Del 11 al 17 de abril, la revista descansa por Semana Santa

Ocasos

Según las palabras del propio autor, el propósito de este ensayo es analizar «cómo la novela europea del siglo XX abordó el impacto emocional de la historia». La historia entendida como una fuerza ciega que ha dejado de estar puesta al servicio del bienestar y el progreso humanos (de la construcción de un sentido narrativo nítido), para pasar a convertirse en un tsunami de acontecimientos aleatorios, de saltos locos y actuaciones imprevisibles provocadas por la paranoia del poder. Lo que al autor interesa en primer lugar es rastrear la huella que la Historia deja en la ficción literaria o, por decirlo de otra manera, de qué modo se construye (y se socava) la articulación narrativa de la Historia. Para ello,

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La vida se fue

Fue excesiva en todo: en la carne, en el arte, en el espíritu, en el infortunio. Y pagó por ello. Le tocó vivir una de las épocas más convulsas y salvajes de la historia universal –trenzada por alambres de espino y el humo de chimeneas resultante de quemar huesos humanos–, y también pagó por ello. Cercada por demonios interiores y exteriores, prensada por muros de convencionalismos machistas («Y así mi Reino de los Cielos estuvo entre la sartén y el cuaderno») y por su propia conciencia herida en perpetua erupción volcánica, Marina Tsvietáieva (Moscú, 1892-Elábuga, 1941) sólo pudo estallar por exceso de presión, propia y ajena. El resultado de esa explosión fue un haz de luz concentrado en un destino

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Sombras de bohemia

Algo tendrá este libro, cuando, en tiempos anteriores al marketing editorial, logró alcanzar grandes cotas de popularidad y colarse entre los mayores éxitos de ventas de finales del siglo XIX y comienzos del XX. Publicada por entregas entre 1845 y 1849, conviene recordar que esta obra –rescatada ahora por Alba, que la edita con su habitual solvencia en cuanto a la traducción y buen gusto en la presentación y el diseño– sirvió de base literaria para la ópera La bohème de Puccini y hasta para una adaptación cinematográfica del siempre estimulante –aunque bastante marciano– director de cine finlandés Aki Kaurismäki. Para Henry Murger (París, 1822-1861), la bohemia era mucho más que una fase histórica concreta. Como se encarga de explicar

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Bajo en calorías

Con este libro, el novelista Amin Maalouf (Líbano, 1949) abandona el género de la ficción, en que se había movido hasta ahora (León el Africano, Losjardines de luz, La roca de Tanios) y se interna en otro terreno bastante más movedizo, el de la crónica familiar, con resultados, como veremos, discutibles.Todo comienza cuando, de manera un tanto milagrosa, escondida en un armario de la casa familiar, Maalouf encuentra una maleta cargada de documentos: cartas personales, fotos, recortes de prensa, pasaportes… Esa mítica maleta se convierte, en manos del narrador, en algo así como una caja de resonancia, de la que van emergiendo, pálidos y fantasmales, desde el abismo del tiempo, los espectros de todos sus antepasados, con sus rostros consumidos,

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El bello pasado

El novelista norteamericano Mark Twain pertenece a una raza ya extinguida de escritores, anteriores a la crisis del lenguaje que sacudió con extrema violencia el siglo XX , para quienes narrar era algo tan natural, espontáneo y poco sofisticado como hablar, respirar, comer, beber o pescar truchas con la mano. Twain fue de los últimos en poseer aún la robusta confianza en el progreso y el optimismo y la fe contagiosa de los grandes espacios abiertos. La Naturaleza todavía le habla con su susurro de hojas y él sabe interpretarla. En los libros de Twain el sol pica, la abeja zumba, la madera cruje, las rosas se abren y los caballos sudan. Escribir es un trabajo físico y varonil realizado

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El hijo del cirujano

En una película de Claude Chabrol, uno de los personajes cita, atribuyéndola a Flaubert, la siguiente frase: «Toda la mañana para poner una coma, y toda la tarde para borrarla». La frase en cuestión es apócrifa y no existe manera de comprobar su autenticidad. Pese a ello, podemos darla por válida porque transmite, caricaturizándola, algo de la compulsión agónica de Flaubert a la hora de enfrentarse al folio en blanco, su pugna con la escritura y un afán de precisión obsesivo que rayaba en la neurosis. Si la frase no es del autor de Madame Bovary, al menos merecería serlo. En comparación con otros clásicos, las obras completas de Flaubert ofrecen una delgadez desconcertante. Abarcan cuatro novelas, tres relatos breves

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Ludopatías

Como novelista, Chesterton se esmeró en la construcción de artefactos narrativos ingeniosos, ocurrentes, ricos en aventura y misterio detectivesco, maquinarias chispeantes de un humor acelerado muy cercano al nonsense del Sombrerero Loco bajo los cuales, sin embargo, latían hondas preocupaciones filosóficas y una lucidez en cierto modo desesperada. Novelas como El hombreque fue jueves y el ciclo de relatos del Padre Brown, son buena muestra de ello. Chesterton fue un hombre desbordante y apasionado, lo cual desdice el tópico de la frialdad británica. Fue un periodista polémico, un católico militante con cierta tendencia al proselitismo (su imagen central es el signo de la cruz), un trotamundos, un fabulador incansable y genial que abarcó todos los géneros, una gran fábrica de

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Alter Ego

En la vida de todo lector hay un momento crucial y desconcertante: cuando se entera de que el Marcel Proust que aparece citado con su nombre y apellido a lo largo de En busca del tiempo perdido no es el Marcel Proust biográfico, sino una suerte de doble o ectoplasma, o una sombra intrusa que se desliza en el cuerpo de la novela. Borges –una de cuyas frases encabeza el presente libro de Paul Theroux– explotó ese filón a lo largo de muchas páginas memorables, al intentar convencernos educadamente, quizá por timidez, de que él, en realidad, no era el auténtico Borges. El Borges opcional que suplantaba al Borges real y escribía sus relatos y poemas bañados en el oro

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