Del 11 al 17 de abril, la revista descansa por Semana Santa

Los embaucadores y sus fieles 

A finales del siglo XVIII, un médico alemán llamado Samuel Hahnemann decidió que podía encontrarse una sustancia que indujera los síntomas de una enfermedad en un individuo sano para, después, usar esa sustancia para curar la enfermedad. Una especie de vacuna avant la lettre. El principio que enunció Hahneman fue el siguiente: «Lo afín cura lo afín». También decidió (por sí y ante sí) que diluyendo en agua la «sustancia» se potenciaba su capacidad curativa o, en términos del autor, «se incrementan sus poderes medicinales espirituales».

Hahnemann siempre se declaró un completo ignorante de los procesos fisiológicos del cuerpo humano, que para él era una caja negra en la que entraban medicinas y de la cual salían efectos. En realidad, su «pensamiento» estaba en el polo opuesto de la retórica de los «terapeutas alternativos» actuales, los cuales sostienen que «la medicina convencional sólo trata los síntomas y nosotros tratamos las causas subyacentes». Claro que, en los tiempos de Hahnemann, la medicina convencional consistía en sangrías, purgas y otras malas prácticas ineficaces y peligrosas, y cualquiera de aquellas arbitrarias figuras de autoridad que se autodenominaban «doctores» era capaz de inventarse un nuevo tratamiento como por arte de magia.

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