad de sus geniales ocurrencias. De ahí que nada parezca más apropiado, para acabar, que volver otra vez a Capriccio, a esa ópera sobre la ópera, en concreto al momento de la novena escena en que Richard Strauss escribe un largo monólogo para su director de teatro de entonces, La Roche, que es, mutatis mutandis, nuestro Krzysztof Warlikowski de ahora: «En la ópera, lo mismo: vetustos sacerdotes y dioses griegos del remoto pasado, druidas, profetas, caminan cual espectros salidos de las bambalinas. ¡Yo quiero poblar mi escenario con seres humanos! ¡Con seres humanos iguales a nosotros que hablen nuestro lenguaje! ¡Sus penas han de conmovernos y sus alegrías emocionarnos profundamente! ¡Vamos! ¡Levantaos y cread las obras que yo busco! Vigorosamente haré que en mi escenario conozcan un soberbio éxito. ¡Aguzad vuestro ingenio, dad al teatro nuevas leyes, nueva vida! Si no, ¡dejadme en paz con vuestras críticas!»«In der Oper das gleiche: Greise Priester und griech’sche Könige aus grauer Vorzeit, Priester, Propheten schreiten gleich Schemen aus den Kulissen. Ich will meine Bühne mit Menschen bevölkern! Mit Menschen, die uns gleichen, die unsre Sprache sprechen! Ihre Leiden sollen uns rühren und ihre Freuden uns tief bewegen! Auf! Erhebt euch und schafft die Werke, die ich suche! Kraftvoll führ auf meiner Bühne ich sie zum stolzen Erfolg. Schärft euren Witz, gebt dem Theater neue Gesetze, neues Leben! Wo nicht, so lasst mich in Frieden mit eurer Kritik!». En 1941 ya estaba todo dicho. Por eso, después de ver esta Alceste deformada hasta lo irreconocible en aras de poblar el escenario con «seres humanos –supuestamente– iguales a nosotros que hablen nuestro lenguaje», aunque sus penas no nos hayan conmovido ni sus alegrías nos hayan emocionado lo más mínimo, ni Gluck tampoco haya despertado en nuestros corazones fuerzas ocultas, como afirmaba la condesa de Capriccio que era capaz de hacer el compositor alemán, resulta también imposible no comulgar con aquello que el conde, más interesado en seducir a la seductora Clairon que en participar de las disquisiciones conceptuales de sus compañeros, afirma categórico: «Una ópera es una cosa absurda»«Eine Oper ist ein absurdes Ding»..

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