Queridos lectores, suspendemos las publicaciones, como en años anteriores, hasta el 5 de Septiembre. ¡Feliz Verano!

El joven Lincoln según John Ford

Cuando se estrenó El joven Lincoln (Young Mr. Lincoln, John Ford, 1939), algunos críticos señalaron la influencia de F. W. Murnau en la caracterización del carismático decimosexto presidente de los Estados Unidos, señalando analogías con el aspecto de Max Schreck en su papel de Nosferatu. Al igual que Schreck, Henry Fonda mostraba un rostro afilado y repleto de sombras. Su sombrero de copa acentuaba su altura, imprimiendo a su silueta un aire espectral, casi sobrenatural. Su mirada enfebrecida, la seriedad de su semblante y su pausada forma de andar evocaban vagamente las fantasmales apariciones de Nosferatu, sobrenombre del conde Orlok. John Ford siempre escatimó los elogios. Su malhumor a veces desembocaba en la violencia física y verbal, adquiriendo tintes de crueldad. Se dice que su temperamento se parecía al del Doc Holliday de Pasión de los fuertes (My Darling Clementine, 1946), interpretado por Victor Mature, con su alcoholismo, sus arrebatos de cólera, sus reacciones imprevisibles y su inestabilidad neurótica. 

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La maldición del efectivo

Desde los años cincuenta del siglo XX, cuando Citibank introdujo la tarjeta de crédito, el llamado dinero de plástico, el uso del efectivo no ha hecho más que retroceder. Hoy en día incluso puede darse el caso de que los billetes de elevada denominación, aunque legales, no sean de aceptación universal en la práctica de la vida diaria (al menos en algunos países, España incluida). Por otra parte, el efectivo, papel moneda y dinero metálico, nunca ha sido un asunto relevante en términos de política monetaria, reducido a la magnitud de «efectivo en manos del público», siempre marginal con respecto a los agregados monetarios relevantes, M1, M2, M3, etc. De aquí que el tema no haya franqueado la barrera de la discusión más o menos polemista, en términos poco interesantes desde el punto de vista académico.

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Václav Havel y el poder de las palabras

La monumental biografía de Václav Havel (1936-2011) escrita por Michael Žanatovský, amigo íntimo del biografiado y portavoz del primer gobierno democrático de Checoslovaquia (1990-1992), además de diplomático, escritor y traductor, tiene un doble valor literario e historiográfico. El autor es consciente de que «querer tanto al sujeto de una biografía de la que uno es autor no es necesariamente la mejor cualificación para escribirla, ya que conlleva el riesgo de caer en la hagiografía, carecer de perspectiva y distorsionar los hechos». O de todo lo contrario, cuando el biógrafo ha detestado al sujeto en cuestión, podría añadirse.

Sin embargo, no es este el caso de Žanatovský. El libro no es hagiográfico, porque ofrece una semblanza de Havel con luces y sombras. Es, en realidad, una crónica de los hechos más relevantes en la vida de uno de los más grandes disidentes del siglo XX, sin dejar por ello de lado su faceta de escritor y dramaturgo.

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Las enseñanzas del abismo

Tótem espantapájaros es un libro constituido por cincuenta poemas que proponen dos vías alternas, aunque profundamente imbricadas, para acceder a su significado. La primera, que se manifiesta de manera inmediata y casi instintiva, es la visual. En este punto, los poemas comparten varias peculiaridades unificadoras: todos son caligramas, textos que adoptan una disposición gráfica cuya silueta recuerda a las figuras antropomórficas mencionadas en el título; todos están escritos en color blanco sobre fondo negro; y todos presentan una tipografía cercana a la caligrafía infantil. La segunda vía de acceso, más demorada o reflexiva si se quiere, correspondería a la materia propiamente verbal de las composiciones. De este modo, los poemas, en un movimiento inicial, despliegan su carácter icónico sólo para consumarse posteriormente en su naturaleza lingüística.

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Acotaciones a la figura del intelectual público en su fase digital (y III)

En el curso de estas acotaciones al papel de los intelectuales en la era digital ?es decir, en una esfera pública transformada por las nuevas tecnologías de la información? se ha sugerido que estos, aun contando menos de lo que contaban, algo siguen contando. Y, si cuentan menos, es porque la idea de que la razón se encuentra inscrita en el devenir histórico posee menos crédito que antaño: el fracaso del comunismo ejerció un demoledor efecto retrospectivo sobre todos aquellos pensadores que se arrogaron la competencia de interpretar dogmáticamente el sentido de los tiempos. Pero también ocurre que la fragmentación de la conversación pública les obliga a competir más duramente y con nuevos instrumentos por la atención de los ciudadanos, complicación que se agrava por la vulgarización que experimenta ahora ese mismo debate. El intelectual, decíamos con Corey Robin, tiene que crear su público en vez de limitarse a encontrar el que ya existe.

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La demografía y el arte de asustar

En los años setenta del siglo XX imperaba por todas partes el maltusianismo y las instituciones internacionales hacían unas «previsiones demográficas» catastrofistas, llegándose a escribir entonces que el crecimiento de la población acabaría con la humanidad. En 1968, un profesor de Biología de la Universidad de Stanford llamado Paul Ehrlich publicó un libro en el que podía leerse:

En los próximos años, cientos de millones de seres humanos morirán de hambre a causa de la sobrepoblación […] nadie podrá impedir un enorme crecimiento de la mortalidad.

No tuvo que pasar mucho tiempo para que las previsiones de la ONU, del Instituto Tecnológico de Massachusetts o las del citado Ehrlich cayeran en el más absoluto ridículo, pues aquella crisis demográfica «terminal» nunca existió y hoy nos encontramos con una crisis de distribución de alimentos, pero no de producción. De hecho, se produce más de lo que se consume, e incluso podemos hablar de una epidemia de sobrealimentación, por un lado, y de despilfarro alimentario, por el otro. 

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