Queridos lectores, suspendemos las publicaciones, como en años anteriores, hasta el 5 de Septiembre. ¡Feliz Verano!

Los niños

A principios de abril, me mudé a una casita a pocos kilómetros del piso donde he vivido durante un año y medio, cerca de Oliva, en Valencia. La nueva casa está en un lugar solitario y, con los efectos añadidos de la cuarentena, la zona parece abandonada.

Cada día saco varias veces a pasear a Estela, mi perra, por un pequeño parque a unos cincuenta metros de casa. El parque lo delimitan un brevísimo paseo de palmeras, por el oeste, un camping deliciosamente anticuado, por el norte, un río verde que discurre envuelto en cañas y juncos, por el sur, y las dunas que dan a la playa, por el oeste. El sistema de dunas, respetado en parte, se extiende a lo largo de kilómetros de litoral entre Oliva y Denia, poblado de hierbas rastreras y de lirios marinos. En el parquecito, medio abandonado y agradablemente ocupado por plantas de las dunas, hay moreras que dan sombra, una glorieta con bancos, unos cipreses desmochados muy románticos que seguramente perviven de una antigua huerta, un árbol caído donde uno puede sentarse y en el que habitan unas delicadas (e inofensivas) avispas de la madera y una cierta cantidad de tamariscos supervivientes de otros tiempos.

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¿Se pueden predecir las pandemias?

Ni mejor ni peor que las recesiones, las cirrosis o las crisis financieras. A un paciente que no esté dispuesto a dejar el drinque —como dicen los porteños—, el médico le vaticinará un hígado destrozado, pero nunca se atreverá a precisar si la cirrosis llegará en seis meses o en seis años. Por lo mismo, la ocurrencia a lo largo del tiempo de crisis o recesiones es una realidad ineluctable. Pero una cosa es que, como la muerte, se sepa que acaecerán necesariamente y otra, muy diferente, adivinar el momento de su aparición. Siempre se presentan como una sorpresa.

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