Queridos lectores, suspendemos las publicaciones, como en años anteriores, hasta el 5 de Septiembre. ¡Feliz Verano!

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Cuando Marga paseaba por Algar de las Peñas, los hombres, casi todos mayores de sesenta años, suspiraban, observando su figura perfectamente esculpida por la naturaleza. Con su pelo rubio, sus ojos verdes y su busto desafiante, parecía una diosa griega, caminando entre los mortales para despertar su admiración. Si en ese momento aparecía el padre Bosco y meneaba la cabeza, sugiriendo que ciertas miradas atentaban contra el pudor y el decoro, los vecinos se disculpaban con pretextos poco verosímiles.

-No piense mal, padre. Esa mujer es una obra de arte. Es imposible no mirarla.

-Solo rendimos homenaje a la belleza. ¿No es humano?

Marga notaba las miradas y se sentía halagada. Sabía que los hombres se volvían locos con ella, pero lo cierto es que no le había servido de nada despertar ese fervor. Nunca había tenido suerte con sus parejas. Acababa de cumplir los cuarenta y se preguntaba si algún día conocería el amor, pues lo que había vivido hasta entonces había constituido un fiasco. Su cuerpo no acusaba la edad y solo se le habían formado unas pequeñas arrugas en la comisura de los ojos, fruto de su tendencia a sonreír o a celebrar con carcajadas las ocurrencias ajenas. No siempre era sincera, pero le gustaba agradar. A pesar de su atractivo, era una mujer cercana y afectuosa. Eso sí, sabía desembarazarse de los pesados que buscaban excusas para sobarla y si era necesario, podía llegar a intimidar con su estatura y su físico musculado.

A Marga le encantaban los gimnasios y había practicado un poco el boxeo. Allí conoció a Mario, un chico de treinta años que trabajaba como relaciones públicas de una discoteca de Alcobendas. Mientras ella corría por una cinta, sudando a mares, Mario levantaba pesas, resoplando como un toro. Tumbado y con gotas de sudor suspendidas de sus cejas, alzaba y bajaba los brazos, con discos cada vez más pesados y, de vez en cuando, interrumpía el ejercicio para beberse un batido de proteínas. Le llamaron la atención sus tatuajes. Con una camiseta negra de tirantes, su piel era una constelación de dibujos tribales que cubrían sus dos brazos y buena parte de la espalda. El joven advirtió las miradas de Marga y, sonriendo, se dirigió a ella:

-¿Te gustan? –dijo con un gesto de suficiencia-. Me los hizo un tatuador maorí en Nueva Zelanda. Allí no se andan con tonterías. Tatúan de forma ritual, realizando cortes profundos en la piel. Para ellos es una prueba de virilidad.

-¿Y no te quejaste? –preguntó Marga, admirada.

-Claro que no.

Mario se levantó del banco de pesas y se presentó, entregándole una tarjeta de la discoteca donde trabajaba. Transmitía seguridad en sí mismo y se notaba que estaba muy cómodo con su físico. Todos sus músculos sobresalían como globos y su bigote y su barba eran un prodigio de precisión. A Marga le gustaron especialmente sus pestañas, casi femeninas, y tuvo la impresión de que llevaba algo de brillo en los labios, lo cual no le desagradó. «Un metrosexual», pensó. «Seguro que es muy apasionado. Los hombres así suelen ser detallistas y románticos. Podría ser una buena pareja».

Esa misma noche, se hicieron amantes. La experiencia fue un poco decepcionante. Pensó que en la cama saltarían chispas, pero Mario se durmió enseguida. El sexo casi pareció un trámite. Sin embargo, al día siguiente madrugó y volvió con un ramo de flores, lo cual conquistó definitivamente a Marga. Después de un mes, decidieron vivir juntos. El sexo no había mejorado, pero Mario no dejaba de tener detalles con ella y parecía muy enamorado. Eso no duró demasiado. La convivencia reveló que Mario era egoísta e insoportablemente narcisista. Cuando consideró que el período de cortejo había finalizado, comenzó a mostrarse mezquino con el dinero. Se gastaba grandes cantidades en cremas, complementos dietéticos, ropa de marca, zapatillas deportivas y aparatos para hacer ejercicio en casa, pero no aportaba nada al alquiler ni a la comida. Le gustaba levantar las mancuernas delante de un espejo, observando cómo se hinchaban sus músculos. La relación comenzó a marchar francamente mal cuando Marga descubrió que consumía esteroides.

-No me gustan las drogas –dijo Marga -. Sabes que soy enfermera y sé lo que hacen los anabolizantes. Suben la tensión, afectan al hígado y pueden provocar un infarto.

-No exageres –respondió Mario-. Además, sé lo que hago. Lo tengo todo controlado. Son un complemento, no una droga.

La crisis de pareja se acentuó cuando las contradicciones de Mario pusieron de manifiesto que era un mentiroso patológico. No se había tatuado en Nueva Zelanda, sino en un estudio de San Sebastián de los Reyes. Alardeaba de haber viajado por el desierto libio, pero las únicas dunas de arena que conocía eran las de la playa y no las soportaba. Adicto a las cremas, se ponía de muy mal humor al notar que la arena se le pegaba a la piel. Ni siquiera era cierto que trabajara de relaciones públicas de una discoteca. En realidad, se limitaba a captar clientes en la calle y a veces hacía de portero, exhibiendo sus músculos para intimidar a los alborotadores. Sin embargo, era un pusilánime, como pudo comprobar Marga cuando le retó a ponerse los guantes de boxeo y subir al ring. Mario aceptó, pensando que no corría ningún peligro, pero cuando ella le sorprendió con un violento uppercut en la mandíbula, retrocedió gimoteando.

-¡Me has roto la mandíbula!

La cosa no había llegado tan lejos, pero lo cierto es apareció un buen hematoma que cambió de color con los días. Marga no era violenta, pero estaba harta de sus trolas, sus cremas, su apatía sexual y sus poses ante el espejo. Además, solía eludir las tareas de la casa y se pasaba horas en el baño, dejándolo hecho un asco cuando terminaba de acicalarse y comprobar que no había ninguna imperfección en su pelo o su barba. Decidió poner fin a la relación. No le apetecía convivir con un inmaduro que llamaba a su madre por teléfono a todas horas. No le gustaban los hombres blandengues. Quizás por eso se fijó en Carlos, un adiestrador canino con una barba tupida, mirada de ave rapaz y poco hablador, pero la relación fue un desastre. Su nueva pareja le llenó la casa de animales: tres malamutes, un hurón y un varano. Al principio, le hizo gracia, pero cuando descubrió que prefería dormir con sus perros que con ella, le dijo que se marchara. Harta, pensó que un tiempo soltera le vendría bien, pero a los pocas semanas ya echaba de menos compartir su cama con un hombre. Cuando le asignaron como destino Algar de las Peñas, se preguntó qué podría encontrar allí, salvo palurdos. No entraba en sus planes sentirse atraída por un cura, pero el padre Bosco, con un físico similar al de Liam Neeson, despertó su interés. Aunque no se consideraba una perversa, hizo todo lo posible para que rompiera su voto de castidad. Comulgaba a diario, enfundada en trajes ajustados, recorría el pueblo hasta encontrarlo y comenzar una conversación con él e incluso asistió a un pequeño ciclo de cine neorrealista que organizó en la parroquia, proyectando unas películas en blanco y negro con unas historias terribles de familias pobres, trabajadores en paro, niños famélicos y mujeres abocadas a ejercer la prostitución. Solo asistían a las sesiones cinco personas: el cura, Julián, un viejo anarquista, Marcos, el doctor, Ortega, el pintor, y ella, que se aburría como una ostra. Después de las películas, se organizaba un pequeño coloquio. El padre Bosco hablaba de las injusticias y la obligación de ejercer la solidaridad. Julián exaltaba el poder de la dinamita como herramienta de transformación social. Marcos establecía analogías entre Vittorio De Sica y Woody Allen, asegurando que ambos directores eran los cronistas de la impotencia humana. Ortega se centraba en las cuestiones formales, disertando sobre encuadres y técnicas de iluminación. Marga se limitaba a escuchar, fingiendo interés, pero a ella no le gustaban esas películas. Prefería una buena comedia con Audrey Hepburn o Julia Roberts. La vida incluía muchos sinsabores y no le apetecía ir al cine para sufrir. Sin embargo, escuchaba el coloquio hasta el final y buscaba un pretexto para quedarse a solas con el padre Bosco, como ayudarle a recoger las sillas o a guardar el proyector.

-No hace falta que se moleste –decía el sacerdote.

-No es ninguna molestia, padre. Además, me gusta hablar con usted.

-Gracias. Es muy amable.

-¿Qué piensa del amor?

-¿Cómo?

-Imagino que usted ha impartido cursillos matrimoniales.

-Suelo limitarme a decir a los cónyuges que deben de amarse y respetarse.

-¿No les habla de sexo?

-Solo les digo que sean fieles y que no se hieran mutuamente.

-Un buen consejo. A mí me han herido muchas veces.

-¿Ha estado casada?

-No, menos mal. Todas mis parejas han sido unos capullos.

-¿La engañaron en alguna ocasión?

-No, pero mi último novio era adiestrador canino y prefería dormir con sus malamutes.

El sacerdote se quedó petrificado, sin saber qué pensar. Marga lo advirtió y fue más precisa:

-No piense ninguna barbaridad. Simplemente, los subía a la cama y cuando me despertaba, descubría que dormía abrazado a alguno de esos bichos. ¿Se imagina lo que es dormir con tres perros de cincuenta kilos? Acabas teniendo pelos en la boca, los oídos, las narices, el…

Marga se mordió la lengua, pues iba a soltar una grosería y recordó que no hablaba con uno de sus ligues, sino con un cura.

-Debe ser incómodo –admitió el padre Bosco-, pero he de decirle que a mí me encantan los perros. De hecho, llevo tiempo dándole vueltas a la idea de coger uno.

-Para usted, debo ser una pecadora.

-¿Por qué, hija?

-He vivido con varios hombres sin casarme y he tenido muchos amantes.

-Como ha dicho el Papa Francisco, los pecados de la carne no son importantes. Los únicos pecados graves son los relacionados con la soberbia y el odio. Además, todos somos pecadores. ¿Quién soy yo para juzgarla?

-¿No le parece mal que haya comulgado sin confesarme?

-Yo nunca niego la comunión. Jesús compartió el pan y el vino con justos y pecadores, judíos y gentiles. Como sacerdote, intento seguir su ejemplo.

-¡Cómo me gustaría hablar con usted de estas cosas en otra situación! ¿No se anima a cenar conmigo?

-Ya le he dicho que esto es un pueblo y no hay que dar pie a las habladurías.

Desanimada, Marga cambió de objetivo. Ortega, el pintor, le parecía muy interesante y, sobre todo, diferente a todos los hombres que habían pasado por su vida. Delgadísimo, refinado, espiritual, elocuente. Sabía que era un hipocondríaco, pero pensaba que si una mujer le inspiraba confianza en sí mismo, podría superar esa manía, producto de alguna frustración remota. Quizás había sufrido un amargo desengaño sentimental o su madre le había sobreprotegido. Es cierto que no le gustaban los hombres blandengues, pero Ortega era un artista y eso podía compensar su debilidad. A fin de cuentas, los creadores siempre eran excéntricos y vulnerables, pero a cambio aportaban al mundo belleza y misterio. Además, ahora que ella había cumplido cuarenta años, tal vez le tocaba aprender a ser madre y olvidarse de los sentimientos egoístas. Podría ser su musa, su inspiración y él la inmortalizaría con cuadros llenos de amor y devoción. Merecía la pena arriesgarse.

Una tarde pasó deliberadamente por su casa y lo vio en el jardín, dando pinceladas a un lienzo. Tosió ligeramente para llamar su atención y cuando Ortega volvió la cabeza, le sonrió, pegando los brazos a su cuerpo para resaltar su busto. Se había puesto un vestido estampado, con algo de vuelo y un escote pronunciado. Tenía el pelo suelto, flotando sobre sus hombros, y se había pintado los labios de color rojo carmesí. Unas alpargatas de cuña de color beige completaban su atuendo, imprimiéndole un aspecto primaveral e inequívocamente sensual.

-¡Caramba! –exclamó Ortega, con ojos de admiración-. Tengo la sensación de estar contemplando el nacimiento de Venus. ¿Es usted real o un sueño?

-Ya nos conocemos. Soy la enfermera del consultorio.

-Claro, pero allí lleva un uniforme que no destaca tanto su belleza.

-¿Puedo pasar?

-¡Claro! La puerta está abierta.

Ortega llevaba un pantalón blanco de lino y una camisa azul celeste que se había arremangado hasta los codos. Estaba tan despeinado como de costumbre, pero su descuido podía confundirse con algo deliberado y, según la moda imperante, el desorden era más atractivo que la simetría. Sus ojos azules contrastaban poderosamente con su barba negra, que bajaba levemente por el cuello. Unas sandalias dejaban sus pies al descubierto, mostrando unas uñas limpias y cuidadas.

Marga empujó la verja del jardín y se acercó al lienzo. Lo que le sobra vio la dejó horrorizada. Un monigote con una boca descomunal y unos ojos de espanto se arrastraba por un lecho verdoso, alzando una mano en señal de auxilio.

-¿Qué significa esta imagen? ¿Qué pretende transmitir?

-Angustia existencial. No hay mayor desgracia que haber nacido. Vivir es arrastrarse por el barro, aullando como un animal herido. Gritamos pidiendo ayuda, pero nadie acudirá a rescatarnos. Estamos desnudos, indefensos, abandonados. Y avanzamos hacia la nada. Cada día de vida es un paso más hacia el abismo. Yo sigo vivo porque sé que en cualquier momento podría suicidarme. Si no fuera así, ya habría abandonado este mundo.

-¿De verdad piensa de ese modo?

-Por supuesto. El mundo es una cloaca, un agujero gigantesco que excreta inmundicia sin cesar.

-¡Qué cosas más feas dice! –exclamó Marga, sobrecogida-. ¿Y qué me dice del amor? ¿Nunca se ha enamorado?

-Alguna vez, pero fue un error. O, mejor dicho, una debilidad. Como dice Cioran, «el amor es ese afecto desengañado que sobrevive tras un instante de baba».

-¿Es que no le gusta que le abracen, que le besen, que le digan cosas al oído?

-Dos cuerpos pegados solo son una fuente de infecciones. El intercambio de fluidos se parece al juego de la ruleta rusa. Un invento del diablo.

-Entonces –titubeó Marga-, ¿no le gusta hacer el amor?

-Como Dalí, prefiero mirar. Soy un voyeur. Usted es una mujer hermosa. Me encantaría pintarla desnuda.

-Pues olvídese de ello. Seguro que me convertía en uno de sus adefesios. Sus monigotes parecen sacados de una pesadilla. Y haga caso a Marcos, el doctor, necesita un psiquiatra. Algo no funciona bien en su cabeza.

Marga se marchó sin despedirse. Contrariada, caminó por las afueras del pueblo. Miró hacia las montañas, preguntándose si alguna vez encontraría la pareja de sus sueños. Caminaba por el arcén de una carretera desierta. Escuchó el sonido de un coche a sus espaldas, pero no volvió la cabeza. No esperaba que disminuyera la marcha hasta ponerse a su paso. Dos hombres ocupaban los asientos delanteros. El conductor bajó la ventanilla y asomó un brazo con el tatuaje de un dragón, escupiendo fuego. «¡Qué horterada!», pensó Marga sin asustarse.

-¿Dónde vas, guapa? ¿Quieres que te llevemos a alguna parte?

-¡Piérdete, imbécil!

-No le hables así a mi amigo –dijo el ocupante del asiento del copiloto, que llevaba una badana azul en la cabeza y un bigotito parecido al de Cantinflas-. Es muy sensible.

-No seas estrecha –volvió a hablar el conductor, que exhibió unos dientes grandes y amarillos-. Los tres podríamos pasarlo muy bien.

-No lo creo. No me gustan los paletos.

El coche frenó en seco y los dos hombres bajaron con aire amenazador. Ambos llevaban pantalones de chándal y camisetas de tirantes, quizás porque les permitían exhibir unos brazos musculosos y llenos de tatuajes carcelarios. El conductor llevaba tatuado en la parte interior del antebrazo: «Fuck the police». Amenazador, se acercó a dos palmos del rosto de Marga y dijo:

-Me llamo Ángel. Puedo ser muy agradable o muy malo. Puedo ser un ángel, como indica mi nombre, o un diablo. ¿Te vas a montar en el coche por las buenas o por las malas? De todos modos, vas a subir.

Su amigo se rio como una hiena que se prepara para darse un festín. No esperaba que Marga retrocediera un paso, cobrara impulso y le propinara un fuerte puñetazo en la nariz a Ángel, que retrocedió sangrando.

-¡Vas a pagar esto, zorra! –dijo, limpiándose la sangre con el dorso de un mano con la piel enrojecida y salpicada de escamas.

Entre los dos, la agarraron e intentaron meterla en el maletero, pero Marga se resistió como una leona. El miedo se apoderó de ella, pues notó que la fuerza de los dos hombres superaba la suya y acabarían consiguiendo su propósito. Cuando había perdido la esperanza de librarse de una violación y quizás algo peor, escuchó una sirena. Los asaltantes la soltaron de inmediato y se subieron al coche, un Golf rojo con la pintura en mal estado y varios abollones. Arrancaron e intentaron huir, pero apenas habían recorrido unos metros cuando un jeep de la Guardia Civil los golpeó en el maletero y los envió al arcén. Una joven teniente bajó con el arma en la mano y les apuntó, ordenándoles que salieran del coche a gatas. Acompañada por otro agente, los esposaron y los obligaron a subir al interior del jeep, cerrando el portón trasero.

-¿Está bien? –preguntó la agente, una joven alta y con un mechón de pelo rubio asomando por debajo de la gorra.

-Sí, gracias a Dios que han aparecido –respondió Marga, que había recuperado la serenidad-. Perdone que se lo pregunte, pero ¿no nos hemos visto antes?

-Quizás en el bar de Martín.

-Ya recuerdo. Se llama usted Yolanda, ¿no es así?

-Exacto. Ahora caigo. Usted es la enfermera del ambulatorio. Lamento que hablemos por primera vez en estas circunstancias.

Marga había oído que Yolanda era lesbiana y vivía con una chica, pero la relación se había roto, al parecer porque su pareja no aguantaba la tensión del trabajo policial. Martín, que era muy cotilla, se lo había contado todo. Nunca había pensado en las mujeres como posibles parejas, pero después de los chascos que se había llevado con los hombres, tal vez era el momento de abrirse a nuevas experiencias.

-Se ha defendido como una tigresa –dijo Yolanda-. Hemos visto todo desde lejos. ¿Ha practicado el boxeo?

-Sí, un poco.

-Se nota. Yo también me he subido al ring, pero hace mucho tiempo.

-¿Se animaría a subirse otra vez? Podíamos entrenar juntas.

-Por aquí no hay gimnasios. Habría que marcharse a Guadalajara. Tal vez más adelante.  

Esa noche, Marga se metió en la cama conmocionada por todo lo que había pasado. No estaba asustada, sino sorprendida. En Algar de las Peñas, un pueblo minúsculo, había descubierto que el mundo no se acababa con los hombres. Era una buena noticia. Tardó en dormirse, pero cuando al fin lo consiguió, soñó con un porvenir donde los varones serían confinados en reservas y se seleccionaría cuidadosamente a los más aptos para garantizar la continuidad de la especie. Fuera de eso, se limitarían a realizar tareas pesadas, como asfaltar carreteras y barrer las calles. Mientras duró el sueño, se sintió feliz y liberada, pero la ilusión duró poco. Al despertar y mirar por la ventana vio a Marcos, el doctor, dirigiéndose al consultorio con unos auriculares puestos, los faldones de la camisa por fuera y meneando la cabeza como un adolescente. Incluso simulaba tocar una guitarra, moviendo los dedos por un mástil imaginario. El mundo no era una cloaca, como decía Ortega, el pintor, pero sí un lugar bastante ridículo.

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