Archivo Revista de Libros

Enfermos de poder

Las taras que el abuso de poder produce en esas extrañas criaturas llamadas políticos desgranadas con inteligencia y sin misericordia por David Owen en En el poder y en la enfermedad.

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Recuerdo de un desconocido

Mis padres, Joaquín y Paquita, que eran ya novios cuando estalló la guerra, se casaron el 28 de noviembre de 1938 en la Iglesia del Carmen de Revilla, en el municipio de Camargo, sin esperar a que la guerra acabara (Santander fue «liberado» en agosto de 1937).

Yo llegué al mundo para tapar el hueco que había dejado mi hermana Maribel al morir de neumonía el 11 de abril de 1940, siendo aún un bebé. Nací en Villanueva de Villaescusa el 5 de mayo de 1941 en la casa de mi abuela Pilar. La vivienda estaba en el camino real, es decir, en la carretera que se había construido en los primeros años del siglo XX para unir la estación ferroviaria de Guarnizo (perteneciente a la línea Santander-Madrid) con el Valle del Pas. Debajo de la vivienda estaba la gran tahona que mi abuelo Alfredo había hecho prosperar. En fin, nacer en una tahona durante el «año del hambre» fue la mejor forma de mostrar que el niño llegaba al mundo con un pan bajo el brazo.

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Pongamos que hablo de Madrid

Madrid, como toda gran ciudad, y más si es capital y vieja, ha prestado el paisaje y el paisanaje a multitud de obras literarias. Mas la personalidad literaria de Madrid se ha convertido, con el paso del tiempo, en un cúmulo de contradicciones y también de despropósitos que podrían volver loco a cualquier compilador que pretendiera sistematizar las opiniones –literarias o no– que, desde tiempo inmemorial, viajeros o vecinos de esta Villa han venido desgranando sobre ella con aprecio o con desprecio, con amargura o cariño, con una sonrisa o con un látigo. «Ciudades tan descabaladas, tan faltas de sustancia, tan traídas y llevadas por gobernantes arbitrarios, tan caprichosamente edificadas en desiertos, tan lejanas de un mar o de un río, tan ingenuamente contentas de sí mismas al modo de las mozas quinceañeras, tan pobladas de un pueblo achulapado, tan heroicas en ocasiones sin que se sepa a ciencia cierta por qué»: así se expresaba acerca de Madrid el donostiarra Luis Martín-Santos en su madrileñísima novela titulada –y con tanta razón– Tiempo de silencio (1961). Unos años antes (1949), un cronista enamorado de Madrid, Federico Carlos Sáinz de Robles, había escrito: «Destartalada ciudad sin pretensiones por su pasado y sin exigencias para su futuro».

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Arthur Koestler en París (1946)

Haber aprendido sus primeras letras en un Kindergarten experimental en Budapest y el hecho de que su madre hubiera sido paciente de Freud en Viena no explican, ellos solos, la vida desmedida que llevó Arthur Koestler desde su nacimiento (1905) hasta su muerte (1983). Siendo todavía adolescente, trabajó en la Viena de entreguerras dentro del movimiento sionista que entonces dirigía Zeev Jabotinsky. Después de irse a un kibutz en Palestina, de ejercer como aparejador en Haifa y de hacerse vendedor de baratijas en un bazar de El Cairo, abandonó el sionismo en 1932 y, de inmediato, se afilió al Partido Comunista alemán, trabajando a las órdenes de Willi Münzenberg.

Un tipo notable este Münzenberg, que acabó asesinado en Francia a manos de un agente estalinista durante los tormentosos días de la primavera de 1940. Fue él quien, por cuenta del Kominterm, inventó el halago político hacia los intelectuales europeos para utilizarlos en beneficio de la causa. Con cierto desdén, Münzenberg se refería a ellos como «el club de los inocentes». 

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La demografía y el arte de asustar

En los años setenta del siglo XX imperaba por todas partes el maltusianismo y las instituciones internacionales hacían unas «previsiones demográficas» catastrofistas, llegándose a escribir entonces que el crecimiento de la población acabaría con la humanidad. En 1968, un profesor de Biología de la Universidad de Stanford llamado Paul Ehrlich publicó un libro en el que podía leerse:

En los próximos años, cientos de millones de seres humanos morirán de hambre a causa de la sobrepoblación […] nadie podrá impedir un enorme crecimiento de la mortalidad.

No tuvo que pasar mucho tiempo para que las previsiones de la ONU, del Instituto Tecnológico de Massachusetts o las del citado Ehrlich cayeran en el más absoluto ridículo, pues aquella crisis demográfica «terminal» nunca existió y hoy nos encontramos con una crisis de distribución de alimentos, pero no de producción. De hecho, se produce más de lo que se consume, e incluso podemos hablar de una epidemia de sobrealimentación, por un lado, y de despilfarro alimentario, por el otro. 

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Los embaucadores y sus fieles 

A finales del siglo XVIII, un médico alemán llamado Samuel Hahnemann decidió que podía encontrarse una sustancia que indujera los síntomas de una enfermedad en un individuo sano para, después, usar esa sustancia para curar la enfermedad. Una especie de vacuna avant la lettre. El principio que enunció Hahneman fue el siguiente: «Lo afín cura lo afín». También decidió (por sí y ante sí) que diluyendo en agua la «sustancia» se potenciaba su capacidad curativa o, en términos del autor, «se incrementan sus poderes medicinales espirituales».

Hahnemann siempre se declaró un completo ignorante de los procesos fisiológicos del cuerpo humano, que para él era una caja negra en la que entraban medicinas y de la cual salían efectos. En realidad, su «pensamiento» estaba en el polo opuesto de la retórica de los «terapeutas alternativos» actuales, los cuales sostienen que «la medicina convencional sólo trata los síntomas y nosotros tratamos las causas subyacentes». Claro que, en los tiempos de Hahnemann, la medicina convencional consistía en sangrías, purgas y otras malas prácticas ineficaces y peligrosas, y cualquiera de aquellas arbitrarias figuras de autoridad que se autodenominaban «doctores» era capaz de inventarse un nuevo tratamiento como por arte de magia.

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Mentiras y estadísticas

Un conocido estadístico español, que pertenecía a una promoción de Facultativos anterior a la mía y se apellidaba Azorín, escribió en uno de sus libros una verdad que hoy suele olvidarse: «Conceptos ambiguos dan lugar a medidas incorrectas». Pues bien, en nuestros días se manejan con gran soltura de cuerpo conceptos tan ambiguos como el de riesgo de pobreza, que deja a la intuición del lector la comprensión de lo que está midiéndose, metiéndole de rondón un concepto que es una entelequia.

Comencemos con el término riesgo y veamos qué es lo que dice al respecto el Diccionario de la Real Academia: «Contingencia o proximidad de un daño», y correr un riesgo: «estar expuesto». Pues bien, dado que el concepto, como se ve, hace referencia a la incertidumbre del futuro, la primera pregunta que deberían hacerse quienes pretenden medir el riesgo de pobreza es la siguiente: ¿quién no está expuesto a caer en la pobreza? Y la respuesta es obvia: nadie está libre de ese riesgo. 

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Aquel martes

El 4 de septiembre de 1973 se celebró en Santiago de Chile el tercer aniversario de la presidencia de Salvador Allende. Era difícil avanzar entre la multitud que desde los cuatro puntos cardinales se dirigía a la plaza de la Constitución. Allí, junto a la fachada norte de La Moneda, se había levantado un estrado sobre el cual, en filas escalonadas, se sentaban los dirigentes de los partidos de la Unidad Popular. Si la memoria no me engaña, el secretario general del Partido Comunista, Luis Corvalán, y Carlos Altamirano, el del Partido Socialista, se defendían del fresco mediante unos ligeros ponchos que llevaban puestos sobre sus hombros. En el centro de la primera fila estaba Salvador Allende. Cuando pasamos frente a la tribuna pude comprobar que iba vestido, como a él le gustaba presumir, de «pura lana inglesa» y percibí, tras sus lentes de miope, el brillo de la emoción. Los cantos y las consignas atronaban el aire. 

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Trivialidad y censura política

En un libro sobre el proceso a Adolf Eichmann, un nazi que había trabajado en los campos de exterminio, Hannah Arendt hizo célebre la fórmula de «la trivialidad del mal». Me gustaría aquí estudiar el caso inverso, esto es, el de la «maldad de lo trivial». ¿Cuándo decimos que algo es trivial? Hay que distinguir «trivializar» de «vulgarizar», que es el intento por hacer comprensible lo que en su expresión primitiva resultaba complicado o confuso. Trivializar, por el contrario, consiste en reducir a esquemas simples (o por mejor decir, a «simplezas») una realidad siempre compleja. 

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