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La literatura en los tiempos de Twitter

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«Cualquier tiempo pasado fue mejor», escribió Jorge Manrique en el siglo XV, pero añadió: «a nuestro parecer». La mayoría de las personas omiten este comentario, apropiándose de la famosa expresión para manifestar el desagrado que les produce el presente. A menudo oímos «esto no pasaba antes», «en mi juventud las cosas eran de otra manera», «ya no hay valores ni modales», «cada vez estamos peor». Durante veinticinco años enseñé filosofía y ética a alumnos con edades comprendidas entre los catorce y los dieciocho, y cada curso escuchaba el mismo comentario: «nosotros no éramos así». Los chicos más mayores aseguraban que ellos habían sido mucho más formales y maduros que sus compañeros más pequeños, pero cuando estos crecían repetían las mismas palabras, refiriéndose a los que venían detrás. Mi impresión, como profesor, era que todos se parecían mucho. El porcentaje de gamberros, empollones y peritos del mínimo esfuerzo apenas variaba de un curso a otro. La tipología humana no es infinita, sino limitada y reiterativa.

Jorge Manrique nos da a entender que las valoraciones son estrictamente subjetivas y, por tanto, poco fiables. Los economistas que escriben en esta revista tienen muy claro esto y por eso apelan a los datos para justificar una apreciación. No es suficiente decir: «pienso que estamos bien» o «creo que bordeamos el desastre». Hay que demostrarlo. A pesar de todo, me atrevo a aventurar que algunas cosas han empeorado notablemente. Para apuntalar este juicio, no voy a aportar datos, sino impresiones, lo cual quiere decir que hablo de forma subjetiva. No podría ser de otro modo. Yo no me muevo en el campo de la economía. Al igual que Larra, con el que no pretendo compararme, me limito a esbozar opiniones, reivindicado ese tono menor que distancia al periodismo de la filosofía o la ciencia.

¿Por qué conjeturo que las cosas han empeorado? Solo hace frecuentar una red social para apreciar que los modales se han degradado terriblemente. La educación es uno de los mayores logros de la civilización. Cuando falta, no solo se habla con la boca llena. Además, se hiere a los demás con comentarios inaceptables. Umberto Eco dijo que internet había dado voz a los idiotas. Dado que la idiotez no es inocua, resultaba previsible que la avalancha de majaderías que circulan por las redes sociales desembocara en una orgía de malicia. Solo hay que navegar un poco por Twitter u otro espacio similar para comprender el temor que inspiraban las masas a Elias Canetti. El auge de las redes sociales coincide con el declive de la lectura. Evito la palabra «decadencia», para no parecer un wagneriano irredento. La lectura es una forma de cortesía, pues implica olvidarse del propio ego para hacer caso a un ego ajeno. Por eso, no me parece casual que la grosería prospere al mismo tiempo que desciende la pasión por los buenos libros.

En los años ochenta, el metro y el autobús a veces parecían salas de una biblioteca pública. Muchas personas aprovechaban sus desplazamientos para leer obras de calidad y no pocos llevaban un lápiz en la mano para subrayar párrafos o anotar sus impresiones en los márgenes. Entre los títulos más frecuentes —admito que soy un cotilla cuando atisbo un libro— se hallaban las Memorias de Adriano, de Margarite Yourcenar, El nombre de la rosa, de Umberto Eco, La guerra del fin del mundo, de Vargas Llosa o los cuentos de Borges. Actualmente, el libro se ha convertido en algo tan insólito como una chistera. La mayoría de los viajeros solo consulta el teléfono móvil y casi siempre selecciona noticias pueriles, como el culebrón de Vargas Llosa y la Presyler, las pullas intercambiadas entre Shakira y Piqué o las rabietas de Elon Musk. Si echamos un vistazo a los libros más vendidos, pensando que allí nos toparemos con cosas más serias, descubrimos que entre las obras más leídas se encuentran las memorias del príncipe Harry, las novelas de algún presentador televisivo sobre las que planea la sospecha de una autoría dudosa o manuales de autoayuda plagados de consejos repelentes e inanes.

¿Se puede afirmar que Twitter ha contribuido a la decadencia (vaya, por fin me puse wagneriano) de la lectura? Después de diez años frecuentando esa red social con la esperanza de pescar lectores para mis artículos y mis libros, me atrevo a afirmar que no es descabellado atribuirle cierta responsabilidad. Twitter ha alimentado la demanda compulsiva de novedades con forma de fogonazos. La concisión es una virtud, pero solo cuando implica una feliz conjunción de densidad y hondura. Los 280 caracteres no son límites que inciten a la profundidad, sino a la inanidad o el exhibicionismo. La necesidad de llamar la atención fomenta los mensajes agresivos y esquemáticos. El matiz, la cortesía o la prudencia se perciben como lastres o errores. El objetivo es destacar. A cualquier precio. Y para ello no hay mejor estrategia que el exabrupto, la injuria o la calumnia.

Twitter no solo afecta a los modales. Además, destruye la capacidad de concentración. La incesante avalancha de mensajes crea el hábito nefasto de no dedicar más de unos segundos a cualquier tema. Un hábito sumamente perjudicial para el hábito de leer. La lectura exige paciencia, recogimiento, atención. Me refiero, claro está, a los textos literarios, filosóficos o científicos. No es una experiencia que simplemente aplaque la sed de entretenimiento. Leer implica aprender, desechar prejuicios, abrir la mente a nuevas perspectivas. Es una forma de dialogar con otros puntos de vista y revisar con espíritu crítico las propias ideas. En el caso de la literatura, no interviene tan solo la inteligencia, sino que también se implica la sensibilidad. La lectura de un buen poema es una experiencia sensual. Las palabras dejan de ser meras abstracciones, adquiriendo color, tacto, espesura. En Twitter, las palabras resultan incompatibles con la belleza. Parecen meras funciones, opciones de un menú televisivo, engranajes impersonales de una máquina sin alma.

A mi parecer, todas las épocas son imperfectas, pero los tiempos de Twitter son especialmente aciagos para la literatura, la cortesía y la salud mental. Algunos se preguntarán por qué no he borrado entonces mi perfil. Porque mis textos se volverían aún más invisibles e irrelevantes. No estar en Twitter es una forma de no existir. O de existir a medias. Las redes sociales se parecen al continuo tiempo-espacio. Más allá, no hay nada. Bueno, sí hay cosas, pero su existencia es fantasmal. Los que viven al margen de Twitter son una especie de robinsones descolgados de la historia. No es una mala alternativa, pero me falta valor para imitarlos.

¿Cómo se verá esta época cuando pasen un par de décadas? Si continúa la tendencia actual hacia una civilización del espectáculo, banal y ruidosa, algunos evocarán estos años como el albor de una era dichosa. Otros, los cascarrabias que escriben lamentaciones como esta, ya estarán criando malvas, pero los que aún sobrevivan, probablemente en un asilo, seguramente pensarán que asistieron al inicio de una hecatombe cultural.

No pierdo la esperanza de que un pelotón de buenas plumas salve la civilización.

P. S. Advertencia para los más jóvenes: Quizás mi reflexión es fruto del malhumor que produce envejecer. No lo sé. El tiempo, implacable y preciso, lo dirá. Por si las moscas, recomiendo que no me hagan mucho caso.

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Ficha técnica

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