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El Convento de la Santa Cruz

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Nadie sabía con certeza quién había incendiado el Convento de la Santa Cruz de Villaescusa de Haro. Durante la guerra de independencia, las tropas francesas se habían acuartelado entre sus muros. La soldadesca no mostró ningún respeto hacia el recinto sagrado. Saqueó sus bienes, se mofó de los frailes, tarareó canciones obscenas y escupió blasfemias. Los dominicos aguantaron las ofensas con humildad cristiana, pero en su interior bullía la misma desolación que experimentó san Agustín cuando se enteró de que había caído Roma. Los estragos causados por las huestes de Napoleón dejaron al convento herido de muerte: paredes ahumadas por las hogueras encendidas para combatir el áspero frío del invierno, puertas y muebles chamuscados para alimentar el fuego, cristales rotos por disparos realizados para ahuyentar el tedio, imágenes mutiladas con las bayonetas, libros de devoción desencuadernados y pisoteados. Los dominicos habían ocultado en una cripta los cálices, el sagrario y las cruces, pero cuando los franceses amenazaron con escoger a varios vecinos al azar y fusilarlos en el claustro si no les entregaban los tesoros del convento, revelaron el escondite sin dudarlo. Contemplaron con tristeza cómo sus objetos de culto acababan en mochilas y alforjas, sin otro destino que ser fundidos o  malvendidos a un usurero.

El ejército se marchó una fría mañana de diciembre, con un cielo convertido en un mar de ceniza. Antes de partir, lanzaron imprecaciones y dispararon contra la fachada y el campanario. Media hora más tarde, el abad reunió a sus hermanos e intentó confortarlos, anunciando que celebrarían una misa de desagravio. Todos los vecinos acudieron a la celebración, sin sospechar que poco tiempo después una mano anónima completaría la labor de destrucción perpetrada por el Ejército Imperial Francés. La misa transcurrió en un clima de solemnidad y devoción, pero con una dolorosa conciencia de fragilidad. Ni siquiera un lugar sagrado se había librado de la ira del invasor, que se retiraba de España dejando un rastro de muerte y ruinas.  

— ¿Y qué sucedió después? —preguntó Narbona, dirigiéndose a Fernando, el párroco de Villaescusa de Haro, mientras se protegía de la lluvia con un enorme paraguas rojo.

No había cesado de llover desde la mañana. Una cortina de agua había sumergido el pueblo en una penumbra azulada. El cielo parecía impaciente por oscurecerse definitivamente.  

—El convento ardió —contestó el sacerdote, subiéndose las solapas de su abrigo de lobo de mar y calándose con fuerza una boina—. No fue un accidente. Se sospecha del portero, un tal Ángel. Admitido como hermano lego, se rumoreaba que había cometido un horrible crimen en Tresjuncos. Su padre, un tal Paquito, era un hombre violento y mezquino. Poseía tierras y ganado. Solo tenía un hijo, Ángel, pero repetía que pensaba desheredarlo. Le gustaba burlarse de él en público, asegurando que no valía para nada. Nadie se sorprendió cuando Paquito apareció muerto en un camino de las afueras, pues más de una vez había sacado una navaja a un vecino por una disputa sin importancia. Le habían atacado por la espalda con una piedra con la que le hundieron el cráneo. Las sospechas cayeron de inmediato sobre su hijo. Ángel tenía mala sangre y temía que su padre lo dejara sin nada. No sospechaba que las deudas se comerían la herencia. Pasaron varios meses y la ley no logró aclarar hechos. Ángel no era piadoso, pero pensó que los dominicos le proporcionarían techo y comida. Se presentó en la puerta del convento y pidió que lo admitieran como hermano lego. El abad, que era un alma compasiva, aceptó sin saber lo que hacía. Quizás le inspiró lástima su aspecto. Dicen que Ángel era cabezón, desdentado, algo cojo y con una mata de pelo que parecía estropajo.

La lluvia arreció y el sacerdote y el escritor, que hablaban en la puerta del convento, decidieron refugiarse en el interior. La nave central era un lugar húmedo y tenebroso, donde cualquier sonido se multiplicaba, provocando confusión y desconcierto. No era un simple eco, sino una especie de avalancha que aturdía y amedrentaba.

— ¿Qué sabes del incendio? —preguntó Narbona, sobrecogido por aquel interior lóbrego y resonante. La ausencia de altar sugería que Dios se había ausentado del viejo convento, quizás sobrecogido por la maldad de algunos humanos.

—Se dice que fue. De hecho, cometió aquí toda clase de felonías. Por las noches, se traía mujeres de mala vida y se emborrachaba. Robó lo poco de valor que no se habían llevado los franceses. Se mostraba insolente con los frailes y ofrecía refugio a los ladrones a cambio de unas monedas.

— ¿Qué hacía con ellos?

—Los escondía en una pequeña cripta. Cuando se enteró el abad, le ordenó que se marchase. Ángel juró que se vengaría y esa misma noche incendió el convento. El fuego empezó en las cocinas y se propagó enseguida por todo el edificio. Afortunadamente, no murió nadie, salvo el incendiario.

— ¿Qué le sucedió?

—Al parecer, se había emborrachado y prendió fuego al pasillo por el que pretendía huir. Las llamas lo rodearon y acabaron con su vida. Dicen que se oían sus aullidos desde el exterior y unos golpes aterradores.

— ¿Qué clase de golpes?

—Los de las llaves del convento. Siempre las llevaba colgadas de un cinturón y es probable que golpeara con ellas las paredes, movido por la desesperación.

— ¿Sigue existiendo la cripta donde escondía a los ladrones?

—Sí, es la que te enseñé la primera vez que visitaste Villaescusa. ¿No querrás bajar ahora?

—Sí, me gustaría. Quiero verla otra vez. Podría utilizarla en algún cuento.

—Es una locura, pero adelante. Los escritores sois muy raros.

Excavada en el suelo, la entrada a la cripta estaba protegida por una vieja puerta de madera maciza que se había librado milagrosamente del fuego. Fernando la levantó con una mano y encendió un mechero. Bajó la escalera de piedra, angosta e irregular, y alargó un brazo para ayudar a Narbona, que utilizó el enorme paraguas rojo como bastón. La lluvia se había convertido en tormenta y azotaba los cristales con furia. La nave se había sumido en una negrura que apenas permitía distinguir las capillas, vacías como las cuencas de un hombre sin globos oculares, y el alto techo de madera se asemejaba a la osamenta de un gigantesco animal mitológico. El sacerdote y el escritor, que el verano pasado había leído el pregón de las fiestas en las ruinas del convento, utilizaron la débil luz del mechero para examinar la cripta. Solo había un pequeño sepulcro de piedra donde descansaban los huesos de los frailes muertos siglos atrás.

—No sé si ha sido una buena ocurrencia bajar a este lugar —dijo Narbona, observando las paredes, salpicadas de hendiduras y telarañas—. ¿Por qué no me has quitado la idea de la cabeza?

Fernando sonrió, encogiéndose de hombros. Estaba acostumbrado a las incoherencias de los literatos, caprichosos, imprevisibles y algo infantiles. Su mueca risueña se descompuso bruscamente cuando los huesos del sepulcro comenzaron a chocar entre sí. Parecían rodar por su lecho de piedra, como si hubiera cobrado vida y quisieran abandonar su encierro. El sacerdote empujó al escritor hacia la escalera y le pidió que saliera. Narbona solo pudo subir tres peldaños, pues la puerta se cerró con estrépito. El portazo apagó el mechero y la oscuridad se apoderó de la cripta. Los huesos no dejaban de sonar. Fernando logró dominar su miedo y encendió el mechero otra vez, mientras le pedía a Narbona que abriera la puerta, pero este no podía, pese a utilizar sus escasas fuerzas. El sacerdote, más corpulento, se adelantó y empujó sin resultado. Después, cargó con todo su peso, haciéndose daño en los hombros.

—Atrapados —gimió Narbona—. Estamos atrapados y quizás en compañía de fantasmas.

—No creo que sean fantasmas —respondió el sacerdote—. Mi amigo el padre Bosco dice que Dios es el único misterio, que en este mundo todo tiene una explicación. Ojalá estuviera aquí.

Acercándose al sepulcro, Fernando levantó la losa que lo cubría y le pidió el paraguas al escritor. Removió los huesos, no sin cierta inquietud, y no tardó en descubrir que una culebra era la responsable del ruido que les había encogido el corazón. El réptil se había enroscado en los huesos y se ondulaba con rapidez, sacando intermitentemente su lengua rosada, que contrastaba con sus prominentes ojos amarillos.

—He aquí los fantasmas —dijo el sacerdote—. Una culebra bastarda.

— ¿Es peligrosa?

—Sus mordiscos duelen, pero su veneno apenas hace daño al ser humano. Estará buscando un lugar donde pasar el invierno. Suelen esconderse bajo tierra para hibernar. Olvidémonos de ella e intentemos salir de aquí.

Durante media hora, empujaron la puerta sin resultado. Desanimados, comenzaron a gritar pidiendo auxilio. Al cabo de un tiempo, oyeron pisadas y una voz familiar:

— ¿Quién está ahí abajo?

— ¿Cayetano? —exclamó Fernando—. Sácanos de aquí.

Cayetano, el alcalde de Villaescusa de Haro, forcejeó con el picaporte, sin lograr abrir la puerta.

—Han echado la llave.

— ¿Cómo es posible? La llave se extravió en el siglo XIX.

Cayetano se marchó y volvió con una palanca, con la que forzó la puerta. Por culpa de la humedad y la escasez de oxígeno, el sacerdote y el escritor abandonaron la cripta entre toses. Un rayo propagó por la nave una luz espectral. Los tres salieron del convento y se alejaron unos metros. Como si una cólera antigua temblara en sus entrañas, el cielo vomitaba agua y rayos con inusitada violencia. El convento parecía una roca luchando contra una tempestad. Inesperadamente, se escuchó un sonido espeluznante. Alguien golpeaba las paredes de la nave central con un objeto metálico.

—Es Ángel, el portero —murmuró Fernando, con ojos de asombro.

— ¿Fue él quien nos encerró? —preguntó Narbona, que sintió cómo el pelo se le erizaba, algo que no creía posible.

—Solo él podía tener la llave.

—Marchémonos —dijo Cayetano, que había abierto el paraguas rojo del escritor e intentaba infructuosamente cubrir a todos, llevándose la peor parte de la tormenta—. Si nos quedamos aquí, quién sabe lo que puede pasar.

—Que nos fulmine un rayo —advirtió el sacerdote—. Cierra el paraguas.

El alcalde cerró el paraguas y los tres apresuraron el paso, sin que eso impidiera que la lluvia les calara hasta los huesos.

Una semana más tarde, Carmen del Moral, periodista de El día digital, publicó un artículo sobre el incendio del Convento de la Santa Cruz de Villaescusa de Haro. Le habían contado el incidente y su mente tejía y destejía hipótesis, buscando una explicación lógica, pero no la encontraba. Quizás por eso escribió en el último párrafo que había visitado las ruinas de noche y había experimentado la impresión de contemplar el escenario de una leyenda de Bécquer. Fernando, Cayetano y Narbona leyeron el artículo en uno de los bares del pueblo y al finalizar se quedaron callados, víctimas de la perplejidad.

— ¿Qué piensas, Fernando? —preguntó el alcalde, tras beber un sorbo de café.

—Que la vida imita a la ficción y no al revés, como suele decirse —contestó.

Narbona se limitó a sonarse con discreción, pues había cogido un fuerte catarro.

— ¡Estás temblando! —dijo alarmado el sacerdote.

— ¿No será de miedo? —preguntó el alcalde—. No te lo reprocharía. Cada vez que recuerdo lo que nos ha pasado, se me hiela la sangre.

—Es la fiebre —mintió Narbona—. Siempre he sido muy propenso a los resfriados.

Desde la ventana del bar, Villaescusa de Haro parecía un pueblo apacible, un tranquilo rincón de la Mancha sin trasgos, brujas o espectros, pero ya se sabe que las apariencias engañan.

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