Archivo general de Revista de Libros

Francisco Ayala, a la fecha

El marbete de «escritores del exilio de 1939» tiene tanta legitimidad histórica y emocional como imprecisión taxonómica. Define una circunstancia, pero no acota nada en términos de historia literaria. Lo señaló con rara lucidez uno de los concernidos por ese marbete, Francisco Ayala, en un artículo titulado «La cuestionable literatura del exilio» (Los Cuadernos del Norte, 1981). Y, sin embargo, a varias generaciones de intelectuales españoles nos ha servido para reconocer una de las más dramáticas consecuencias de la Guerra Civil y para entender mejor lo que el franquismo tuvo de excluyente y vengativo. Para quienes, bien a su pesar, se vieron marcados por el signo de la extraterritorialidad física, la condición de desterrados se convirtió en tema de su obra y vivieron en diálogo apasionado e ingrato con aquella amputación de su presente y quizá de su futuro. Otros, los menos, intuyeron que el alejamiento era una oportunidad de rehacer su vida, a menudo en horizontes más ricos e incitantes que los que habían dejado atrás.

Leer más »

El nazismo como cultura

La revolución cultural nazi es obra de un reconocido especialista que ha escrito otras dos tituladas Le nazisme et l’Antiquité y La loi du sang. Penser et agir en nazi. Sobre ambos temas vuelven otra vez las páginas de este nuevo trabajo, producto de la reelaboración de artículos sueltos que han sido revisados y conjuntados con destreza. Pero no tanta como para no echar de menos alguna vez la intensidad y la coherencia de una monografía hecha ex profeso.

Leer más »

Para la historia de un mal sueño: fascismo y cultura

Al comienzo de este interesante, meticuloso y también inquietante libro, Benjamin G. Martin nos recuerda una reunión secreta de oficiales de la Wehrmacht en la que un cercano colaborador de Joseph Goebbels, Leopold Gutterer, habló de la inminente imposición de un «Nuevo Orden» en política y economía, que comportaría el establecimiento de una perdurable hegemonía germánica. El momento de aquella alocución, recuerda Martin, era muy propicio: en junio de 1940, Francia acababa de ser ocupada, Inglaterra parecía abocada a la rendición, faltaba casi un año para la invasión de la Unión Soviética (que entonces era un aliado de conveniencia del nazismo) y Estados Unidos no parecía tan decidido a intervenir como lo estuvo en 1917.

Es norma estratégica de la divulgación anglosajona que un libro arranque con una anécdota reveladora que introduzca la reflexión general que nos lleva a la materia de las páginas que siguen. Pero Martin no ha elegido quizá la más significativa de las anécdotas, porque Gutterer hablaba a convencidos de la superioridad germánica y es posible que una referencia a la monografía de George L. Mosse sobre las raíces decimonónicas de la ideología supremacista alemana y sobre el culto a los caídos hubiera explicado mejor la climatología en que se mezclaban los deseos de la revancha de 1919 y el orgullo satisfecho de 1940.

Leer más »

El autorretrato de Fernando Aramburu

La relación del escritor con lo que escribe incluye satisfacciones y disgustos, pero también el escalofrío o el vértigo de un riesgo. No se trata solamente de que su libro se convierta en jurisdicción de editores y lectores que marcarán la fortuna de la obra. Cuando se escribe una novela, el escritor ha vaciado en ella parte de su mundo interior, ha vivido los destinos de sus personajes, ha tomado decisiones por ellos (o incluso ha creído sentir que ellos las tomaban por él), ha usurpado (o quizá, mejor, ha cedido) un espacio y un tiempo.

La experiencia ha podido ser feliz en ocasiones. Cuando Cervantes toma la pluma para volver sobre el Quijote, nueve años después de la Primera Parte, el lector tiene la vehemente sensación de que el escritor está divirtiéndose tanto como lo hacemos sus destinatarios. La inventiva acude presta en cualquier momento, todo lo ha ensayado ya y ahora brota más natural que nunca, la prosa se dilata porque Cervantes ya no se niega a ningún meandro de su imaginación y la decisión de concluir los episodios le cuesta y los engarza unos con otros. Y le duele la inminencia del final que, en cierto modo, parece que retrasa adrede.

Leer más »

Unamuno y sus cartas: defensa de la epistolografía

Vivimos años de esplendor de la epistolografía como fuente de la historia literaria, ahora que esta vuelve a tomar vuelo propio y se distancia de las idolatrías lingüísticas: de la apoteosis de la textualidad y del culto de las estructuras. En las cartas de un autor están a menudo los secretos de las obras más complejas o de los proyectos literarios más ambiciosos y, a menudo, los resortes de la decisión misma de ser escritor. No hay nada que explique una obra literaria mejor que leerla en esa suerte de estereofonía (cierto que equívoca a veces) que nos proporciona la intimidad escrita del autor.

Valgan unos relevantes ejemplos de los ofrecidos por la investigación filológica de los últimos veinte años. El epistolario de Juan Valera (cuya edición definitiva ha sido una proeza de su editor, Leonardo Romero Tobar y su equipo) ha evidenciado su peculiar relación con el romanticismo del que desconfiaba y el mundo clásico que amó, la complejidad de su agnosticismo y la singularidad (y las disidencias) de su trayectoria narrativa. Disponer de las cartas completas de Juan Ramón Jiménez (propósito que está a punto de rematar Alfonso Alegre Heitzmann para la colección Epístola, de la Residencia de Estudiantes) ha desvelado la «política poética» de quien fue el más obstinado de los defensores de la autonomía (y la responsabilidad, a la vez) de la poesía.

Leer más »

Retrato de la banda

«La realidad transita, como no puede ser menos, por las narraciones, la poesía y la producción dramática de casi todos, pero en la escritura del mundo es recomendable, ese es mi barrunto o mi empeño, una condición de forastero que […] yo llamo extrañeza o enemistad del roturado campo de lo real». Esta declaración de principios de Vicente Molina Foix está en la presentación de su reciente e importante libro Enemigos de lo real. (Escritos sobre escritores) (Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2016), una joya de su prosa nítida y a la vez puntualizadora, jalonada a menudo de citas sobreentendidas, divertidamente humorística a ratos y casi irascible en otros. Sin esa doble condición de implicado y de forastero, no se entendería la estrategia narrativa, tan certera, de la última novela del autor. El escritor Molina Foix (lo que, en su caso, incluye ser poeta, narrador, ensayista, dramaturgo y cineasta) ha sido siempre partidario de escribir novelas claras y a la vez complejas que tienen muy presente la interacción vivaz de narrador, libro y lector. 

Leer más »

Sobre las huellas de Don Juan

El título de este estimulante, documentado y perceptivo ensayo, Historia universal de Don Juan, deja poco lugar a las dudas sobre su punto de partida y ofrece muy pocas satisfacciones a quienes crean en la españolidad originaria del mito. Es cierto que se cita el meritorio libro del gallego (y galleguista) Víctor Said Armesto, La leyenda de don Juan (1908), que rebatió al hispanista Arturo Farinelli las sospechas que había sembrado sobre el origen italiano del héroe. No se menciona, sin embargo, el trabajo de Ramón Menéndez Pidal, «Sobre los orígenes de El convidado de piedra», que ya en 1906 había documentado un montón de romances populares que dieron cuerpo a las leyendas del burlador de calaveras o de estatuas fúnebres. La transgresión y su castigo son motivos dilectos de la imaginación popular, como lo es también el farisaico escrúpulo moral que exige el inmediato castigo del profanador. Y, en el caso que nos ocupa, conviene no desdeñar la sustancia folclórica primigenia, porque allí fue donde el reto del héroe a la muerte se mezcló con facilidad a otro tema no menos fecundo: la conquista compulsiva de mujeres, seguida de un escarnecedor abandono.

Leer más »

Azorín, medio siglo después

¿Qué queda de Azorín cuando se cumple el cincuentenario de su muerte? Ya entonces, su óbito se vio como el solemne cierre de una época: «El último…» era, por ejemplo, el lacónico título del editorial de La Vanguardia del 3 de marzo de 1967, al día siguiente de su muerte. El periódico catalán rendía así un sentido homenaje al postrer desaparecido de los grandes escritores de fin de siglo que, por invitación de uno sus mejores directores, Miquel dels Sants Oliver, había sido colaborador asiduo. Pero en 1967 ya se habían celebrado los dos primeros centenarios de la llamada generación del 98: el de Unamuno, en 1964, proyectó alguna áspera sombra polémica, por cuenta de su trayectoria política; en 1966, el de Valle-Inclán consagró un encendido reconocimiento estético y una imagen de disconformidad que no harían sino crecer en los años siguientes; luego llegaron la conmemoración del primer siglo de Pío Baroja, en 1972, que trajo una renovada corriente de simpatía por el escritor, y en 1973, la del propio Azorín, en la que abundaron más los ceñudos aguafiestas y la polémica ensombreció bastante el brillo académico de su recuerdo. 

Leer más »

Recuerdos de un viaje de 1941

Para los maniáticos de la taxonomía no será fácil determinar el estatuto genérico de este libro de Jon Juaristi. Su contracubierta habla de una visión «casi novelesca», pero la colección en que figura –Taurus Historia– y la propia ejecutoria del autor lo remiten a la condición de «ensayo», un género que de suyo puede considerarse una variedad de la autobiografía y un heredero de la escritura moral –que amalgama noticia y experiencia, reflexión y divagación–, pero que pasa de largo por la imaginación y se detiene justo a la entrada de la exigencia del tratado o del rigor de la monografía.

No faltan, sin embargo, algunas pistas para el despistado. En la página 24 de Los árboles portátiles se habla de W. G. Sebald, «un autor que aprecio», aunque sea para enmendar sus noticias sobre la húngara Paula Horváth (que fue amante del pretendiente carlista Carlos VII). 

Leer más »

Miguel de Unamuno, en sí mismo

Las palabras «filosofía» y «filósofos» suelen evitarse cuando se habla de la cultura española del siglo XX y en su lugar aparecen sustitutivos como «pensamiento» y «pensadores». Seguramente es inevitable a la vista de una anémica tradición académica (que ya se hizo patente en el inicio de la modernidad, momento de academización general de la filosofía como disciplina) y, por otro lado, si se tiene en cuenta la inalterable hegemonía del catolicismo más conservador. No hizo falta la sentencia de Menéndez Pelayo que convirtió en heterodoxos españoles a cualesquiera seguidores de doctrinas ajenas a la iglesia nacional. La conciencia de disidencia llevó a todos al regazo de los Ateneos avanzados, las revistas independientes y de los periódicos progresistas que fueron pronto tribunas de una filosofía moral, menos interesada en la especulación pura que en sus consecuencias prácticas: la reflexión política y jurídica, la psicología y la pedagogía, terrenos donde era más urgente batirse con el rival. 

Leer más »

Luis Buñuel: conversaciones de ultratumba

La idea de este libro de Jean-Claude Carrière fue también del propio Luis Buñuel. Uno y otro la tramaron como divertido párrafo final de las memorias del cineasta: Buñuel aceptaba la muerte inevitable, el vacío final, pero condicionada a alguna reaparición fugaz que permitiera al difunto seguir al tanto de las noticias de los tiempos que corrían. Por eso, Carriére, que fue el redactor de aquellos recuerdos (Mi último suspiro, 1982), ha querido convertirse en un Eckermann de ultratumba que visita a su admirado amigo para llevarle algunos periódicos y una botella de vino, aunque porte sus ofrendas funerales a un solemne panteón del cementerio de Montparnasse donde no están los restos de Buñuel, que fueron incinerados en México. Pero al difunto siempre le atrajeron las postrimerías y las sepulturas, y no hubiera desdeñado, sin duda, tal lugar de encuentro póstumo. El visitante nocturno tenía, a la fecha de redacción del libro, casi la misma edad de Buñuel cuando murió.

Leer más »

Sobre la Prosa musical de Gerardo Diego

Nació en un momento de la historia del arte en que apostar a todos los palos era una tentación irresistible. Gerardo Diego, el poeta que fue también un discreto pianista y un excelente crítico musical, lo recordaba mucho después, en el artículo «Primer nocturno» (1972), al hablar de sus juveniles paráfrasis poéticas de los Nocturnos de Chopin: en 1916, e incluso en una ciudad de provincias como Santander, cabía vivir en régimen de goces paralelos entre «romanticismo y realismo, leyenda y realidad. Entusiasmo con Chopin y también con Bach. Con Mozart y con Debussy y Ravel. Con Garcilaso y también con Huidobro. Sí, juventud fue la mía». Esa juventud omnívora fue un tesoro compartido porque un Diego treintañero y ya casi consagrado encontraba en las Canciones (1927) de Lorca otra alma gemela y también de apetencias plurales. Leyendo «La canción del mariquita» se había preguntado: «¿Esto es poesía, es pintura, es música?» Lo era todo y concluyó, sintiéndose un poco preceptor del escritor más joven, que «hay que exigirle mucho a Federico García Lorca porque posee mucho. En fertilidad, en transparencia, en dotes naturales, es el más privilegiado de nuestros jóvenes poetas. Y si la terrible facilidad –mala novia– no lo malogra, puede producir una obra de incomparable belleza».

Leer más »

Últimas publicaciones

Reseñas