Como es habitual, RdL suspende la publicación de novedades durante las fiestas navideñas. El siguiente boletín se recibirá el 12 de enero de 2022

irma la dulce

Sabotaje

El coche apareció en las afueras de Algar de las Peñas mientras caía la tarde. Era un Mercedes de color negro que evocaba los coches oficiales, con ese despliegue de lujo que manifiesta la insolencia del poder. Se bajaron de él un hombre corpulento, de unos cincuenta años, y una mujer algo más joven, con un chaquetón granate y unos zapatos con tacón de aguja.

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Javier Marías, 2008

Miramientos

Algar de las Peñas, uno de los pueblos negros de Guadalajara, nunca había parecido una de esas villas manchegas, polvorientas y austeras, sino un lugar impregnado de una magia ancestral semejante a la que se advierte en las aldeas gallegas, con sus historias de brujas y trasgos

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El dilema

El padre Bosco avanzaba por Algar de las Peñas con la sensación de ser el último habitante del pueblo. Las calles se hallaban vacías y no se escuchaba ningún ruido, salvo el sonido del viento, que gemía al doblar las esquinas o escalar por los tejados, provocando el temblor de las tejas. El viento era lo único que parecía vivo.

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John Wayne

Una del oeste

El padre Bosco y el padre Juan solían comer en el bar de Martín después de la misa del domingo. Era un lugar pequeño y poco acogedor, pero la cocina no era mala y el televisor sintonizaba una de las pocas cadenas donde aún se transmitían los viejos western de los años dorados de Hollywood.

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Ben Hur

Tardes de péplum

¿Cómo estás, Luisa? ¿Qué tal mis sobrinos? Espero que Javi no siga metiéndose en líos. Me parece muy bien que defienda el medio ambiente, pero creo que sus campañas contra los coches, la carne, las chucherías y el calentamiento global han incurrido en excesos innecesarios.

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Pueblos negros

El escritor

No sé qué demonios hago en Algar de las Peñas, pero no entra en mis planes volver a Madrid, ese infecto nido de ratas donde mis colegas se despellejan mutuamente, verdes de envidia por los éxitos ajenos, siempre dispuestos a poner zancadillas o propinar navajazos traperos sin ocultar la satisfacción que les proporciona contemplar cómo su víctima cae o muere desangrada

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El forastero

Un forastero siempre es un acontecimiento en un pueblo. Algar de las Peñas, con sus trescientos habitantes, está acostumbrado a los turistas de fin de semana, que se desplazan hasta sus calles atraídos por la iglesia, el entorno natural y las casas de pizarra, pero se trata de aves de paso, sombras que alteran el paisaje durante unas horas y luego se desvanecen. En las localidades pequeñas, las novedades parecen irreales o pequeñas fracturas que se cierran enseguida

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Los impostores

El profesor Calderón, catedrático de metafísica, y el profesor Fernández, con plaza de agregado, compartían una admiración reverencial por Heidegger. Ambos organizaban un seminario anual donde se releía Ser y tiempo con la convicción de abordar un texto infinito que albergaba las claves esenciales del conocimiento humano. Seleccionaban a los asistentes cuidadosamente, sometiéndoles a una entrevista que ponía a prueba su familiaridad con el lenguaje del Mago de la Selva Negra

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La sombra de Caín

Cuando el padre Bosco observó que la aguja de la báscula marcaba ciento quince, sonrió con la alegría del alpinista que llega a la cima. Por primera vez, la aguja no alcanzaba su límite, manifestando su impaciencia por traspasarlo con unas pequeñas e inquietantes oscilaciones

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Un crimen imperfecto

-Nunca creí que me toparía con un crimen en Algar de las Peñas –comentó Eugenio Fuentes, mientras empujaba las gafas con el anular, alejándolas de la punta de la nariz.
-¿Verdad que es molesto? –preguntó Rafael Narbona, imitando su gesto.
-Un crimen siempre es algo desagradable.
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La biblioteca del fin del mundo

No lo advertí hasta que pasaron unos días. Mi biblioteca crecía con nuevos ejemplares, pero no se trataba de obras que yo hubiera adquirido, sino de volúmenes que irrumpían en los anaqueles de forma misteriosa. No sabía de dónde procedían. Mi mujer me aclaró que ella tampoco los había comprado. Vivimos en las afueras de Algar de las Peñas, casi en el fin del pequeño mundo compuesto por los trescientos habitantes de este pueblo de la sierra norte de Guadalajara.

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