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La maldición del petróleo

Es muy posible que, en 1969, los primeros lectores de Conversación en La Catedral se vieran sorprendidos por la pregunta que atormentaba a Zavalita, y no sólo por su abrupta expresión, sino porque implicaba un juicio muy negativo sobre la situación moral de Perú. Ahora, en cambio, los lectores aceptan con naturalidad las expresiones más fuertes, y es difícil imaginar a un lector que ignore que la situación social, económica y política de Venezuela es un completo desastre. Así, podría considerarse un error del autor haber elegido este título al traducir su propia obra, Crude Nation.

Si hubiera de buscarse una fecha para responder a la pregunta que plantea el título del libro, podría ser 2002. Ese año, tras un golpe de Estado que tuvo a Chávez contra las cuerdas durante cuarenta y ocho horas, frente a la ocupación de la plaza Altamira y después la huelga de Petróleos de Venezuela, se hizo evidente para Chávez que buena parte de su capital político se había evaporado, y esto le llevó a la puesta en marcha de una espiral de gasto social ?incluyendo las misiones? y de uso masivo de los recursos petroleros para construirse alianzas internacionales.

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Basso ostinato

«¿Cuánto tiempo me queda por vivir? ¿Qué hice mal para encontrarme aquí solo en la noche?» La cercanía o la amenaza de la muerte como detonante del análisis minucioso de la existencia: ese socorrido recurso es el que da pie al despliegue de Brújula, una novela crepuscular que le valió a su autor, el francés Mathias Enard, el premio Goncourt en 2015.

A lo largo de una noche de insomnio en su apartamento de Viena, el musicólogo Franz Ritter se da al recuento de toda una vida marcada por una obsesión: el Medio Oriente. Así van develándosenos las venturas y desventuras de un grupo (casi clan) de orientalistas europeos que terminan perdiendo el norte rumbo al este: Bilger, el arqueólogo megalómano que acaba loco; Faugier, opiómano y especialista de la prostitución en Oriente; la divina Sarah, que, buscando curar sus males existenciales, se aleja cada vez más hasta hallar refugio en Borneo, estudiando ritos fúnebres espeluznantes; o el propio Ritter, forzado por una grave enfermedad a recluirse en su casa.

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Luis Buñuel: conversaciones de ultratumba

La idea de este libro de Jean-Claude Carrière fue también del propio Luis Buñuel. Uno y otro la tramaron como divertido párrafo final de las memorias del cineasta: Buñuel aceptaba la muerte inevitable, el vacío final, pero condicionada a alguna reaparición fugaz que permitiera al difunto seguir al tanto de las noticias de los tiempos que corrían. Por eso, Carriére, que fue el redactor de aquellos recuerdos (Mi último suspiro, 1982), ha querido convertirse en un Eckermann de ultratumba que visita a su admirado amigo para llevarle algunos periódicos y una botella de vino, aunque porte sus ofrendas funerales a un solemne panteón del cementerio de Montparnasse donde no están los restos de Buñuel, que fueron incinerados en México. Pero al difunto siempre le atrajeron las postrimerías y las sepulturas, y no hubiera desdeñado, sin duda, tal lugar de encuentro póstumo. El visitante nocturno tenía, a la fecha de redacción del libro, casi la misma edad de Buñuel cuando murió.

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Los dos sistemas

Es fama que Deng Xiaoping, el verdadero fundador de la Nueva China, era un político archipragmático. Una virtud básica de los políticos pragmáticos es la búsqueda de soluciones perentorias para todo tipo de problemas, sin detenerse demasiado en averiguar si funcionarán más allá del corto plazo. Pero, como nada dura eternamente, a menudo conviene no dejarse paralizar por los principios y salir de un paso embarazoso como mejor se pueda. Ya habrá tiempo de imaginar nuevas soluciones cuando las circunstancias cambien y se haga necesario modificar la decisión inicial, sólo coyunturalmente satisfactoria. Entre tanto, se va tirando. Con la célebre expresión de Bert Lance, el director de presupuestos del presidente Carter, «If it ain’t broke, don’t fix it» («Si no se ha roto, no lo arregle»).

A Deng le acuciaba en los años ochenta aventurar una fórmula estratégica para llegar a la unificación de China que, al tiempo, hiciese felices a todas las partes a las que pugnaba por integrar en el país o, al menos, no causase mayor desazón entre ellas. Y no era fácil.

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