Del 11 al 17 de abril, la revista descansa por Semana Santa

Los niños

A principios de abril, me mudé a una casita a pocos kilómetros del piso donde he vivido durante un año y medio, cerca de Oliva, en Valencia. La nueva casa está en un lugar solitario y, con los efectos añadidos de la cuarentena, la zona parece abandonada.

Cada día saco varias veces a pasear a Estela, mi perra, por un pequeño parque a unos cincuenta metros de casa. El parque lo delimitan un brevísimo paseo de palmeras, por el oeste, un camping deliciosamente anticuado, por el norte, un río verde que discurre envuelto en cañas y juncos, por el sur, y las dunas que dan a la playa, por el oeste. El sistema de dunas, respetado en parte, se extiende a lo largo de kilómetros de litoral entre Oliva y Denia, poblado de hierbas rastreras y de lirios marinos. En el parquecito, medio abandonado y agradablemente ocupado por plantas de las dunas, hay moreras que dan sombra, una glorieta con bancos, unos cipreses desmochados muy románticos que seguramente perviven de una antigua huerta, un árbol caído donde uno puede sentarse y en el que habitan unas delicadas (e inofensivas) avispas de la madera y una cierta cantidad de tamariscos supervivientes de otros tiempos.

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Los muertos

(Hace unos años, publiqué en un blog de la Revista de Libros varias conversaciones con mi gran amigo Tomás, que por entonces era mi vecino en el barrio madrileño de Ciudad Lineal. Habría querido transcribir más, pero él se fue de España y no nos vimos en mucho tiempo. Quizá es ocioso aclarar que Tomás no se llama Tomás. Por otra parte, escribo todo esto con su consentimiento expreso. Como en otras ocasiones, ha leído el borrador y ha precisado las citas y corregido algunas cosas, mejorando de forma caprichosa y un tanto deshonesta sus frases —aunque no demasiado—, e incluso haciendo más interesantes mis intervenciones, así que, en realidad, se trata de un texto a cuatro manos.  Por mi parte, como el estilo de la vida real es ilegible, he cortado, montado y editado para dar una sombra de dirección a un diálogo que, como es natural, tiende a la entropía. También he eliminado las abundantes maldiciones y obscenidades. Desde hace muchos años, escribo un diario meticuloso de mis cada vez más raros encuentros con amistades y otras personas interesantes, así que no tengo necesidad de inventar casi nada).

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Murakami: Fan Service

Para quienes nos gustan sus novelas –o, al menos, algunas de sus novelas–, Haruki Murakami puede ser un escritor difícil de defender. Sus dotes como prosista son, en el mejor de los casos, modestas; sus tramas tienen tendencia a lo espontáneo, deslavazado y simplista; sus diálogos parecen hechos de obviedades y pleonasmos, y sus intentos de sentido del humor no son convincentes, al menos en español y en inglés. Es, seguramente, el escritor vivo más odiado. En parte porque tiene mucho éxito (nadie odia a los escritores a los que nadie lee), pero, sobre todo, porque en sus libros hay algo que se presenta poderosamente como «no literario». Aun así, suele tener buenas críticas, es uno de los escritores mimados de revistas como The New Yorker y su nombre lleva años sonando para el premio Nobel.

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Un mundo aparte

Pierre Clarac, coeditor de las obras completas de Marcel Proust en la Bibliothèque de la Pléiade, en su introducción al volumen que cierra el conjunto, escribía: «No hemos incluido en nuestro plan su correspondencia, que es un mundo aparte. Entre las palabras que un escritor, en su vida exterior, intercambia con sus conocidos, por escrito o de viva voz, y lo que anota, aunque sea deprisa y corriendo, cuando está solo y cara a cara consigo mismo, obediente a sus voces interiores, hay, según Proust, una diferencia de naturaleza. Esa oposición le parecía esencial». Esa idea fue el germen de la gran suite novelística de Proust: la oposición entre la realidad de la conciencia y la realidad material; entre la inteligencia y la imaginación; entre el yo biográfico y el yo del artista como artista; entre el yo, en fin, que escribe cartas y el yo que sueña novelas y poemas. Proust fue un gran escritor de cartas, como atestiguan los veintiún tremendos tomos de su correspondencia, y sólo en el último tercio de su vida se dedicó a la creación o a la recuperación de su yo principal, el yo novelista, no sin antes establecer la teoría directriz de su obra.

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Primerizo laberinto

El apellido de Stephen Dedalus, protagonista del Retrato del artista adolescente y trasunto no velado del propio Joyce, es para él mismo «un símbolo del artista que forja en su taller, con la materia pesada de la tierra, un nuevo ser alado, impalpable e imperecedero» . «¿No crees ?escribía en 1904 a su hermano Stanislaus con característica afectación juvenil? que hay un cierto parecido entre el misterio de la misa y lo que intento hacer yo? Quiero decir que yo intento […] dar a la gente una especie de placer intelectual o de gozo espiritual al trocar el pan cotidiano en algo que posee una permanente vida artística en sí mismo […] para su elevación mental, moral y espiritual». Esa transubstanciación de lo grosero en lo sutil cobra en Joyce un significado nuevo, espontáneo y, por así decirlo, salvaje, que sólo encuentra antecedentes en Flaubert ?aunque de forma no explícita? y en la pequeña parte viva y genuina de ese polvoriento guardamuebles llamado simbolismo.

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Los sueños cumplidos

Desde comienzos del siglo XX, una legión de voces anuncia que algo ha terminado para el hombre. Unos ejemplos al azar: Theodor Adorno, ese señor tan serio, sentenció que «escribir un poema después de Auschwitz equivale a la barbarie»; Jean Gebser, en Origen y presente, aseguraba que «hoy a nadie le gusta la poesía, a nadie le gusta la naturaleza»; Giorgio Agamben ha escrito que «en la actualidad, cualquier discurso sobre la experiencia debe partir de la constatación de que esta ya no es algo realizable»; Byung-Chul Han afirma que ya no son posibles ni la vida privada, ni el amor ni el erotismo.

El arte ya no es posible, el amor ya no es posible y, atención, la experiencia humana ya no es posible. Nos encontramos entonces flotando en un extraño limbo donde todo el contenido de nuestra experiencia es un mero espejismo, incluida nuestra propia conciencia (una ilusión que, sorprendentemente, nadie experimenta). Nada es posible, nada de lo que hagamos o imaginemos tiene valor, ni siquiera somos ya seres humanos. La situación tiene algo de agobiante.

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Nueva demostración de que es imposible vivir

Cada vez que leo una novela de Enrique Vila-Matas me acuerdo de Seis propuestas para el próximo milenio, de Italo Calvino: «Podemos decir que dos vocaciones opuestas se disputan el campo de la literatura a través de los siglos: una tiende a hacer del lenguaje un elemento sin peso que flota sobre las cosas como una nube, o mejor, como un polvillo sutil, o mejor aún, como un campo de impulsos magnéticos; la otra tiende a comunicar al lenguaje el peso, el espesor, lo concreto de las cosas, de los cuerpos, de las sensaciones». Calvino se confesaba practicante de la primera vocación, la de la levedad, que descubrió tras tratar en vano de identificarse «con la energía despiadada que mueve la historia» (por ejemplo, en la neorrealista El sendero de los nidos de araña): de pronto se dio cuenta de «la pesadez, la inercia, la opacidad del mundo, características que se adhieren rápidamente a la escritura si no se encuentra la manera de evitarlas». 

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Dylan y el cancionero americano: la república invisible

El libro Dylan’s Visions of Sin, de Christopher Ricks, apareció en 2004, poco antes, si no recuerdo mal, de que comenzaran los primeros rumores sobre el Nobel. Ricks ha sido Poetry Professor en Oxford (cátedra ocupada, entre otros, por Matthew Arnold, W. H. Auden, Robert Graves y Seamus Heaney) y es autor de reconocidos estudios sobre poesía inglesa. En su libro analiza un buen número de letras de Dylan, comparándolas línea por línea con grandes poemas de la tradición anglosajona. Toma «Lay, Lady, Lay», de Dylan, por ejemplo, y la coteja con un bellísimo poema erótico de John Donne, la famosa elegía titulada «To His Mistress Going to Bed». Para Ricks, ambos textos están, en la práctica, a la misma altura. ¿Por qué? Bueno, básicamente porque los dos son invocaciones a una mujer y en los dos aparece una cama, además de ciertos paralelismos formales, como la fórmula de apertura: «Come, Madame, come», en Donne, y «Lay, lady, lay», en Dylan. Poco más. Es posible que Dylan conociera el poema de Donne. Poco importa. El caso es que el poema del siglo XVI es una rara gema, una compleja y refinada red de alusiones y resonancias, mientras que el texto de la canción de Dylan, impreso en papel y leído en silencio, es una pieza romanticona llena de burdas metáforas sexuales y de sangrantes lugares comunes.

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Lectores contra el monstruo: el periplo de Finnegans Wake

Si Ulises había sido un libro sobre el día, éste sería un libro sobre la noche. Muy pronto, en aquellos primeros días de 1923, comenzó a llamar a su nuevo proyecto «el monstruo». En su vida por aquel entonces, mientras la criatura iniciaba su lenta formación, caía una especie de anochecer. Su matrimonio hacía agua; su hija Lucia mostraba los primeros síntomas de la enfermedad mental que terminaría por engullirla; Ulises había sido, para su gran satisfacción, un escándalo y objeto de un culto instantáneo, pero las ventas no daban beneficios, y el esfuerzo de terminarlo, unido a su rampante alcoholismo, había causado daños irreversibles a sus ojos, enfermos desde su juventud.

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En la isla del Snark

Lewis Carroll publicó el poema The Hunting of the Snark (traducido, en la preciosa edición bilingüe de Nórdica que nos ocupa, como La caza del Carualo) cinco años después de A través del espejo y, del mismo modo que los dos libros de Alicia tenían un destinatario infantil, la pequeña Alice Liddell, el poema estaba dedicado a Gertrude Chataway, una niña de ocho años a quien Carroll conoció en una playa de la isla de Wight. El público que tenía en mente su autor era, por tanto, preferentemente infantil, e incluso en sus primeras ediciones iba acompañado de un panfletito religioso dirigido a los niños (pringoso de almíbar victoriano, excepto por cinco límpidas líneas llenas de una nostalgia adulta de la infancia que sólo podría incomodar a un niño) en el que afirma que sus libros son «historias de diversión inocente y sana». 

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Retrato del joven Joyce

«Je n’écrit jamais d’articles», contestó James Joyce en 1916 al Journal de Genève, que le pedía una colaboración sobre los recientes acontecimientos en Irlanda (el Alzamiento de Pascua y la Proclamación de la República). Por supuesto, ese jamás no era del todo preciso. Es cierto que a partir de 1914 se dedicó con exclusividad monacal a la redacción de, primero, Ulysses y, después, Finnegans Wake, pero también lo es que hasta 1914 escribió, en inglés y en italiano, un buen número de artículos y conferencias que, recopiladas y traducidas ahora al español, ocupan casi la totalidad de las 476 páginas del volumen que nos ocupa. Joyce –es importante subrayarlo– es un crítico y ensayista menor y si aún leemos sus escritos críticos de juventud –algunos de los cuales, a pesar de todo, no carecen de interés por sí mismos–, es porque son obra de, seguramente, el mayor novelista del siglo XX y arrojan algo de luz sobre su persona y sobre su obra literaria.

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Cero no tan absoluto

Esto siempre ha pasado, pero en los últimos años el zumbido es más insistente. Las novelas, dicen, deben contener ideas, deben hablar de algo, deben hablar de la realidad. Ya sólo se leen –o ya sólo se reseñan en los suplementos culturales– novelas que contengan ideas fácilmente extraíbles de los mundos en miniatura de que están hechas (éstos no serían más que estuches con la forma de esas ideas, como las carcasas en que vienen las maquinillas de afeitar) y aplicables al mundo real. Como si fueran ensayos sociológicos, trabajos científicos, artículos periodísticos, manuales de autoayuda, libros de recetas. Una novela, dicen, debe abordar los temas importantes, ofrecer respuestas, plantear interrogantes, esbozar un mapa del mundo actual, emitir un diagnóstico despiadado, etc. Cuando se considera que no cumple estas condiciones, entonces estamos ante algo vagamente embarazoso, vagamente repugnante: literatura escapista.

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