Archivo Revista de Libros

Arthur Koestler en París (1946)

Haber aprendido sus primeras letras en un Kindergarten experimental en Budapest y el hecho de que su madre hubiera sido paciente de Freud en Viena no explican, ellos solos, la vida desmedida que llevó Arthur Koestler desde su nacimiento (1905) hasta su muerte (1983). Siendo todavía adolescente, trabajó en la Viena de entreguerras dentro del movimiento sionista que entonces dirigía Zeev Jabotinsky. Después de irse a un kibutz en Palestina, de ejercer como aparejador en Haifa y de hacerse vendedor de baratijas en un bazar de El Cairo, abandonó el sionismo en 1932 y, de inmediato, se afilió al Partido Comunista alemán, trabajando a las órdenes de Willi Münzenberg.

Un tipo notable este Münzenberg, que acabó asesinado en Francia a manos de un agente estalinista durante los tormentosos días de la primavera de 1940. Fue él quien, por cuenta del Kominterm, inventó el halago político hacia los intelectuales europeos para utilizarlos en beneficio de la causa. Con cierto desdén, Münzenberg se refería a ellos como «el club de los inocentes». 

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Izquierda, capitalismo y utopía: comedia para el fin de los tiempos

«Estoy harto de utopías», exclama Visarión Belinski, crítico literario que formaba parte de la camarilla modernizadora liderada por Aleksandr Herzen y Mijaíl Bakunin durante las décadas centrales del siglo XIX, en un momento de La costa de la utopía, la espléndida trilogía que Tom Stoppard dedica a aquellos exiliados románticos de la Rusia zarista. En ese hartazgo, nuestro hombre se parece más a nosotros que a sus contemporáneos, impregnados de la esperanza en un futuro de armonía social y abundancia material. Tiene su lógica: aunque la literatura utópica poseía ya entonces una larga solera, su realización histórica no se produciría hasta décadas más tarde con la llegada al poder de los bolcheviques rusos. Es ahora, pasados cien años del exitoso golpe de Estado bolchevique y casi veinte después de la caída del Muro de Berlín, que simbolizó largamente la vigencia de la alternativa comunista, cuando esa ingenuidad nos resulta alarmante: la negra luz de la historia ha debilitado nuestros anhelos utópicos mediante una amarga cura de realidad. ¡Nadie otorga ya crédito a las utopías! O, al menos, eso creíamos.

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Rosa Montero disparata sobre el gluten y la homeopatía

Rosa Montero, cuyas magníficas entrevistas de antaño recuerdo y cuyas novelas de gran difusión respeto, acaba de publicar en el suplemento dominical del diario El País un desafortunado artículo en el que tergiversa la labor del agrónomo Norman Borlaug, caricaturiza a la investigación científica y defiende la homeopatía. No puedo menos que apresurarme a puntualizar los aspectos más disparatados del citado artículo, aunque sólo sea porque Borlaug, quien salvó del hambre de forma totalmente altruista a más de mil millones de seres humanos y fue galardonado con el Nobel de la Paz, merece un gran respeto póstumo.

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